Dios, el sufrimiento y lo que podemos hacer.

Muchas veces, no siempre, una reflexión filosófica, teológica o de otro tipo surge de la experiencia. Allí encuentra su raíz. De lo que vivimos y vemos brota el pensamiento; de lo que sentimos o dejamos de sentir; de lo que nos rebela por dentro, de lo que nos alegra.
Este libro nace de eso, de la experiencia de impotencia y abandono ante el sufrimiento de mi papá accidentado; de la pena e indignación frente a la miseria e injusticia de tantos y tantas; y por una experiencia fundante –como me gusta decir, pues así lo es- de encuentro con los sufrientes en los campos, en la selva, en las urbes, en las cárceles y en las casas de los pobres.

Junto a ello, la certeza de que Dios no está mudo; de que la teología y los discípulos y discípulas de Jesús aún tienen algo que decir y proponer. Y mucho que acompañar y aprender.
Del cruce entre la experiencia y la reflexión a partir de la fe; nace este pequeño libro.
Pequeño libro que trata una inmensa incógnita; un enigma –como diría Paul Ricœur; un misterio: el sufrimiento. Para acercarme a este fenómeno universal y, al mismo tiempo, íntimo e intransferible; me concentré en la relación, en la urgencia y necesidad de la relación con los que sufren para desde allí, comprenderlo, asumirlo y combatirlo. Y, por otro lado en como vivenciaron su propio sufrimiento y las relaciones que podían establecer desde ahí, aquellos y aquellas que se toparon con uno de los peores y más horribles rostros del sufrimiento; lo que algunos han catalogado como la fábrica del dolor: Auschwitz.
Junto a lo anterior había en mí un malestar, uno que tenía, que tengo y que sigo percibiendo, que tiene que ver con nuestras catequesis, pastorales y reflexiones respecto del dolor. La búsqueda de un consuelo fácil, de una explicación fácil –propias de un mundo facilista, de palabras fáciles y soluciones en 10 pasos. Cuando sabemos que nada es así, ni la felicidad, ni la democracia, ni las relaciones humanas, ni la familia, ni la fe. Nada. El drama de la existencia y sus vaivenes nos plantea la pregunta por el sufrimiento del ser humano, y por el qué hacer, como acercarnos al dolor del otro: muchas veces intocable e imborrable.
Tanto la teología, como la acción pastoral no pueden ni deben caer en aquellos facilismos tan propios de nuestros tiempos. A veces viendo los panfletos políticos, con una enumeración de propuestas, pienso: qué fácil. Ya sabe qué hacer y cómo hacerlo… En la Iglesia no sabemos siempre cómo hacer las cosas, qué hacer ni como caminar por sendas de humanización. Lo hacemos “a pulso”, buscando, con otros y otras; lo hacemos o nos gustaría hacerlo “al estilo de Jesús”: simple, compartido y abierto.
Baste abrir los diarios estos días, para ver qué lejos andamos. Y baste visitar Villa Francia, Cristo Vive, la Yungay o alguna capillita del sur del mundo, para ver cuán cerca estamos.
Esta reflexión moral, quiere ayudar a seguir buscando, a continuar revisando nuestras prácticas, personales, sociales e institucionales en pos del Reino anunciado e inaugurado por Jesús. Pero por sobre todo busca otra cosa: No soltar de la mano al que sufre. No soltar de la mano al preso, al enfermo, al pobre, al marginado, al migrante, al que vive en la calle, al borracho sin remedio, al niño vulnerado… porque ellos nos tienen algo que decir, algo infinito, algo que viene de Dios y de lo más profundo del ser humano.
Quiero agradecer profundamente a varias personas, me tomaré el tiempo para ello si se me permite. Agradezco al teólogo jesuita francés Alain Thomasset, quien me ayudó a sistematizar este trabajo, agradezco a mis hermanos de congregación: Alberto Toutin, Eduardo Pérez-Cotapos y Alex Vigueras que lo leyeron, me orientaron y me animaron a compartirlo. Agradezco a Diego Irarrázaval que también se dio el tiempo y la delicadeza de compartirme sus opiniones. Agradezco a Lytta Basset, una de las teólogas que sigo en su pensamiento por su lucidez, calidez y buena acogida. Agradezco a Veronique Dufief, madre de familia y valiente testimonio cristiano desde su bipolaridad; agradezco a Editorial San Pablo, en particular a Rodrigo Morales –mi editor- por su cariño y atención con este tema tan importante y a Andrés, por las largas horas presenciales y virtuales corrigiendo hasta los más mínimos detalles, que en un texto nunca son mínimos. Gracias a mi familia religiosa sscc y a mi familia de sangre por su apoyo incondicional; gracias a los amigos y amigas que siempre apoyan y hacen creer en uno y en ese nosotros imprescindible. Doy gracias a Nilo Ribeiro Junior, teólogo jesuita de Brasil y mi profesor de ética durante algunos años, que ha hecho una excelente presentación del texto, un tanto exagerada a mi modo de ver; pero perfecta en cuanto a la antropoética-teológica se trata. Y finalmente agradezco a Alejandra López y Luis Domínguez por estar aquí, uno de bien lejos, acompañando este momento; gracias por su sí desinteresado y gratuito; y por la paciencia para haber leído el libro. Mil gracias!!

