Una teología impertinente

Hacer teología en el siglo XXI debe ser una tarea impertinente. Cuando nos planteamos el desafío de hacer un libro colectivo lo hicimos con una convicción pretensiosa: aportar al debate y al dialogo socio-político en Chile. Lo hicimos como se hacen las cosas del Evangelio, de manera sencilla y comunitaria. Movidos por una escuela que en América Latina es un verdadero tesoro, aun en nuestros días despreciado, marginado, vilipendiado: pensar desde los pequeños. Es decir ponernos en los pies de los pobres y sufrientes y desde allí, como dice una teóloga, “osar la palabra” creyente.

Esta escuela en la ladera sur del planeta comenzó en el siglo pasado entre catacumbas y Concilios, entre luchas armadas y revoluciones, entre Conferencias Episcopales y una fuerte toma de conciencia del pueblo pisoteado. Lo que el Espíritu de Jesús hizo acá fue impensable. Ni el mismo Espíritu sabía lo que hacía. En esta Escuela se formó un Romero, un Camilo Torres, un Ernesto Cardenal, una Rigoberta Menchu, un Helder Cámara, una Dorothy Stang, y miles de comunidades. Lo que pasó es que el pueblo creyente empezó a hablar. Hablar con los labios, con el canto, con los puños y con la danza. El pueblo empezó a leer, leer la Biblia, leer los Evangelios, leer los signos de los tiempos, leer las injusticias y miserias en las que se les tenía.

Llega a ser, sin duda, increíble que esta corriente de pensamiento (que es más amplia que la teología), primero siga viva y segundo siga siendo de minorías. Digo que siga viva porque se hizo lo imposible por silenciarla. Se movieron piezas, se expulsaron y censuraron profesores, se marginalizaron líderes, se desmembraron comunidades de base. Se borró de libros oficiales y se mantuvieron en las catacumbas a mártires y santas de a pie. Una limpieza, haciendo creer que esto no era palabra de Dios, que esto era manipulación ideológica. Qué pena ellos que no habían leído a Gamaliel.

Y que sea de minorías… cuando se ha tratado y se sigue tratando de una Buena Nueva. Esta teología, es decir este pensar y hacer, esta palabra y praxis quiere liberar a todos los hombres y al hombre todo. Pero claro, esto apenas se esboza en homilías, catequesis, primeras comuniones o matrimonios. Como un mundo paralelo. Sabiendo que persiste en su cercanía a los pobres, presente en agrupaciones de base, compartiendo con comuneros y jóvenes olvidados. En el siglo XXI todavía se puede escuchar el “hermana usted está haciendo política”, “padre dedíquese a celebrar la misa”. Esta Teología impertinente busca dejar de celebrar misas. Dejar de adorar dioses insensatos llenos de seguidores en su facebuk. En su diosbuk. En su Instadeus o Instamisa.

En esa corriente hemos querido entrar. Hace rato desde el sentir y el actuar, ahora desde el pensar. Desde el hacer teología. Uno de las frases que más me llaman la atención de los Seminarios de Formación Teológica de Argentina, es el “somos pobres y hacemos teología”. El sujeto teológico es el pobre, el laico/laica, el campesino, la mujer, el indígena, el trans, el niño. Rostros actualizados del Cristo de Mateo 25.

Hacer teología desde allí es romper con el lenguaje tradicional, consiste en atreverse a cuestionar lo que se ha mantenido incólume, no por un mero afán rebelde, sino porque el estatus quo y sus discursos políticos y religiosos, sociales y económicos nos tienen así: ahogados al borde del colapso. Nos tienen ad portas de consumirnos junto con el planeta, nos tienen migrando kilómetros y kilómetros con nuestros hijos en brazos, nos tienen en el engaño y la falsedad, en países destrozados y colonias imperialistas. Nos tienen, y esto es grave, lejos del amor. Lejos de la belleza y la compasión. Si la teología en cuanto discurso y praxis inspirada en el Nazareno no modifica en nada esto, ni siquiera cuestiona las estructuras de patriarcado eclesial, militar, familiar y cultural entonces es mejor que siga encerrada en sí misma como un saber cómodo y demasiado conforme con sus peipers. Una teología que hoy no es impertinente tiene otro nombre: charla de bautismo, curso de oración, consagración a la virgen; pero no teología.

