El extravío de Dios

Ayer en El Mercurio el secretario de la Conferencia Episcopal chilena, Monseñor Fernando Ramos dice, entre otras cosas que “lo que está ocurriendo en Chile (con la Iglesia y en particular, la jerarquía) se va a transformar en una realidad paradigmática”. Para que ello realmente ocurra se necesitan varios factores y me parece que el principal y al que me gustaría referirme a continuación es un factor de carácter teológico, es decir, de nuestra manera de comprender el actuar de Dios en el mundo, en la historia y en nuestras relaciones.
La teología latinoamericana de la Liberación ha tenido la genial intuición (de la mano de Gustavo Gutiérrez y tantos mas) de que Dios actúa y habla en la historia de la humanidad desde los márgenes a través de los pobres y excluidos. Nos guste o no, el Dios de Jesús ha escogido situarse allí, hablar desde allí. Esta intuición se ha constituido a lo largo de las décadas en una verdadera tradición sapiencial con su eclesiología (forma de estructurar la Iglesia, lo que llamamos “la Iglesia de los pobres”), con su liturgia (forma de celebrar la fe, al modo de los pobres: la Mesa Compartida), su espiritualidad (una espiritualidad desde abajo, fraterna, humilde, profética y abierta, de discípulos y discípulas) y su sentido crítico de la historia y sus procesos (pues la historia de los pobres y marginados es una historia de injusticias).


La praxis de liberación, como dicha teología se refiere a su incidencia concreta en la realidad, busca “transformar de manera afectiva y efectiva las relaciones de poder y dominación por medio de concreciones históricas de compasión, justicia y misericordia inspiradas en el proseguimiento de Cristo” (Carlos Mendoza-Álvarez). Volviendo al principio creemos que sin esa transformación real de las relaciones de poder dentro de la Iglesia, entre la jerarquía misma, entre la jerarquía y los laicos y sobre todo entre el Pueblo de Dios y los marginados y excluidos; no hay ninguna esperanza de transformación. En ningún caso podremos pensar que la crisis de la Iglesia chilena pueda constituirse en un verdadero paradigma de la Iglesia del mañana. No basta un cambio de obispos, no bastan protocolos ni revisiones de los pastores, ni siquiera una “profesionalización del ministerio ordenado” (cosa por lo demás necesaria), ni siquiera una mera revisión de los currículos teológico-pastorales de los seminaristas. Aquí de lo que se trata es de algo más profundo, de una estructura llena de vicios, de baches, de vacíos, de faltas. Se trata de repensar el poder (y las relaciones de poder) en la Iglesia y allí, con humildad, la teología latinoamericana (y con ella la de Moltman y la “Iglesia en reforma” de Metz con su Memoria Passionis) tiene mucho que aportar. No partimos de cero. Hay un gran y hermoso camino hecho: la Iglesia Latinoamericana con su lectura popular de la Biblia, con sus Comunidades de Base, con su liturgia popular y cercana, con sus relaciones horizontales y sus vínculos antipatriarcales y antimachistas, tiene mucho que decir (y obviamente no todo). Sería una verdadera pena no volcar la mirada y la morada a tanto camino hecho junto a las víctimas de la historia. En medio de la crisis hay una Iglesia (oculta, pequeña, sencilla) viva que ha luchado y se ha mantenido desde la fuerza de los pobres, desde el lamento de los pobres, desde los fracasos y sueños de los pobres. Desde sus esperanzas porfiadas.