Texto leído en la presentación del libro, por Pedro Pablo Achondo Moya
FILSA (Feria Internacional del Libro de Santiago) Jueves 2 de noviembre, 2017

Desde el abismo clamo a ti, Señor“. Dios, el sufrimiento y lo que podemos hacer.                                                                  Editorial San Pablo, Santiago de Chile, octubre 2017, 126 pp.

 

 

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La “apagá de tele”

gritoA J le gustaba tomar, a veces un poco más de la cuenta. De hecho, varias veces se le “apagaba la tele” y luego no sabía lo que había hecho; y cuando despertaba más tarde tenía como chispazos de memoria. El día en que iba a celebrar su cumpleaños número 30 se juntó con algunos amigos y fueron pasando las botellas. La hora también. Mal que mal era una fiesta, su fiesta. J no recuerda mucho; solo sabe que al día siguiente cuando despertó estaba en la cárcel. Habían pasado cerca de 8 horas en una especie de blackout de su vida. Le venían los chispazos de él con un cuchillo y la sangre de su amigo en las manos. Nunca había hecho algo así, nunca. No entendía cómo ni qué había sucedido. En la desesperación trató de arrancar, tal vez de él mismo y de lo que era capaz con varias botellas encima. Se recuerda corriendo, se ve sentado respondiendo preguntas desorientado, se ve en la noche, en la madrugada, encerrado. Hoy cumple su condena en prisión. Atrás quedaron los trabajos, los estudios, los amigos, la familia. Solo unos pocos, esos fieles que permanecen hasta el final y a pesar de todo. Solo ellos lo visitan y siguen creyendo en él.

television_rota-1Faltan varios años para que J vuelva a ver a su hijo y vuelva a vivir una vida en la que pueda correr por los pastos, tomarse un bus, salir de paseo, escuchar la música que le gusta, leerse un libro lejos de todo. Faltan años que entre esas paredes a veces son segundos y otras son siglos. Años para que escoja lo que desea comer, donde dormir; siglos para que vuelva a nadar en el lago y segundos para que Dios lo abrace con fuerza antes de despertar en esa fría celda sin amigos.
Lo imagino a veces cerrando los ojos para ver si todo esto no es una pesadilla u otra apagada de tele.

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Un largo viaje tras la Estrella

