Ciclón Francisco, huracán Scicluna

Del caos viene lo nuevo, del terremoto la posibilidad de reconstruir la casa, de buscar otros terrenos y de alguna forma recomenzar. El filósofo judío (y muy cercano al cristianismo) y lúcidamente original Franz Rosenzweig decía que el cristianismo era la religión del recomienzo, del siempre volver a empezar. No circularmente, sino en un espiral de vida y muerte, de muerte y resurrección, de búsqueda y encuentros, de no-ver y ver de otras formas. Lo que se ha producido a partir de la visita de Francisco ha sido inimaginable. Inesperado. Sabemos que Francisco sólo llegó a encender una chispa que los sobrevivientes de Karadima y el grupo de laicos y laicas de Osorno estaban preparando hace años y el «caso Maristas» permitió dilusidar. No deja de ser impresionante lo que este ciclón eclesial y social ha desnudado: abusos, encubrimientos, desfachatez, delitos, pecados, torpeza, autoritarismos, manipulación, cegueras, incoherencias, negligencias, vicios, perversiones… y con seguridad falta aún. Falta que la podredumbre se muestre y/o se des-cubra. Falta. Y falta que de a poco vayamos viendo luces, percibiendo la vida que no se ha dejado abusar, los rostros y comunidades y agrupaciones y pequeños reductos que no han podido ser pisoteados por el poder, el dinero, el olvido, los moralismos castrantes y los espiritualismos alienantes. De a poco nos hará bien comenzar a mostrar luces, espacios de amor y compasión, trincheras de humanidad. Soy testigo de ellas. Los sobrevivientes y los pobres nos pueden dar clases de ello. Pero, ¿Qué sucede con esos espacios ritualistas sin corazón ni espíritu critico? ¿Cómo seguir tolerando esas dinámicas de mal trato y humillación dentro de comunidades religiosas, dentro de las iglesias? ¿Cómo no rebelarse ante el autoritarismo con rostro de varón y los horribles machismos introyectados en víctimas de todo tipo? ¿Cómo no empezar a ver aquello que nos tenía ciegos: relaciones afectivas extrañas, insanas, «chorezas» que son verdaderas manipulaciones esclavizantes? Por Chile ha pasado un huracán. Es el ¡Nunca más! eclesial. Falta hace que pase por los sistemas políticos, por ciertas concepciones educativas, por familias y relaciones laborales corrompidas y deshumanizantes. Falta hace. El ciclón sigue dando vueltas. En Chile no hay «olor a oveja», sino olor a una herida que sangra y lo seguirá haciendo mientras no nos rebelemos contra estas sombras que han ocultado los pequeños soles ofrecidos.

(publicado en The Clinic, Jueves 23 de agosto)

 

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La Poda

Se dice que para un escritor y en particular un poeta el gran trabajo es el de la poda. Una vez que se escribe comienza el verdadero oficio: leer, releer y podar. Se van revisando las palabras, las pausas, los silencios, las frases, las imágenes y, no pocas veces el poeta lucha contra sí mismo para eliminar, borrar o dejar una palabra, una simple palabra; que a sus ojos, puede cambiarlo todo. De alguna manera el poeta es como un jardinero. El jardinero, dicho sea de paso, una maravillosa imagen para el ser humano, no solo abona las plantas, las riega, las cuida y mantiene. Sino que también las poda, es decir, corta para que den fruto; arranca algunas partes para que en el futuro el árbol –el tronco principal o alguna de sus ramas- crezcan más fuerte. Muchas veces la poda es esencial para darle forma al árbol, para que este no crezca torcido. La poda es fundamental. Sin ella puede no haber buenos frutos ni un arbusto recto, hermoso y saludable.
San Juan en su capítulo 15 lo señala sin tapujos: “El viñador (Dios Padre) corta los sarmientos que en la vid verdadera (Dios Hijo) no dan fruto; a los que dan fruto los poda para que den aún más”. Dios es el jardinero que contemplando los sarmientos (discípulos) de la vid (Jesús) los cuida, se preocupa por ellos. A los que no dan fruto, es decir han sido infecundos y pueden destruir la vid, sencillamente los corta. Y a los que han ido dando fruto les ayuda a que se fortalezcan, podándolos. Encausándolos, enderezándolos.
El trabajo de Dios es como el del poeta (o viceversa, para ser más exactos) que desea un poema perfecto, una palabra sublime, que busca frutos de sus versos. La imagen es excelente, pues el fin son los frutos y no la poda. La poda no es más que una herramienta –fundamental- para alcanzar lo sublime, lo necesario, lo útil, lo esperado. De alguna manera estamos viviendo una poda en nuestra querida Iglesia chilena. Esta vez toca podar los sarmientos de la jerarquía eclesiástica; otras veces han sido los ministros los que han podado comunidades, parroquias y pastorales. Ha sido la jerarquía la que históricamente ha podado ideas (algunas sencillamente las han arrancado), figuras, testigos, diferencias, debates y renovaciones. Hoy la cosa apunta hacia otro lado: Francisco ha querido podar, ha mirado este jardín y ha caído en la cuenta (con dificultad y lentitud e iluminado y empujado por unos sarmientos heridos) que ya era hora; que la maleza estaba ahogando al trigo fértil, que las frutas se habían caído en tierra seca y que la podredumbre era abundante.
Francisco no es un poeta, pero si un maestro de lo simbólico y un pastor humilde capaz de hacer lo necesario. El jardín eclesial de Chile se encuentra ahogado, errante, enceguecido. Habrá mucho que cortar, no poco que podar y solo el tiempo dirá si lo hicimos bien y a buen momento. Nos baste la esperanza de que el Viñador sigue ahí: deambulando por el Jardín y que mientras permanezcamos en la Vid-Jesús, aferrados a su Amor que todo lo puede, nada estará perdido.

