Sin metáforas. A propósito de “Autorretrato” (Edouard Levé)

Hace tiempo que no leía un texto tan original. Hace tiempo no me encontraba con una descripción o más bien, autodescripción, tan detallada y exhaustiva de uno mismo. Porque este breve libro (93 páginas en la edición de Eterna Cadencia editora) del francés Levé es eso, un presentarse tal cual uno es. Su autorretrato dice lo que pretende ser, sin contornos ni adornos. Por eso mismo llega a ser un tanto crudo, seco y tedioso. Lo salva una pluma hermosamente definida y que el mismo va relatando en su escribir. Levé nos regala una mirada irónica, aguda y lúcida de sí mismo; que ya muchos la quisieran sobre sus propias personas. No deja de ser llamativo que al describirse, contarse y exponerse con tal transparencia nos encontremos con la desnudez del autor que a ratos se va tornando nuestra propia desnudez. De alguna forma aventuramos la hipótesis que en esa desnudez del hombre nos encontramos todos. Que al decirse desde la vulnerabilidad más cruda y tajante se nos hace imposible no empatizar e ir diciendo -en la misma lectura- que “nos pasa lo mismo”, “yo también”, “no me había dado cuenta, pero hago lo mismo”. Lleno de detalles sabrosos y de una finura implacable, el libro de Levé nos remece y, al mismo tiempo, libera. Este es el segundo aspecto que me gustaría resaltar: que la vulnerabilidad libera. Aquella que es reconocida como tal. El hecho de desnudarse frente a otro nos posiciona, probablemente, ante dos posibilidades: empatizar y desnudarnos también, o aprovecharse de la fragilidad del otro. Dos posiciones que podríamos definir como existenciales. La vida entera puede definirse ante tal opción. O empatizamos con, desde y ante la fragilidad humana o, inevitablemente, entramos al club de los abusadores, de los que muertos de miedo no son capaces de mostrarse en su verdad, de los que prefieren posicionarse sobre otro y si es necesario usarlo, utilizarlo, pisotearlo, humillarlo, despreciarlo. El lector tendrá que ver qué le sucede ante tal relato, dónde se posiciona, qué le nace desde sus entrañas y desde allí podrá verificar su compasión. Virtud tan urgente en nuestros días de abusos y vulneraciones.

Explícitamente el autor se refiere poco a Dios, se declara no creyente pero con una formación y raigambre católica, como cabe esperar a gran parte de los franceses del interior. Hace alusiones a la misa y se ríe de la religión, sin desprecio, más bien con una mirada condescendiente. “Creo que ya no creo en Dios, pero cada tanto, de noche, me pregunto si realmente ya no creo” (p. 46). “Admiro las ceremonias religiosas norteamericanas donde los pastores lanzan sermones próximos al canto y al trance, la vida por fin parece entrar en ese evento mórbido y desprovisto de deseo: la misa” (p. 76). Levé es básicamente un fotógrafo y como tal lo que elabora es un sucesivo fotograma de sí mismo. Son recuerdos de emociones y sentimientos, pareceres y elaboraciones de su propia manera de estar y percibir el mundo. Desde allí no hay mucho que decir de Dios-en-sí, pero, como ya dijimos, mucho del hombre-autor que desde su cúmulo de imágenes va desarrollando una radiografía del ser humano de fines del s. XX: reflexivo, descreído, crítico, a veces superficial, a veces profundo, en alguna cosas laxo y desprendido, en otras tajante y crudo; solitario, decadente y con impulsos suicidas propios de quien ha perdido todo deseo o, al menos el deseo a desear (el autor se suicida a sus 42 años). De alguna forma, Levé es un viajero, manifestación de ese hombre que está de paso y lo sabe, que no pretende perpetuar nada y que no se desgasta en nada que pueda quitarle el sueño porque ni sus propios sueños poseen tal relevancia. No es fácil decir si el fotograma -Autorretrato- de Levé construye un relato, es decir, una narrativa sugerente que propicia un mundo, una constelación de “otras cosas” en el lector. La rigidez de la fotografía, en este caso, del cúmulo de fotografías, produce cierta desazón y no alcanza a despertar “otros mundos” en el lector. Quizás esto se deba a la falta de metáfora. Aquí la fotografía es tal. El Autorretrato es tal: una acuciosa autodescripción sin metáforas. Al menos sin esa apertura narrativa que produce -o debería producir- un relato. Por eso mismo puede constituirse en una buena radiografía del europeo de fines de siglo, del joven descreído de los ochenta, nostálgico de revoluciones que no vivió y que piensa no verá: alguien sin metáforas. O, como tal vez el autor lo intentó, hacer de su vida y muerte, su gran metáfora. 

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