Ojo que no se trata de una postura simplista según la cual haya que hacer una apología de las víctimas o de absolutizar una acción social solidaria que no toque nuestras fibras más íntimas, sino que, “por el seguimiento de Cristo vivido como experiencia histórica de bajar de la cruz a los crucificados de la historia vislumbrar, desde el clamor y la esperanza de los sufrientes, una auténtica experiencia de misericordia, aquella que Dios siempre muestra en su Hijo a todos los excluidos de la tierra, desde Abel el justo hasta nuestros días” (Carlos Mendoza-Álvarez).
No es solo la Iglesia Chilena la que se derrumba, ni siquiera la Iglesia universal; es una forma de relacionarnos entre los seres humanos, una forma de estructurar dichas relaciones y de ordenar la vida. Ello permea todo, organizaciones y relaciones interpersonales. Y por eso, la misma Iglesia de los pobres se mantiene como una utopía que rompe las barreras eclesiales, un anuncio para el mundo y sus injusticias, para los modelos económicos con sus corrupciones y la política de élite con sus mezquindades.
Reiteramos, el problema es teológico, en su sentido estricto: la forma en que la misma Iglesia (y en particular la Jerárquica en este caso) ha comprendido el actuar de Dios. Si no se ha entendido la opción del Dios de Jesús, que habla desde los márgenes de la sociedad y en la voz de las víctimas de la historia, es que no solo hemos extraviado el Evangelio (como preguntó Matías del Rio a Monseñor Infanti hace unos días atrás en El Informante, sin tener una respuesta convincente), sino que hemos extraviado a Dios.

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La Poda

Se dice que para un escritor y en particular un poeta el gran trabajo es el de la poda. Una vez que se escribe comienza el verdadero oficio: leer, releer y podar. Se van revisando las palabras, las pausas, los silencios, las frases, las imágenes y, no pocas veces el poeta lucha contra sí mismo para eliminar, borrar o dejar una palabra, una simple palabra; que a sus ojos, puede cambiarlo todo. De alguna manera el poeta es como un jardinero. El jardinero, dicho sea de paso, una maravillosa imagen para el ser humano, no solo abona las plantas, las riega, las cuida y mantiene. Sino que también las poda, es decir, corta para que den fruto; arranca algunas partes para que en el futuro el árbol –el tronco principal o alguna de sus ramas- crezcan más fuerte. Muchas veces la poda es esencial para darle forma al árbol, para que este no crezca torcido. La poda es fundamental. Sin ella puede no haber buenos frutos ni un arbusto recto, hermoso y saludable.
San Juan en su capítulo 15 lo señala sin tapujos: “El viñador (Dios Padre) corta los sarmientos que en la vid verdadera (Dios Hijo) no dan fruto; a los que dan fruto los poda para que den aún más”. Dios es el jardinero que contemplando los sarmientos (discípulos) de la vid (Jesús) los cuida, se preocupa por ellos. A los que no dan fruto, es decir han sido infecundos y pueden destruir la vid, sencillamente los corta. Y a los que han ido dando fruto les ayuda a que se fortalezcan, podándolos. Encausándolos, enderezándolos.
El trabajo de Dios es como el del poeta (o viceversa, para ser más exactos) que desea un poema perfecto, una palabra sublime, que busca frutos de sus versos. La imagen es excelente, pues el fin son los frutos y no la poda. La poda no es más que una herramienta –fundamental- para alcanzar lo sublime, lo necesario, lo útil, lo esperado. De alguna manera estamos viviendo una poda en nuestra querida Iglesia chilena. Esta vez toca podar los sarmientos de la jerarquía eclesiástica; otras veces han sido los ministros los que han podado comunidades, parroquias y pastorales. Ha sido la jerarquía la que históricamente ha podado ideas (algunas sencillamente las han arrancado), figuras, testigos, diferencias, debates y renovaciones. Hoy la cosa apunta hacia otro lado: Francisco ha querido podar, ha mirado este jardín y ha caído en la cuenta (con dificultad y lentitud e iluminado y empujado por unos sarmientos heridos) que ya era hora; que la maleza estaba ahogando al trigo fértil, que las frutas se habían caído en tierra seca y que la podredumbre era abundante.
Francisco no es un poeta, pero si un maestro de lo simbólico y un pastor humilde capaz de hacer lo necesario. El jardín eclesial de Chile se encuentra ahogado, errante, enceguecido. Habrá mucho que cortar, no poco que podar y solo el tiempo dirá si lo hicimos bien y a buen momento. Nos baste la esperanza de que el Viñador sigue ahí: deambulando por el Jardín y que mientras permanezcamos en la Vid-Jesús, aferrados a su Amor que todo lo puede, nada estará perdido.

