“La celebración de la vida” (LS, 207)

sebastian salgado
Sebastião Salgado

Desde la mirada del teólogo, Laudato Si’ es un éxito: un manifiesto ecoteológico y un libro de la esperanza creyente. No queremos exagerar, pues siempre hay temas que podrían ser más desarrollados o explicitaciones que podrían quedar más claras. A pesar de ello nos parece un éxito por dos razones nada de simples: Una radical condena al sistema depredador y consumista en el que vivimos y la puesta en marcha de un plan que podríamos llamar: “el otro”. El otro –según Laudato Si’, es fundamentalmente el pobre y la tierra. Dos intuiciones que Leonardo Boff afirmaba hace mucho tiempo; y, antes que él, la más rica tradición teológica (desde Francisco de Asís hasta ciertos teólogos/as de la liberación). La dimensión de la alteridad atraviesa toda la encíclica llena de relaciones y tramas que manifiestan una realidad tan evidente y olvidada como que vivimos con otros, en comunión (y/o destrucción); y que dependemos absolutamente de la tierra, el agua, el aire, los ecosistemas; para vivir y vivir bien. Hablar del otro desde una correcta eco-teología (aquí llamada Ecología Integral) es hablar también del Otro: Dios; del Otro que es comunión de relaciones y trama de Amor sobreabundante. El Dios de Jesucristo nos ha dado un jardín y nos ha nombrado jardineros, cuidadores, para que el Jardín dé fruto y ese fruto sea duradero y compartido.
No es posible hablar de justicia ecológica sin hablar de justicia social; no es posible llorar los desastres que hemos ocasionado en la naturaleza sin llorar el desastre humano de miles de seres en la miseria y el abandono. El inspirado texto eclesial nos ilumina respecto a la “deuda ecológica” de los países ricos (LS, 51) y a la necesidad de un cambio profundo, tanto económico como social. En definitiva un cambio espiritual. El ser humano es invitado a abrirse completamente al otro y a re-descubrir así la “danza del don”: la presencia de una promesa en el otro, promesa que se comparte, que pasa de unos a otros como una verdadera danza, una dinámica de donación en la que la violencia, el consumo y la dominación pueden quedar –si así lo permitimos y deseamos- relegadas frente a la entrega, la gratuidad, la sobreabundancia, el perdón, el dar y el dar-se.
El Dios que se dice en las páginas de Laudato Si’ es el Dios-Amor anunciado por Jesús, el Dios de los pobres que libera nuestra libertad. El Dios que desea cantar con nosotros ese cántico “cósmico” (236) alabando lo común (que es mucho más que el “bien común” y aquí se queda corto el documento): lo nuestro, lo compartido, lo cuidado entre todos, la trama de relaciones que nos constituyen, la pluralidad de lo real; lo amado. El Dios de la Belleza sabe que admirando la belleza nos acercamos a Él (y otras, acariciando la no-belleza sentimos su ausencia y falta). De ahí que campesinos, pescadores, hombres y mujeres de la tierra (pueblos amerindios), artistas y poetas sean muchas veces –¡sin idealizaciones!- maestros de la contemplación y se sientan más en comunión con el Hacedor de la Belleza que aquellos que han sido desplazados a las periferias de las megapolis latinoamericanas. Pienso en Sebastião Salgado y en como la fotografía (y una ¡fina sensibilidad eco-social!) lo condujo a transformarse en co-creador de vida (cf. La sal de la tierra).
sebastian salgado2Una ética y una espiritualidad ecológica nos urgen. Laudato Si’ nos invita a desarrollarlas y con ello interpela a todo cristiano. Ética cuyas aristas serán los pobres, el otro, la responsabilidad, el relacionarnos, la ternura y el cuidado. Espiritualidad cuyos ingredientes serán la Belleza, la contemplación, el Misterio y la alabanza cósmica de un Dios que todo lo ha hecho bien, según su medida, con el sello de la promesa en esa “celebración de la vida” por la que fuimos creados.
Más allá del Sol (LS, IX) vamos todos caminando; será tarea de todos los seres humanos y de los cristianos en particular: amantes del cosmos, jardineros de la casa común, profetas de la fraternidad universal y amigos de los últimos de la historia; para que aquella Fiesta prometida podamos saborearla y prepararla juntos desde ya, en el aquí y ahora de cada ser viviente. “Fiesta de fuegos artificiales/ tal vez un millón de sistemas planetarios./ Nuevas estrellas naciendo de la tenue nube de hidrógeno./ Soles con su tierra. / Un universo común…” (Ernesto Cardenal, Cantiga 4). Nada es definitivo, todo puede ser de otra manera. Que Laudato Si’ active nuestra infinita creatividad y esperanza contra todo para seguir construyendo ese mundo en el que caben muchos mundos.

Dominic Nahr
Dominic Nahr
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