Un Papa del otro lado

Tal vez como hace siglos que no éramos testigos de una animadversión tan explícita y pública al Papa. Lo que sucede es que el Papa está parado en otro lado. Con sus aciertos y errores, con sus equívocos y humanas pretensiones, el Papa Francisco esta parado en el lado de los pobres y excluidos; en un lado en donde la Iglesia ha sentido mucho y pensado poco. Un lado desde el cual, en Europa y el Norte Mundial, el Obispo de Roma y cabeza de la Iglesia se vuelve incomprensible. Cuando se está al lado y del lado de los pobres y excluidos es la misma institución y sus leyes las que pasan a segundo plano, se sitúan en su lugar propio: un después epistemológico y jurídico. Un luego que tan solo por ser un luego cuestiona cimientos de poder y argumentos de tradición. Francisco, repito, con sus errores –y algunos bien tristes- representa otra forma de ser Iglesia, una manera distinta de pensarse, sentirse y desvivirse desde el Evangelio: la manera de aquel que sufre, de la persona que tiene puesta su esperanza última en Dios, pues el mundo, los otros y sus instituciones se las han negado siempre. En ese lugar la fe adquiere todo su sentido y fuerza. Es justamente allí donde se “desborda”, donde se hace “sobreabundante” y deja ser caridad, generosidad y buena voluntad. Es allí en donde el mandato de Jesús “Haz tu lo mismo” se encarna y trasforma en ética, en política, en ecclesia. El Papa, en estos tiempos globales y en donde la hegemonía eurocéntrica sigue queriendo imponerse, habla desde el Sur. El Sur es una categoría geográfica, pero también mental –espiritual-, social, política y eclesial. El Papa es del Sur, viene desde el Sur, está parado en el Sur. En el inicio se le criticaba “no ser un intelectual” –como si solo en el Norte se pensara; “no ser un gran teólogo”, como si la teología se hiciera solo en las aulas del Norte y sus reductos nortepensantes del Sur. Se decía “habla como párroco”, intentando comprender un ethos folclórico –a los ojos del Norte- que irrumpía en Roma con modismos y gestos propios de quien se para al otro lado e (im)propios para sacrosantos lugares de la Europa extraviada y en decadencia. Francisco desde allí les habla a todos; de la mano de los sencillos, de los sintecho, sintierra y sintrabajo les habla a todos. Por eso su marca ha sido la ternura y la misericordia. Pues quien habla abrazando al pobre herido solo puede acercarse al indiferente, al cómplice y al individualista desde la misericordia. Este es el Francisco que nos viene a visitar. Un Papa atacado desde dentro –con libros y públicas intervenciones de sus propios Obispos y hermanos en la fe (y ojo con caer, sin espíritu crítico, en esa estrategia maligna). Un Papa que como nunca en la historia reciente está mirando más allá que muchos: laicos, teólogos, agentes pastorales, vaticanistas, religiosos/as, curas y obispos. Un Papa que sueña, que anima, que impulsa, que mueve, que empuja y sobretodo que ama. El Papa no es Dios, no es Jesús ni un santo en vida; es solo un servidor; un hombre orante y discípulo de Jesucristo, un obrero de la Comunidad-Iglesia, un misionero de la misericordia. Un obispo. Y como tal habría que agregarle el apellido “del Sur”. Francisco del Sur eclesial, del Sur social, del Sur de la historia, del Sur cultural –con sus sabores, su chispa, su entrada y su sospecha. A ese hombre lo acogemos con cariño y alegría para que vuelva a recordar a la conciencia cristiana (y ojalá no creyente también) de los Chiles de hoy que el pobre urge, que la tierra llora y que las relaciones humanas pueden y deben ser cordiales, abiertas, tolerantes, amables, alegres, pacíficas y justas.