Exceso de poder

Lo que hemos vivido en nuestra querida Iglesia y, en mayor medida, lo que ha aparecido sin cansancio, nos ha cansado y agotado a muchos.
Quizás una de las razones sea el exceso de poder. Es decir, que todas las discusiones, afirmaciones, debates y acusaciones han remitido a esta esfera. Como si lo único que hubiera en la Iglesia fuera esto: su institucionalidad. Eso es lo que aquí llamo poder, aludiendo a la vieja (y actual) dicotomía de Boff: Iglesia, carisma y poder. Lo que asfixia no es la Iglesia en sí, sino su cerrazón institucional, su discusión (dentro y fuera) autorreferencial en donde el Pueblo de Dios no se entiende y se enmudece. Lo que cansa es el exceso de jerarquía. Obvio que no hay ningún juicio moral en esta afirmación. Sino más bien una manifestación anímica, afectiva y corporal. Todos nos cansamos y más aún cuando en la Comunidad a la que se pertenece y desde dónde se vive no aparece su razón de ser, vale decir el Evangelio de Jesús. El Kerygma, la alegría profunda de ser hijos e hijas para la resurrección. Un joven me decía que hoy no se entiende el para qué de la Iglesia. Creo que tiene razón. Si lo que aparece es su dimensión “de poder” opacando, dejando de lado e incluso olvidando su dimensión “carismática”; toda ella se muestra entrampada y sin rumbo. Lo místico, lo carismático de la Iglesia debe primar, en caso contrario la comunidad comienza a ahogarse. Debemos dejar que vuelva ese hálito de vida, ese “hermanito viento” que despeina y llena los pulmones de oxígeno. Si la Iglesia-poder no permite que la Iglesia-carisma sane el cáncer, la futura metástasis puede ser muy dura y dolorosa. Los seres humanos somos “seres para lo infinito”, si ello no aparece, no se promueve, no se ora, no se anuncia y no se vivencia; es que el poder ha consumido al espíritu.

Un Papa del otro lado

Tal vez como hace siglos que no éramos testigos de una animadversión tan explícita y pública al Papa. Lo que sucede es que el Papa está parado en otro lado. Con sus aciertos y errores, con sus equívocos y humanas pretensiones, el Papa Francisco esta parado en el lado de los pobres y excluidos; en un lado en donde la Iglesia ha sentido mucho y pensado poco. Un lado desde el cual, en Europa y el Norte Mundial, el Obispo de Roma y cabeza de la Iglesia se vuelve incomprensible. Cuando se está al lado y del lado de los pobres y excluidos es la misma institución y sus leyes las que pasan a segundo plano, se sitúan en su lugar propio: un después epistemológico y jurídico. Un luego que tan solo por ser un luego cuestiona cimientos de poder y argumentos de tradición. Francisco, repito, con sus errores –y algunos bien tristes- representa otra forma de ser Iglesia, una manera distinta de pensarse, sentirse y desvivirse desde el Evangelio: la manera de aquel que sufre, de la persona que tiene puesta su esperanza última en Dios, pues el mundo, los otros y sus instituciones se las han negado siempre. En ese lugar la fe adquiere todo su sentido y fuerza. Es justamente allí donde se “desborda”, donde se hace “sobreabundante” y deja ser caridad, generosidad y buena voluntad. Es allí en donde el mandato de Jesús “Haz tu lo mismo” se encarna y trasforma en ética, en política, en ecclesia. El Papa, en estos tiempos globales y en donde la hegemonía eurocéntrica sigue queriendo imponerse, habla desde el Sur. El Sur es una categoría geográfica, pero también mental –espiritual-, social, política y eclesial. El Papa es del Sur, viene desde el Sur, está parado en el Sur. En el inicio se le criticaba “no ser un intelectual” –como si solo en el Norte se pensara; “no ser un gran teólogo”, como si la teología se hiciera solo en las aulas del Norte y sus reductos nortepensantes del Sur. Se decía “habla como párroco”, intentando comprender un ethos folclórico –a los ojos del Norte- que irrumpía en Roma con modismos y gestos propios de quien se para al otro lado e (im)propios para sacrosantos lugares de la Europa extraviada y en decadencia. Francisco desde allí les habla a todos; de la mano de los sencillos, de los sintecho, sintierra y sintrabajo les habla a todos. Por eso su marca ha sido la ternura y la misericordia. Pues quien habla abrazando al pobre herido solo puede acercarse al indiferente, al cómplice y al individualista desde la misericordia. Este es el Francisco que nos viene a visitar. Un Papa atacado desde dentro –con libros y públicas intervenciones de sus propios Obispos y hermanos en la fe (y ojo con caer, sin espíritu crítico, en esa estrategia maligna). Un Papa que como nunca en la historia reciente está mirando más allá que muchos: laicos, teólogos, agentes pastorales, vaticanistas, religiosos/as, curas y obispos. Un Papa que sueña, que anima, que impulsa, que mueve, que empuja y sobretodo que ama. El Papa no es Dios, no es Jesús ni un santo en vida; es solo un servidor; un hombre orante y discípulo de Jesucristo, un obrero de la Comunidad-Iglesia, un misionero de la misericordia. Un obispo. Y como tal habría que agregarle el apellido “del Sur”. Francisco del Sur eclesial, del Sur social, del Sur de la historia, del Sur cultural –con sus sabores, su chispa, su entrada y su sospecha. A ese hombre lo acogemos con cariño y alegría para que vuelva a recordar a la conciencia cristiana (y ojalá no creyente también) de los Chiles de hoy que el pobre urge, que la tierra llora y que las relaciones humanas pueden y deben ser cordiales, abiertas, tolerantes, amables, alegres, pacíficas y justas.