Ronaldo Muñoz pertenece a esta escuela y, junto con muchas y muchos nos inspira, nos desafía, nos empuja, nos incomoda. Los problemas sociales deben –porque el Evangelio nos moviliza- ser pensados desde la fe. La teología latinoamericana y esta, hecha en Chile, nos impelen a pensar esta tierra plurinacional tan llena de heridas. Los cristianos no pueden estar tranquilos en sus capillas y sacristías diciendo amén. Mucho menos apoyando movimientos racistas, clasistas, espiritualistas, moralistas, xenófobos y violentistas. Eso no tiene nada que ver con Jesús. Nada. La teología impertinente de Jesús invita a abrir los brazos, abrir la mente, abrir la palabra y los gestos para compartir vida, para enredarse y equivocarse. Para transformar estructuras y modificar prácticas y hábitos sin sentido ni significado.

Quizás le estamos pidiendo mucho a la teología. Quizás le estamos pidiendo lo que ella nos regaló con teólogos como Agustín, Tomás, Atanasio, Gregorio, con las teólogas místicas alemanas, Hildegarda, Matilda, Gertrudis, la mexicana Juana Inés, Libanio, Víctor, Leonardo, Juan Luis, Ivonne, Madeleine, Etty, Clotario…. Y tantos y tantas impertinentes que no podían callar aquello que el Espíritu les había comunicado.

En estos tiempos secularizados y de crisis institucional, la teología también se resiente. Pero quizás se resiente aquella que ha monopolizado facultades y púlpitos, enciclopedias y mensajes navideños de whatsapp. Pero no la teología resistente que ha resistido en las calles y procesiones, la que se sigue vinculando en círculos populares y catacumbas postmodernas; esa que lleva 50 años alimentando el retiro de Pirque y celebrando Medellín; la que no necesita títulos ni cátedras y que bueno que así sea porque se alimenta del Señor de los pobres, el sin-títulos, el sin-cátedras.
De ese modo, la hermosa y desafiante tarea del quehacer liberador de la teología sigue siendo la bandera de esperanza de muchos y muchas, al menos de nosotros.

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Medellín, un vuelco para América Latina

Este año en toda nuestra América indo-afro-latina estamos celebrando un acontecimiento único: los 50 años de la Conferencia Episcopal de América Latina y el Caribe. Pese a ser un evento eclesial, la magnitud de lo que significó impide reducirlo solo a eso. Medellín provocó una verdadera revolución -a veces opacada y silenciosa- en otros campos: social, político y económico. Vamos viendo. El año 1968 los Obispos de América Latina y el Caribe se reunieron en la ciudad colombiana de Medellín para “acoger” las líneas, documentos y espíritu del Concilio Vaticano II que había concluido recién en 1965, después de 7 años de realización (anunciado el 59 por Juan XXIII). Más que acoger consistía en aplicar. Esta es una palabra clave para entender todo lo que se generó.
Medellín, en cuanto evento se enmarca en un proceso global en occidente: la primavera de Praga, mayo del 68 en Francia, el movimiento de rechazo a la guerra de Vietnam, nuevas búsquedas culturales y políticas… En ese marco la Iglesia de este lado del planeta se reúne para repensarlo todo, o casi todo en verdad. Eclesialmente ya había movimiento. Se gestaba la Teología de la Liberación (el libro cuyo título bautiza el movimiento es del año 71 por el peruano Gustavo Gutiérrez), el cristianismo se vinculaba al sindicalismo y los trabajadores, la Biblia se acercaba al pueblo, la acción pastoral se insertaba en la vida política y social de las comunidades, la educación popular de Freire abría los ojos, los curas obreros se iban sumando… Allí es dónde Medellín adquiere una fuerza inesperada.