estrella1Era el más joven de los tres, llevaba poco tiempo en la escuela de artes y ciencias. Llegué allí motivado por dos cosas: el cielo estrellado y al Creador del cielo. La maravilla del universo me sobrecogía y significaba para mí una experiencia religiosa muy profunda. Uno de mis maestros era un sabio que venía de lejos, su acento extranjero lo dotaba de una exquisita importancia. Su manera de enseñar y su entusiasmo de anciano me animaban a aprender más y dedicarle tiempo a los libros sagrados y las profecías. Otro profesor, de mediana edad a quién llamábamos de “maestro” y tenía fama de loco se había transformado también en un referente. Era un artista, poeta, contador de historias, lleno de experiencias de todo tipo; algunas tan contradictorias como absurdas. Este maestro pertenecía a un grupo religioso muy piadoso y al mismo tiempo juvenil, alegre y libre. Un viajero.
Resulta que un día cualquiera me encontraba en la biblioteca hasta tarde, cuando en la penumbra los escuché hablar. El maestro insistía en un rumor que le había llegado; yo no entendí bien de qué se trataba, pero el anciano movía la cabeza como no pudiendo creerlo. Traté de acercarme –movido por la curiosidad y el interés; pero fui descubierto. Ambos se miraron absortos y no sé por qué decidieron contarme el asunto. El anciano susurraba solemnemente mientras abría un libro viejo y roñoso, me leyó unas letras hebreas que yo apenas entendía, pues recién comenzaba a aprender esa lengua lejana. Según el anciano el profeta Miqueas habría anunciado el lugar donde nacería un tal Mesías, el Ungido de Dios. El maestro entusiasmado me decía que ese Mesías traería paz y un mensaje universal de una manera nueva de vivir y relacionarnos. El anciano lo calló para decirme: Es el mismo Dios que vendrá. Un extraño silencio nos embargó. Esas palabras me quedaban grandes. ¡Dios mismo!-pensé con temor. ¿Cómo puede ser eso? Miré al cielo y las estrellas tintineaban. Me parecían tan lejanas, tan misteriosas, tan hermosas. El maestro vaciló y continuó diciendo: He escuchado decir que el signo que anunciaría su nacimiento ha sido visto. ¡Es una estrella nueva! Ha aparecido en el poniente. ¡Vamos! ¡No perdamos más tiempo! ¿Ir?-dije, ¿A dónde? ¿Nosotros? Mi joven corazón se aceleró, me embriagó una especie de incertidumbre, temor y algo de entusiasmo. Me gustan las aventuras, pero esto era mucho más que ello. Iríamos a tierras lejanas a ver a un hombre que en realidad es un dios. No entendía nada. No es solo un hombre –dijo el anciano, esta vez sonriendo y con los ojos lagrimosos de emoción: ¡Es un niño! ¡Un recién nacido! Mi cara de espanto y el silencio pusieron la pausa ante tanta palabrería. Sigamos mañana, hay mucho que meditar, dijo el sabio anciano.
estrella2Pasaron un par de días y yo seguí mi vida normal, un tanto choqueado y confundido. Como quien sabe una verdad que no puede contar a nadie porque no tiene la menor idea de cómo hacerlo. Durante esos días no vi a ninguno de los dos maestros; imaginé muchas cosas, pero jamás se me cruzó por la cabeza la posibilidad de que hubieran emprendido el viaje. Al tercer día tocaron la puerta de mi casa. Mi madre salió a atender, eran los dos profesores que me buscaban. Los invité a pasar, pero no quisieron. Simplemente dijeron: Esta noche partimos tras la estrella camino a Jerusalén, ¿vienes con nosotros? Nos vendría bien un apoyo juvenil y además serás testigo del acontecimiento más grande en la historia de la humanidad, ¿vienes?
Salí de mi casa sin dar muchas explicaciones, no fue fácil; menos aun el viaje. A ratos en camello, en carros, a pie… a través de extensas praderas, montes, planicies, hasta entrar en el desierto, el árido y rocoso desierto camino a la majestuosa ciudad real de Jerusalén. Fue duro para todos, pero sobre todo para el anciano. Ignoro de donde sacaba fuerzas para seguir el camino. Su rostro estaba radiante. Jamás lo había visto así. Hablamos de todo y tuvimos largos tramos de silencio. Cada uno sumido en la densidad que nos convocaba. Fue una travesía espiritual que me iba haciendo mayor. Tuve que cocinarles, ayudarles; a ratos me cansé, pero las ansias eran más fuertes. ¿Cómo sería ese bebé? ¿Qué nos diría? ¿Sería humano o un espíritu? ¿Qué tipo de dios?