Una Iglesia –de nuevo- escudada

Nos hemos enterado de una nueva y triste historia. En realidad de nueva poco, porque sabemos que cosas como estas se llevan repitiendo hace años, décadas, siglos; quién sabe. Abusos, que como también sabemos ocurren en todos los ambientes y sobre todo dentro de la familia (ojo con este tema que aún no aparece como debería. Si juntamos frustración social, alcohol en exceso y un machismo que lo impregna todo en una cultura patriarcal; tenemos el caldo de cultivo para todo tipo de abusos sexuales. Cabría aquí una reflexión sobre esa misma mezcla dentro de la Iglesia). Como decía, los abusos están vinculados muchas veces a una miseria cultural y/o a una miseria psico-afectiva y, por supuesto, a toda una estructura social que lo ha permitido y sigue permitiendo. El caso del hermano marista probablemente responde a estos últimos factores. Literatura hay harta. ¿Qué es lo que se va volviendo cada vez más impostergable, incomprensible e intolerable? La desidia (para permitir la justicia) y la pureza (como respuesta moral). Me explico; la desidia es la ineptitud, la torpeza, incluso dejación a la hora de tratar tan horrible situación. Cuando se sabe de un abuso no hay cabida para la ineptitud. Pues, detrás hay un ser humano que sufre el infierno. No hay cabida para largos procesos de revisión cuando las horas pasan y la noche vuelve a acechar la inocencia de un niño o niña. La desidia es, en este caso, un delito. Un error gravísimo. Poseemos protocolos, herramientas, medios, talleres, profesionales… en la Iglesia y fuera de ella; en todas las instituciones. Pareciera que la Iglesia no asume que es parte del mundo, que está en el mundo (sin ser él) y que debe aprender del mundo. Esto no es más que testimonio de una sociedad enferma, de relaciones enfermas; de estructuras enfermas que avalan, permiten, protegen o simplemente dejan pasar horrendos actos anormales que destruyen no solo el cuerpo del otro, sino sobre todo su alma. Lo profundo de su vida. Aquí no hay justificaciones.
Pero la reacción tampoco puede ser la hoguera. Hace tiempo que me da vueltas eso de la “intachabilidad” (una especie de pureza moral), queremos políticos intachables, obispos intachables, autoridades intachables, deportistas intachables. No sé lo que es eso; ignoro si he conocido a alguien intachable; sin errores, sin caídas, sin pecado. Ignoro si alguien así merece respeto y admiración. Ignoro cuál modelo de persona es esa. Creo que es una reacción destemplada. Que no haya dudas, por favor, nada justifica el horror; nada avala lo terrible que ha vuelto a ocurrir. Ni una mala educación, ni ideas sobre el otro, ni una cultura en particular, ni una religión concreta. La aberración de un abuso merece la pena justa que el tribunal dictamine. Pero me permito prolongar esta reflexión respecto a lo humano, creo que es eso lo que verdaderamente aquí nos convoca. Pues justamente es lo humano lo que parece desdibujarse. Valga ver esa nueva plaza pública tan llena de verdugos como son las redes sociales. Lo humano es lo que no discutimos, no miramos, no admiramos, no amamos. Si seguimos esperando intachables (¿blancos?, ¿varones?, ¿adultos?, ¿con recursos económicos?) es que despreciamos, entonces, lo humano. Lo humano en uno mismo y en el otro. Dejamos de reconocer el humano que es el otro, transformándolo en un objeto, en algo, en una cosa. Y cuando llegamos a ese punto, entonces, está todo permitido. Incluido el abuso: social, político, económico, sexual, ecológico e intelectual. ¿Acaso no es eso lo que sucede con nuestros hermanos/as mapuche? ¿O con los niños empobrecidos del Sename? ¿O con la naturaleza indefensa? ¿O con las mujeres migrantes que deambulan sacándose las uñas por un trabajo cercano a una neo-esclavitud? ¿Acaso no se siente abusada una sociedad en donde reina la corrupción, la miseria, el tráfico de drogas, las “leyes para algunos” y la carencia de justicia social?