Medellín fue más allá del Concilio, superando la auto-referencialidad de la Iglesia y poniendo en el centro el proyecto de Jesús: el Reino. Por eso para muchos Medellín constituye el bautizo de la Iglesia Latinoamericana y Caribeña, es un acontecimiento fundacional. Sin querer alargarme mucho quisiera contarles los ejes principales de Medellín: la liberación como lucha de libertad y autonomía socio-política y económica. Una liberación integral del ser humano. Como segundo eje está la centralidad del pobre. Se reconoce que los pobres son el centro y que deben ser sujetos de su propia liberación. Medellín reconoce que sujetos nos hacemos juntos y que juntos luchamos contra la pobreza que destruye y deshumaniza. Nace así la formulación eclesial de la opción preferencial por los pobres que ha causado tantos problemas -interesados- y riquezas. Por último, brota con fuerza la necesidad de una Iglesia de base, la iglesia pequeña y no aparatosa, la Iglesia de los pobres: las comunidades eclesiales de base, verdaderas comunidades socio políticas y espirituales repartidas por toda América. En ellas se gestaron resistencias y memorias y se formaron líderes políticos y sociales de gran envergadura. Es imposible no decir dos cosas más: No habría sido posible Medellín sin el estándar ético de los Obispos de ese entonces, verdaderas personas de bien comprometidas con el pueblo sufriente y el evangelio humilde; entre ellos el chileno Manuel Larraín. Y el costo que toda esta revolución causó. Muertos y sangre. Nuestra América está llena de mártires que dieron su propia vida (en la Iglesia y fuera de ella) por un mundo mejor, más justo y feliz; asumiendo la causa de los pobres -emblema de Medellín.

Se han cumplido 50 años de esto y pareciera, así dando una pincelada por arriba, que en Chile queda poco de Medellín. Digo por arriba pues en las bases -por muy pequeñas que sean- aun respira esa Iglesia de la opción por los pobres, aun palpita esa espiritualidad ético-política. En todo nuestro continente habrá conmemoraciones, actos, reflexiones; aquí mismo en Chile en los meses que vienen. Yo vengo llegando de San Salvador, tierra empapada de sangre martirial y de esperanza, tierras de los jesuitas asesinados en la UCA y del santo obispo Oscar Romero, martirizado el año 80 y canonizado ahora el próximo 14 de octubre por el papa Francisco. Nos reunimos mas de 600 personas de todas partes a celebrar y actualizar este acontecimiento de Medellín. Los llamados padres de la teología de la liberación estaban allí: Leonardo Boff, Jon Sobrino, Pedro Trigo, y Gustavo Gutiérrez en video conferencia desde Lima. Testigos de la primera hora como Cecilio de Lora y nuevas personalidades desde la ecología, el feminismo, la espiritualidad, los movimientos sociales, los pueblos indígenas, hombres, mujeres, jóvenes, todos allí soñando llenos de utopía esa sociedad sin excluidos ni marginados, sin desechados. Leyendo el mundo desde lo decolonial, desde abajo, desde el sur. Alimentando y compartiendo esperanza en medio de la crisis ecológica, de la cultura de abusos y opresión. Desde El Salvador y Medellín nos preguntamos por Chile, ¿Qué nos ha pasado aquí? ¿Qué opciones vamos a tomar? ¿Tendremos la lucidez y valentía de poner en el centro al pobre? ¿Daremos el giro a esa Iglesia de rostro feminista que necesitamos? ¿Nos pondremos de una vez por todas en el lugar de las víctimas, que es el lugar del mismísimo Dios? Es tiempo de combatividad. De que la indignación ética se tome la palestra eclesial y social. Medellín respondió a su tiempo y de alguna forma nos sigue empujando aquí en estas tierras morenas a seguir respondiendo. Como nos interpeló Pilar Aquino (teóloga feminista mexicana): “no tenemos permiso para callar”.

