California

santiagoEstoy esperando que llegue el bus rumbo a Santiago y un joven se me acerca para pedirme unas monedas. Pasan unos minutos, llega mi bus; me despido del joven. Pasan otros minutos y el joven se asoma por la puerta abierta del bus, me ve, se sube y se sienta a mi lado. Tiene pasaje? Le dije; no. Pa’ donde va? Santiago, Santiago, me respondió tartamudeando. Y dónde dejó su equipaje, bolso o algo? Nada. Nada? Le dije, Nada; respondió. Lo miré extrañado y con ternura, en realidad sorprendido. No tiene nada, se sienta aquí y va a Santiago. Raro igual. Como se llama usted amigo? Canito. Y va a Santiago? Santiago, Santiago. Pasaron las horas y logramos escabullirnos del inspector (esa historia es otra). Llegando a Valdivia Canito me dice: Santiago? Yo entre risas, le digo: no no, falta toda la noche, duerma nomás. Acto seguido Canito cierra los ojos recostándose sobre su hombro. Lo arropé, le arreglé varias veces la almohada, le ayudé a comer. Canito sonriente de felicidad, llegaría a Santiago. Tratamos de conversar, pero en realidad nos manejábamos mejor con señas, dedo gordo pa’ rriba y ese gesto de calladito calladito cuando se acercaba alguien buscando su asiento. Cada vez que bostezaba, Canito también lo hacía. Cuando me estiraba, el también. Lo único que comprendí fue Casa, Santiago, Metro, Prima y California. Palabras sueltas que para él estaban llenas de sentido. En mi interpretación íbamos bien, llegaría a Santiago, se tomaría el Metro para irse a la Casa de su Prima. Lo de California era su apellido, lo cual me hizo reír mucho y no le creí (luego supe que era casi lo único verídico!). Llegamos a Santiago, me bajé con Canito, nos tomamos un café y nos fuimos al metro. En el camino nos detuvimos y le volví a preguntar: Canito, usted va para su casa, cierto? Casa Casa. Se va a subir al metro y sabe dónde bajarse? Metro Casa. Y yo ahí entre risa y desconcierto. Nos subimos al metro, obvio que Canito no tenía nada, Bip ni pensar. Le mostré las estaciones dentro del vagón para ver si reconocía alguna y él agachaba la cabeza como un niño pillado durante la prueba. Nos bajamos en UCatolica. Era mi parada. Salimos, yo ya sin saber mucho qué hacer. Nos sentamos en un paradero y lo volví a interrogar: Canito, yo tengo que quedarme aquí, ahora usted se va a subir al metro para irse a su casa, ya? Esta vez no hubo respuesta. Qué le pasa Canito? Esta triste? Sí, me dijo con timidez. Por qué? Solo Solo. Se me apretó la garganta. Canito ya se había ganado un lugarcito en mí. Como esos momentos antes de morir –así dicen; se me cruzó una vida con Canito, como si en veinte años más el siguiera conmigo en todas. Pero esa película no existe. Canito debe tener familia o alguien, una casa, una historia que yo desconocía. Algo. Llamé a un amigo cuando las ideas se me habían acabado y el cansancio del viaje se me mezclaba con la pena de tener que dejar a Canito batiéndoselas por sí solo. Fui a buscar un carabinero quien gentilmente me ayudó. Nos ayudó. El desenlace está aún por verse. Canito anda por ahí, tal vez con otro compañero de viaje, tal vez en otro bus, en otro paraje. Probablemente sonsacándole risas a alguien más y dejándose conducir por el Dios que de todas maneras lo ha cuidado todos estos años. Yo a Ti me confío y Te lo confío. Ya les cuento el resto…

gitanachilena

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Retiro Urbano, en el corazón de Santiago

cruz san cristobalHace un par de días fuimos muchos y muchas los convocados por Jesús; los llamados por el Maestro para pasar un día con él; un tiempo en paz de reflexión, compartir, escucha y oración. Un tiempo sin tiempo para subir al cerro y, como lo hizo antaño, volver a escuchar –con los oídos y el espíritu- su sermón del monte (Mt 5-7) y su discurso apostólico (Mt 10).
Nadie de los que subió con Jesús aquel día el Cerro San Cristóbal quedo “intacto”, se fue de manos vacías o se quedó con el corazón igual de cómo había llegado. ¡Sin duda que no! Algo nos pasó, pues lo que allí vivimos fue un kairos, una Gracia, una Presencia; y por eso fue un retiro. Una experiencia comunitaria profundamente espiritual, de la espiritualidad que a Jesús le gusta: esa encarnada hasta el barro, esa que llora abrazada de la cruz, esa que se teje entre cristianos y agnósticos, pecadores y “bien-portados”, vendedores ambulantes y empresarios de ojos abiertos… esa espiritualidad que grita desde el silencio y que se calla ante el sufrimiento de Carlos. Esa espiritualidad que todo lo escucha y todo lo comparte. De esa fue la que bebimos subiendo el San Cristóbal.
Cada estación y cada testigo nos fueron alimentando. Cada historia nos fue hablando y amasando; transformando el barro de cada uno. ¿Acaso no es eso la Cuaresma? ¿Acaso no fue ese domingo el mejor domingo de cuaresma para cada uno y una? Yo no fui a misa. Porque la misa la viví allí. Compartiendo el pan y las frutas sentados y orando en el pasto. El pan y el vino de la vida lo recibí allí: cuando la Karoline se arrodillo ante Carlos, un hermano evangélico hijo, nieto y sobrino de DD.DD. Cada lágrima fue llenando mi copa vacía. Cada paso fue alimentando la esperanza que brota de la fe en Jesucristo.
vistas-mirador-hundimento-santiagoSentados a los pies de la Virgen –como ella se sentó a los pies del Calvario- contemplamos la Capital: Santiago, bajo nuestras miradas cansadas y felices. Santiago, bajo la mirada de Jesús. Y Jesús que volvía a llorar por esta ciudad tan querida y tan dividida, tan golpeada y herida. Santiago ciudad de muros sociales y clasismos, injusticias y víctimas de un frenesí que deshumaniza. Santiago que invisibilizas a los pobres y marginados; desplazas de tu corazón a los predilectos del Señor… Santiago, lloramos con Jesús al mirarte desde lo alto. Tú, Santiago, que sigues silenciando a tus profetas, tú que no escuchas el clamor de tus pobres. Allí nos abrazamos y nos perdonamos, allí renovamos nuestra esperanza gracias a las lágrimas de Jesús que fueron también las nuestras. Allí nos dimos cuenta que Jesús también llora por nosotros: mediocres y acomodados, muchas veces. Tímidos y faltos de esperanza, otras. Tú, Dios de la Vida nos lloras y nos invitas a más, nos abrazas perdonándonos para que hagamos fiesta con todos los que “estaban muertos y han vuelto a la vida, estaban perdidos y han sido encontrados” (Lc 15, 32).
muralPEBajamos el cerro –antecedidos por la Cruz Vencida del Resucitado- en el corazón de la ciudad, para que nuestro propio corazón se renueve y se llene de otros rostros y otras historias, de otros hermanos y de otras luchas que siguen siendo las nuestras y las de todos.
Gracias Jesús; hermano universal por con-vocarnos a seguirte; de todas las comunidades, de todas las capillas, de todos los barrios, de todas las luchas y de todos los sueños empapados de Evangelio… Nuestro amor se llena y nuestra voz –como una rogativa mapuche- te alaba; ¡ya no sola! Sino con y por cada uno y cada una de los que ese domingo respondimos a tu llamada. Rezamos para sean  y seamos muchísimos más…

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