No necesitamos hombres y mujeres intachables; sino humanos. De aquellos que saben de penas y glorias; de esos que sudan el trabajo y celebran hasta el amanecer. De esos que piden perdón de frente y prefieren mirar al asesino para reconocerlo en el más allá. Humanos que asumen responsablemente sus actos, gestos y palabras. Humanos que conocen la justicia y que en la ruta contradictoria de la vida son capaces de reconciliación. Probablemente hay más humanos entre los pobres, entre los desprotegidos, entre los marginados; de lo que muchos creen. Entre aquellos y aquellas que se codean con la frustración, el desprecio, la irreverencia y la soberbia de los deshumanizados. Como me dijo un amigo, hablando de esto: los agujeros de las mediaguas dejan que entre humanidad; no así los muros de hormigón de los grandes colegios privados. Las paredes en la población cuentan los secretos aberrantes de otros (¡que siguen sucediendo! Pero que pueden combatirse). En las murallas de concreto abunda la desidia y el silencio impune. El horror de nuestras instituciones debiera, de una vez por todas, generar la reflexión –ausente- respecto al ser humano, respecto a la comunidad de humanos que queremos construir, sobre lo más propio de lo humano. En donde, creo, anida –entre muchísimas cosas- el perdón.
En este caso, da la sensación que no vale pedir perdón, el perdón más bien debe ser implorado. Esos catorce niños y niñas son los que deben perdonar y ello después de un proceso ¡que muchas veces cuesta la vida! (y solo ellos sabrán si lo otorgan). Decir perdón sin más, no vale y no sirve sin reparación y sin una real transformación de todo aquello que permitió la atrocidad. Hay que decir algo, claro que sí. Esa palabra sagrada será dicha de frente, personalmente y desde la humildad (y humillación) más profunda posible. Quizás así, entre lágrimas, volvamos a percibir lo humano que sin quererlo estamos destruyendo. El tiempo apremia. Dios nos libre de las palabras de Jankélévitch respecto al horror de la Shoah, invirtiendo el texto de Lucas (23, 34): Padre no los perdones porque saben lo que hacen.

Publicado en The Clinic, jueves 7 de septiembre, 2017. Chile.

Declaración de religiosos y sacerdotes que trabajan en Territorio Mapuche

resistencia mapucheUrgen caminos de paz como fruto de la justicia

Como hombres y mujeres de Iglesia que colaboramos en territorio mapuche deseamos expresar nuestro sentir ante una nueva escalada de violencia en el territorio. Nuestra fe en Jesús liberador y en el Reino de justicia y de paz nos mueve a decir nuestra palabra:

1. Nos sentimos profundamente afectados frente a lo que denominamos una presión creciente sobre el territorio mapuche que está produciendo violencia, falta de comunicación, desconfianza y polarización.
En muchos territorios donde prestamos nuestro servicio, vemos que esta presión proviene de un modo de vida basado en el consumo que tiene como paradigma acaparamiento de tierras y el extractivismo.
Lo vemos en los actuales conflictos territoriales por el agua (centrales hidroeléctricas), por la tierra (forestales), por el mar (pesca industrial) y gravemente por los basurales y tendidos eléctricos. Los actuales escenarios de conflictos están todos relacionados con estas actividades industriales que responden a ese modelo de intervención que amenaza la vida de las comunidades mapuche.