Ciclón Francisco, huracán Scicluna

Del caos viene lo nuevo, del terremoto la posibilidad de reconstruir la casa, de buscar otros terrenos y de alguna forma recomenzar. El filósofo judío (y muy cercano al cristianismo) y lúcidamente original Franz Rosenzweig decía que el cristianismo era la religión del recomienzo, del siempre volver a empezar. No circularmente, sino en un espiral de vida y muerte, de muerte y resurrección, de búsqueda y encuentros, de no-ver y ver de otras formas. Lo que se ha producido a partir de la visita de Francisco ha sido inimaginable. Inesperado. Sabemos que Francisco sólo llegó a encender una chispa que los sobrevivientes de Karadima y el grupo de laicos y laicas de Osorno estaban preparando hace años y el «caso Maristas» permitió dilusidar. No deja de ser impresionante lo que este ciclón eclesial y social ha desnudado: abusos, encubrimientos, desfachatez, delitos, pecados, torpeza, autoritarismos, manipulación, cegueras, incoherencias, negligencias, vicios, perversiones… y con seguridad falta aún. Falta que la podredumbre se muestre y/o se des-cubra. Falta. Y falta que de a poco vayamos viendo luces, percibiendo la vida que no se ha dejado abusar, los rostros y comunidades y agrupaciones y pequeños reductos que no han podido ser pisoteados por el poder, el dinero, el olvido, los moralismos castrantes y los espiritualismos alienantes. De a poco nos hará bien comenzar a mostrar luces, espacios de amor y compasión, trincheras de humanidad. Soy testigo de ellas. Los sobrevivientes y los pobres nos pueden dar clases de ello. Pero, ¿Qué sucede con esos espacios ritualistas sin corazón ni espíritu critico? ¿Cómo seguir tolerando esas dinámicas de mal trato y humillación dentro de comunidades religiosas, dentro de las iglesias? ¿Cómo no rebelarse ante el autoritarismo con rostro de varón y los horribles machismos introyectados en víctimas de todo tipo? ¿Cómo no empezar a ver aquello que nos tenía ciegos: relaciones afectivas extrañas, insanas, «chorezas» que son verdaderas manipulaciones esclavizantes? Por Chile ha pasado un huracán. Es el ¡Nunca más! eclesial. Falta hace que pase por los sistemas políticos, por ciertas concepciones educativas, por familias y relaciones laborales corrompidas y deshumanizantes. Falta hace. El ciclón sigue dando vueltas. En Chile no hay «olor a oveja», sino olor a una herida que sangra y lo seguirá haciendo mientras no nos rebelemos contra estas sombras que han ocultado los pequeños soles ofrecidos.

(publicado en The Clinic, Jueves 23 de agosto)

 