2. Nos duelen y rechazamos los hechos de violencia que esta presión sobre el territorio ancestral mapuche está produciendo: militarización del territorio, persecución política judicial a muchos hombres y mujeres de comunidades, incendios a viviendas, personas heridas por “enfrentamientos”, niños y niñas afectados por este clima de conflicto, amedrentamientos y amenazas, así como lo que hemos visto últimamente la quema de templos cristianos, que lo único que hace es polarizar más a la sociedad local y tensar más las relaciones. Este tipo de hechos lo único que hace es producir más desconfianza en la convivencia local y regional, lo cual no beneficia a nadie.

3. Nos duele este quiebre profundo que en la convivencia. La sociedad nacional y local está cada vez más polarizada. Las miradas entre gobierno y comunidades está siendo cada vez más antagónicas. Las vías de comunicación son demasiado débiles, están agotadas o incluso cortadas. Esta desconfianza se ha instalado también entre personas, grupos y en muchos casos entre comunidades. Pareciera que para muchos la solución pasa por hacer imponer a cualquier costo los propios intereses, excluyendo al otro diferente, descartando la construcción de sociedad plural en la que vivimos.

4. Esta mirada antagónica, en una lógica de enemigos, no construirá la paz, ni menos el derecho. No es una lógica cristiana ni tampoco democrática. Desde una mirada verdaderamente cristiana necesitamos rescatar la confianza y la apertura al otro. Necesitamos buscar sinceramente la gracia de la reconciliación y el reconocimiento por sobre una mirada de la venganza y de exclusión.

5. Reconocemos la violencia de los innumerables atropellos a la nación mapuche. Pero estamos claros que la respuesta y la solución no es con más violencia, más incendios, más agresiones policiales. Ello solo atrae más represión y víctimas, donde todos pierden. Nos preocupa que el conflicto se continúe polarizando hacia extremos cada vez más violentos mediante incendios intencionales, disparos de armas de fuego, represión policial a comunidades, detenciones arbitrarias, daños físicos a comuneros y efectivos de carabineros, vulneración de derechos de los niños y una larga lista de eventos que destruyen la convivencia. El camino de la judicialización del conflicto por las reivindicaciones de las comunidades mapuche ha sido claramente descalificado como vía de solución, por los mismos jueces y especialistas en el tema. Criminalizar las demandas de un pueblo que busca recuperar sus derechos reconocidos por tratados internacionales no lleva a ninguna solución real. El país debe asumir el carácter político de las reivindicaciones del pueblo nación mapuche, reconociéndolo constitucionalmente y generando espacios reales que garanticen su participación en la toma de decisiones en los asuntos que le afectan y competen.

6. Lamentamos que como Iglesia Católica, tantos años comprometida con la causa de los derechos del pueblo mapuche, hoy estemos cada vez más callados y distantes, incapaces de mediar o interpelar en busca del diálogo para la construcción de la justicia que trae la verdadera paz. Parece que hemos perdido la fuerza profética del Evangelio frente a los desafíos de una sociedad plural e intercultural en la que los pueblos indígenas reclaman su lugar. Es claro que los actores de la violencia en la Araucanía son diversos, pero las responsabilidades y las consecuencias las cargamos todos y cada uno según su lugar en la sociedad. La Iglesia, por vocación propia y por su responsabilidad histórica con el pueblo mapuche, no puede omitirse del papel que le corresponde en esta tarea de contribuir al entendimiento y la búsqueda del bien común en el territorio mapuche. Basta recoger las enseñanzas de la Doctrina Social de la Iglesia para reconocer la violencia permanente sobre las comunidades mapuche en la Araucanía. Desde el despojo de sus tierras y de su autonomía política, la pobreza y la segregación social han herido gravemente a la nación mapuche. En las últimas décadas el daño creciente a la naturaleza y sus criaturas en el territorio ancestral, promovida por una elite empresarial que no se detiene en su afán de lucro, se han convertido en el campo de batalla contra un modelo económico que busca conquistar y colonizar los últimos espacios ancestrales del pueblo mapuche. El Papa francisco nos lo ha dejado claro en su Encíclica Laudato Si’.

7. Sabemos que la inmensa mayoría de la nación mapuche, cada vez más consciente de sus derechos, no está por una solución violenta, pero tampoco acepta la dilación por décadas de sus derechos a la tierra, cultura y autodeterminación. ¿Cómo abordarlo? Los gobiernos han venido fallando sucesivamente. El documento “nuevo Trato” y sus propuestas quedaron en nada. Una vergüenza considerando que era un documento del gobierno chileno y tenía propuestas concretas. Ni hablar de las sucesivas “mesas de diálogo” que los gobiernos de turno han instalado fallidamente.

8. El camino no es fácil, pero debemos intentar reconstruir las confianzas. Es cierto que cuando uno ha sido herido se hace más difícil hablar de cercanía, confianza, reconciliación, paz. Sí, es muy difícil, pero ciertamente si caminamos desde los pasos de la reparación justa podremos hacerlo. Esto es difícil, pero no imposible. Lento, pero no imposible.

9. Creemos que debe haber gestos fundamentales para cimentar esta confianza. Dos gestos fundamentales que desde el Estado pueden allanar los caminos para que “la palabra” venza a la violencia y sea camino de paz:

a) Restitución: Urge concentrar el esfuerzo político del Estado en la restitución de las tierras despojadas y en devolverles su productividad sustentable para las comunidades que desde siempre han vivido de ellas y en ellas reivindican su identidad. Se gasta tanta energía y recursos en buscar culpables de acciones violentas, en vez de invertirlas en una vía factible y dialogada de restitución.

Habrá que presionar políticamente a las empresas a “entregar” o vender esas tierras. Esto implica mucha audacia, pues estas empresas tienen mucho poder, no solo económico, sino también político, pero no parecen ver el efecto de su codicia. Quizás volver a pensar en la expropiación, como último recurso, como se propone en “lnforme de la Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato con los Pueblos Indígenas”(pag-577) encomendado por el presidente Lagos (2003). Esto serían pasos reales para un nuevo trato. Esta restitución debe ser expresión del perdón que pedimos a los pueblos indígenas y a todos los que han sufrido las consecuencias de la ocupación del territorio mapuche. Necesitamos entender y decirnos a nosotros mismo que nos hemos equivocado; todos, Estado, empresas, sociedad civil, iglesias. Necesitamos pedir perdón por lo mal que lo hemos hecho al construir una sociedad que atropelló y continúa atropellando los derechos de los pueblos

b) Reparación: Esto significa redefinir las políticas de fomento productivo en vista a un territorio con otro paradigma, diferente al meramente económico extractivista. Necesitamos recuperar una mirada sobre “nuestra casa Común” como nos invita el Papa Francisco en su enciclica Laudato Si’, y que los pueblos originarios han estado luchando tanto tiempo por sostener. No basta con tener tierras si las condiciones de desigualdad se mantienen y hacen imposible vivir de la tierra. Para que las familias y comunidades puedan elegir verdaderamente qué tipo de economía quieren tener es necesario hacer un esfuerzo de envergadura para ofrecer alternativas productivas sustentables. La soberanía alimentaria es el derecho de los pueblos a producir sus alimentos culturalmente adecuados de forma sostenible, es decir, su derecho a decidir su propio sistema alimentario y productivo. Esto consiste por lo menos en destinar los mismos recursos que se han entregado al modelo forestal en un modelo agrícola sustentable. Reparar el daño en lo que sea posible genera nuevas posibilidades de convivencia, es un acto de justicia que trae la paz.

10. Estos pasos gigantes pueden hacer que podamos acercarnos y mirarnos con confianza. Pero implica una fortaleza interior gigante. Confiar es arriesgar. Se trata de confiar y esperar que el resultado sea satisfactorio para todos y no solo para unos pocos. Es creer que sin el otro, por muy distinto que sea, no se puede construir una sociedad fraterna.