Crisis de Cordialidad

Simplificando un poco las cosas, uno podría referirse a la sociedad y sus instituciones de dos maneras: en torno a relaciones instrumentales o en torno a relaciones cordiales. Todo lo que tiene que ver con la primera está basado en el uso (y abuso), la recaudación y la producción. La segunda, más bien con la gratuidad, la mutualidad y el don. Es obvio que la mayoría es una maraña de ambas, pero también es claro que hay ejes movilizadores, motores, ideas fuerzas que muchas veces de manera implícita empujan y manejan los engranajes. La Iglesia debería, y digo debería bajo el supuesto (o premisa) del mandamiento divino, pertenecer a la segunda categoría. Ser una institución eminentemente cordial, donde las relaciones se sustentaran en el cuidado, el cariño, la entrega y el servicio. No en los resultados, la eficiencia o las ganancias. Mucho menos construirse en torno al miedo, la imagen y la defensa. La crisis puede verse de muchas maneras y agarrarse de varias aristas, una de ellas es el corazón (cordis), la cordialidad, núcleo del cuidado y la ternura, centro de la compasión. Sin corazón sólo hay esquemas, cifras y organigramas. Sin corazón hay gente y no seres humanos, una masa informe y sin rostro y no una común-unidad. El corazón del hombre puede enfriarse y morir; así mismo el cordis de las instituciones. La crisis de la Iglesia chilena corresponde a la agonía de su corazón. Y esta agonía no tiene más explicación que la falta de amor. Se dejó de amar. De amar a los pobres, de amar a los jóvenes y ancianos, de amar a la mujer, de amar la naturaleza, de amar el amanecer y las estrellas, la Ñuke Mapu; de amar a los pueblos indígenas y de amar a los niños de Chile. Se dejó de amar la misión de Jesús. Nos olvidamos del otro. La Iglesia dejó de amar. Recordemos que aquí hablamos de «la institución», aquella estructura de decretos, derecho, instrucciones, reglamentos y jerarquía, ese «mono» de flujos y permisos y censuras y obligaciones. Ese elefante de la historia. Pues es de sobra sabido que cristianos y cristianas de a pie, rebalsadas de cordis, rebosantes de amor y cariño, los hay -y entre ellos muchos curas y monjas. Y allí están, batallando por levantar un muerto o construir otro. Me recuerda una frase de Gramsci que leí hace poco: «al viejo sistema enfermo le cuesta morir y el nuevo que surge tiene dificultades para nacer». Hace tiempo que estamos ahí. En ese intertanto. Es «la estructura» y todo lo que ella conlleva la que se ha decretado en desahucio. ¿Por quién? Por el propio corazón. Hemos descuidado el cuidado y el corazón infartado ya no aguanta ningún marcapaso más.

El extravío de Dios

Ayer en El Mercurio el secretario de la Conferencia Episcopal chilena, Monseñor Fernando Ramos dice, entre otras cosas que “lo que está ocurriendo en Chile (con la Iglesia y en particular, la jerarquía) se va a transformar en una realidad paradigmática”. Para que ello realmente ocurra se necesitan varios factores y me parece que el principal y al que me gustaría referirme a continuación es un factor de carácter teológico, es decir, de nuestra manera de comprender el actuar de Dios en el mundo, en la historia y en nuestras relaciones.
La teología latinoamericana de la Liberación ha tenido la genial intuición (de la mano de Gustavo Gutiérrez y tantos mas) de que Dios actúa y habla en la historia de la humanidad desde los márgenes a través de los pobres y excluidos. Nos guste o no, el Dios de Jesús ha escogido situarse allí, hablar desde allí. Esta intuición se ha constituido a lo largo de las décadas en una verdadera tradición sapiencial con su eclesiología (forma de estructurar la Iglesia, lo que llamamos “la Iglesia de los pobres”), con su liturgia (forma de celebrar la fe, al modo de los pobres: la Mesa Compartida), su espiritualidad (una espiritualidad desde abajo, fraterna, humilde, profética y abierta, de discípulos y discípulas) y su sentido crítico de la historia y sus procesos (pues la historia de los pobres y marginados es una historia de injusticias).


La praxis de liberación, como dicha teología se refiere a su incidencia concreta en la realidad, busca “transformar de manera afectiva y efectiva las relaciones de poder y dominación por medio de concreciones históricas de compasión, justicia y misericordia inspiradas en el proseguimiento de Cristo” (Carlos Mendoza-Álvarez). Volviendo al principio creemos que sin esa transformación real de las relaciones de poder dentro de la Iglesia, entre la jerarquía misma, entre la jerarquía y los laicos y sobre todo entre el Pueblo de Dios y los marginados y excluidos; no hay ninguna esperanza de transformación. En ningún caso podremos pensar que la crisis de la Iglesia chilena pueda constituirse en un verdadero paradigma de la Iglesia del mañana. No basta un cambio de obispos, no bastan protocolos ni revisiones de los pastores, ni siquiera una “profesionalización del ministerio ordenado” (cosa por lo demás necesaria), ni siquiera una mera revisión de los currículos teológico-pastorales de los seminaristas. Aquí de lo que se trata es de algo más profundo, de una estructura llena de vicios, de baches, de vacíos, de faltas. Se trata de repensar el poder (y las relaciones de poder) en la Iglesia y allí, con humildad, la teología latinoamericana (y con ella la de Moltman y la “Iglesia en reforma” de Metz con su Memoria Passionis) tiene mucho que aportar. No partimos de cero. Hay un gran y hermoso camino hecho: la Iglesia Latinoamericana con su lectura popular de la Biblia, con sus Comunidades de Base, con su liturgia popular y cercana, con sus relaciones horizontales y sus vínculos antipatriarcales y antimachistas, tiene mucho que decir (y obviamente no todo). Sería una verdadera pena no volcar la mirada y la morada a tanto camino hecho junto a las víctimas de la historia. En medio de la crisis hay una Iglesia (oculta, pequeña, sencilla) viva que ha luchado y se ha mantenido desde la fuerza de los pobres, desde el lamento de los pobres, desde los fracasos y sueños de los pobres. Desde sus esperanzas porfiadas.


Ojo que no se trata de una postura simplista según la cual haya que hacer una apología de las víctimas o de absolutizar una acción social solidaria que no toque nuestras fibras más íntimas, sino que, “por el seguimiento de Cristo vivido como experiencia histórica de bajar de la cruz a los crucificados de la historia vislumbrar, desde el clamor y la esperanza de los sufrientes, una auténtica experiencia de misericordia, aquella que Dios siempre muestra en su Hijo a todos los excluidos de la tierra, desde Abel el justo hasta nuestros días” (Carlos Mendoza-Álvarez).
No es solo la Iglesia Chilena la que se derrumba, ni siquiera la Iglesia universal; es una forma de relacionarnos entre los seres humanos, una forma de estructurar dichas relaciones y de ordenar la vida. Ello permea todo, organizaciones y relaciones interpersonales. Y por eso, la misma Iglesia de los pobres se mantiene como una utopía que rompe las barreras eclesiales, un anuncio para el mundo y sus injusticias, para los modelos económicos con sus corrupciones y la política de élite con sus mezquindades.
Reiteramos, el problema es teológico, en su sentido estricto: la forma en que la misma Iglesia (y en particular la Jerárquica en este caso) ha comprendido el actuar de Dios. Si no se ha entendido la opción del Dios de Jesús, que habla desde los márgenes de la sociedad y en la voz de las víctimas de la historia, es que no solo hemos extraviado el Evangelio (como preguntó Matías del Rio a Monseñor Infanti hace unos días atrás en El Informante, sin tener una respuesta convincente), sino que hemos extraviado a Dios.