Pedro Pablo Achondo SSCC, Rio Bueno
Javier Cardenas SSCC, La Unión
Juan Fuenzalida SJ, Tirua
Carlos Bresciani SJ, Tirua
David Soto SJ, Tirua
Oscar Gutierrez, Alto Biobio
Jaime Riquelme, Alto Biobio
Fernando Díaz svd, JUPIC Araucanía
Hernan Llancaleo, Coordinador Pastoral Mapuche Concepción
Palmira Alcamán, CC de Vedruna, Padre Las Casas

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Retiro Urbano, en el corazón de Santiago

cruz san cristobalHace un par de días fuimos muchos y muchas los convocados por Jesús; los llamados por el Maestro para pasar un día con él; un tiempo en paz de reflexión, compartir, escucha y oración. Un tiempo sin tiempo para subir al cerro y, como lo hizo antaño, volver a escuchar –con los oídos y el espíritu- su sermón del monte (Mt 5-7) y su discurso apostólico (Mt 10).
Nadie de los que subió con Jesús aquel día el Cerro San Cristóbal quedo “intacto”, se fue de manos vacías o se quedó con el corazón igual de cómo había llegado. ¡Sin duda que no! Algo nos pasó, pues lo que allí vivimos fue un kairos, una Gracia, una Presencia; y por eso fue un retiro. Una experiencia comunitaria profundamente espiritual, de la espiritualidad que a Jesús le gusta: esa encarnada hasta el barro, esa que llora abrazada de la cruz, esa que se teje entre cristianos y agnósticos, pecadores y “bien-portados”, vendedores ambulantes y empresarios de ojos abiertos… esa espiritualidad que grita desde el silencio y que se calla ante el sufrimiento de Carlos. Esa espiritualidad que todo lo escucha y todo lo comparte. De esa fue la que bebimos subiendo el San Cristóbal.
Cada estación y cada testigo nos fueron alimentando. Cada historia nos fue hablando y amasando; transformando el barro de cada uno. ¿Acaso no es eso la Cuaresma? ¿Acaso no fue ese domingo el mejor domingo de cuaresma para cada uno y una? Yo no fui a misa. Porque la misa la viví allí. Compartiendo el pan y las frutas sentados y orando en el pasto. El pan y el vino de la vida lo recibí allí: cuando la Karoline se arrodillo ante Carlos, un hermano evangélico hijo, nieto y sobrino de DD.DD. Cada lágrima fue llenando mi copa vacía. Cada paso fue alimentando la esperanza que brota de la fe en Jesucristo.
vistas-mirador-hundimento-santiagoSentados a los pies de la Virgen –como ella se sentó a los pies del Calvario- contemplamos la Capital: Santiago, bajo nuestras miradas cansadas y felices. Santiago, bajo la mirada de Jesús. Y Jesús que volvía a llorar por esta ciudad tan querida y tan dividida, tan golpeada y herida. Santiago ciudad de muros sociales y clasismos, injusticias y víctimas de un frenesí que deshumaniza. Santiago que invisibilizas a los pobres y marginados; desplazas de tu corazón a los predilectos del Señor… Santiago, lloramos con Jesús al mirarte desde lo alto. Tú, Santiago, que sigues silenciando a tus profetas, tú que no escuchas el clamor de tus pobres. Allí nos abrazamos y nos perdonamos, allí renovamos nuestra esperanza gracias a las lágrimas de Jesús que fueron también las nuestras. Allí nos dimos cuenta que Jesús también llora por nosotros: mediocres y acomodados, muchas veces. Tímidos y faltos de esperanza, otras. Tú, Dios de la Vida nos lloras y nos invitas a más, nos abrazas perdonándonos para que hagamos fiesta con todos los que “estaban muertos y han vuelto a la vida, estaban perdidos y han sido encontrados” (Lc 15, 32).
muralPEBajamos el cerro –antecedidos por la Cruz Vencida del Resucitado- en el corazón de la ciudad, para que nuestro propio corazón se renueve y se llene de otros rostros y otras historias, de otros hermanos y de otras luchas que siguen siendo las nuestras y las de todos.
Gracias Jesús; hermano universal por con-vocarnos a seguirte; de todas las comunidades, de todas las capillas, de todos los barrios, de todas las luchas y de todos los sueños empapados de Evangelio… Nuestro amor se llena y nuestra voz –como una rogativa mapuche- te alaba; ¡ya no sola! Sino con y por cada uno y cada una de los que ese domingo respondimos a tu llamada. Rezamos para sean  y seamos muchísimos más…

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