La Poda

Se dice que para un escritor y en particular un poeta el gran trabajo es el de la poda. Una vez que se escribe comienza el verdadero oficio: leer, releer y podar. Se van revisando las palabras, las pausas, los silencios, las frases, las imágenes y, no pocas veces el poeta lucha contra sí mismo para eliminar, borrar o dejar una palabra, una simple palabra; que a sus ojos, puede cambiarlo todo. De alguna manera el poeta es como un jardinero. El jardinero, dicho sea de paso, una maravillosa imagen para el ser humano, no solo abona las plantas, las riega, las cuida y mantiene. Sino que también las poda, es decir, corta para que den fruto; arranca algunas partes para que en el futuro el árbol –el tronco principal o alguna de sus ramas- crezcan más fuerte. Muchas veces la poda es esencial para darle forma al árbol, para que este no crezca torcido. La poda es fundamental. Sin ella puede no haber buenos frutos ni un arbusto recto, hermoso y saludable.
San Juan en su capítulo 15 lo señala sin tapujos: “El viñador (Dios Padre) corta los sarmientos que en la vid verdadera (Dios Hijo) no dan fruto; a los que dan fruto los poda para que den aún más”. Dios es el jardinero que contemplando los sarmientos (discípulos) de la vid (Jesús) los cuida, se preocupa por ellos. A los que no dan fruto, es decir han sido infecundos y pueden destruir la vid, sencillamente los corta. Y a los que han ido dando fruto les ayuda a que se fortalezcan, podándolos. Encausándolos, enderezándolos.
El trabajo de Dios es como el del poeta (o viceversa, para ser más exactos) que desea un poema perfecto, una palabra sublime, que busca frutos de sus versos. La imagen es excelente, pues el fin son los frutos y no la poda. La poda no es más que una herramienta –fundamental- para alcanzar lo sublime, lo necesario, lo útil, lo esperado. De alguna manera estamos viviendo una poda en nuestra querida Iglesia chilena. Esta vez toca podar los sarmientos de la jerarquía eclesiástica; otras veces han sido los ministros los que han podado comunidades, parroquias y pastorales. Ha sido la jerarquía la que históricamente ha podado ideas (algunas sencillamente las han arrancado), figuras, testigos, diferencias, debates y renovaciones. Hoy la cosa apunta hacia otro lado: Francisco ha querido podar, ha mirado este jardín y ha caído en la cuenta (con dificultad y lentitud e iluminado y empujado por unos sarmientos heridos) que ya era hora; que la maleza estaba ahogando al trigo fértil, que las frutas se habían caído en tierra seca y que la podredumbre era abundante.
Francisco no es un poeta, pero si un maestro de lo simbólico y un pastor humilde capaz de hacer lo necesario. El jardín eclesial de Chile se encuentra ahogado, errante, enceguecido. Habrá mucho que cortar, no poco que podar y solo el tiempo dirá si lo hicimos bien y a buen momento. Nos baste la esperanza de que el Viñador sigue ahí: deambulando por el Jardín y que mientras permanezcamos en la Vid-Jesús, aferrados a su Amor que todo lo puede, nada estará perdido.

Exceso de poder

Lo que hemos vivido en nuestra querida Iglesia y, en mayor medida, lo que ha aparecido sin cansancio, nos ha cansado y agotado a muchos.
Quizás una de las razones sea el exceso de poder. Es decir, que todas las discusiones, afirmaciones, debates y acusaciones han remitido a esta esfera. Como si lo único que hubiera en la Iglesia fuera esto: su institucionalidad. Eso es lo que aquí llamo poder, aludiendo a la vieja (y actual) dicotomía de Boff: Iglesia, carisma y poder. Lo que asfixia no es la Iglesia en sí, sino su cerrazón institucional, su discusión (dentro y fuera) autorreferencial en donde el Pueblo de Dios no se entiende y se enmudece. Lo que cansa es el exceso de jerarquía. Obvio que no hay ningún juicio moral en esta afirmación. Sino más bien una manifestación anímica, afectiva y corporal. Todos nos cansamos y más aún cuando en la Comunidad a la que se pertenece y desde dónde se vive no aparece su razón de ser, vale decir el Evangelio de Jesús. El Kerygma, la alegría profunda de ser hijos e hijas para la resurrección. Un joven me decía que hoy no se entiende el para qué de la Iglesia. Creo que tiene razón. Si lo que aparece es su dimensión “de poder” opacando, dejando de lado e incluso olvidando su dimensión “carismática”; toda ella se muestra entrampada y sin rumbo. Lo místico, lo carismático de la Iglesia debe primar, en caso contrario la comunidad comienza a ahogarse. Debemos dejar que vuelva ese hálito de vida, ese “hermanito viento” que despeina y llena los pulmones de oxígeno. Si la Iglesia-poder no permite que la Iglesia-carisma sane el cáncer, la futura metástasis puede ser muy dura y dolorosa. Los seres humanos somos “seres para lo infinito”, si ello no aparece, no se promueve, no se ora, no se anuncia y no se vivencia; es que el poder ha consumido al espíritu.