… Hasta que llegamos a Jerusalén. ¡Qué ciudad magnifica! Música, mercados, olores, comidas, rostros tan diversos, lenguas diferentes, gentío por doquier. En medio de la ciudad el Templo, una gigantesca construcción de inmensas murallas de piedra. Asombroso. Una verdadera capital de este rincón del mundo. Me asusté por la presencia de soldados. Eran militares romanos que se paseaban en escuadrones asustando y humillando a la gente. El maestro nos detuvo para volver a leer los libros sagrados. Hacía más de una semana que no veíamos la famosa estrella; así que nos sugirió ir directamente a ver al rey judío de esa región, un tal Herodes.
En su arrebato entusiasta el maestro preguntó por “el rey de los judíos”, cosa que a Herodes no le cayó nada de bien. Sin embargo, nos recibieron con bastante hospitalidad; talvez notaron que veníamos de lejos por nuestra apariencia andrajosa luego de un largo viaje. Herodes nos escuchó sin mucho entusiasmo ni importancia. Sus Escribas corroboraron las profecías de Miqueas pero no sabían nada del signo de la estrella. Nos pareció todo extraño, ¿Cómo no saltaban de alegría? ¿Cómo no estarían buscando y esperando los signos? Comencé a sospechar que algo andaba mal. Sentí miedo y se lo hice notar al anciano. “Nada de lo que aquí ha sucedido y sucederá depende de nosotros. Estemos atentos a los signos de Dios”, me advirtió. Descansamos esa noche en el Palacio, comimos y de madrugada partimos rumbo a Belén, una pequeña aldea no muy lejos de Jerusalén. No llevábamos ni dos horas de caminata cuando la vimos nuevamente; ¡Cuánto gozo! ¡Cuánta alegría! La estrella estaba allí delante de nosotros guiando nuestro camino. Ni nos sorprendimos del fenómeno de ver una estrella brillar a plena luz del día. En la mitad del camino nos detuvimos a descansar; yo quería seguir la marcha pero el maestro, más sereno y prudente, notó el agotamiento del anciano sabio. Ambos me enseñaron mucho durante este camino, mucho más que años de estudio e investigación. Fui a buscar agua a un pozo cercano y le ofrecí al anciano. Una vez descansados retomamos la ruta. En algunas horas la estrella se había detenido sobre una pequeña casa de barro. Tan sencilla y tan pequeña. Tan pobre y tan anónima. Mi corazón se me salía y de seguro también el del maestro y el anciano. La puertecita estaba entre abierta. El anciano iba primero. Antes de empujarla sacó de su morral un par de frasquitos (¡que había cargado todo el camino!): incienso y mirra. Nos entregó los obsequios y deslumbrado nos dijo en voz baja: son para el Rey.
reyesmagosAl empujar la puerta con sigilo vi la escena más hermosa de mi vida. Comprendí en un segundo la ternura, la belleza y el amor. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Allí frente a nosotros se encontraba una mujer joven, radiante, sonriente, serena y sudorosa, con un niño en sus brazos. Una pequeña y frágil creatura desnuda en las faldas de su madre que se movía juguetonamente. Más atrás un hombre de barba café grisácea mojaba una toalla para secar a la joven. El anciano arrodillado se postró delante del bebé. Yo de pie inmóvil en el umbral no sabía qué hacer. Delante de mí estaba Dios. Y sí, contra todo lo que pudiera pensar, deducir, imaginar o especular lo sabía; simplemente lo supe: Allí estaba Dios…

We XipAntu

wetripantu-960x623De lejos oía los gritos y celebraciones; de lejos sentía los instrumentos sonar. La noche era fría y hermosa, limpia y llena de estrellas. Bien abrigado me acerqué a los ranchos, varios; más de 15 comunidades reunidas para el Sol que se acercaba. Los fuegos calentaban alrededor del Rehue. La gente compartía, conversaba y recibía a los que llegábamos. La joven Machi concentrada frente al Rehue, céntrico con su tótem de madera imponente. Arriba, bien arriba flameaba la bandera kalfü. Arriba, más arriba, las estrellas y esa neblina típica que se avecinaba. La bendición de los alimentos fue solo el anticipo de lo que venía. Las Camascas traían sus alimentos y todos compartíamos Muday y harina tostada, mientras la rogativa se desarrollaba. Los que ayudaban a la Machi y la protegían corrían alrededor del Rehue y nos daban instrucciones. El silencio crecía lentamente. Mates, carne, sopa, papas, sopaipillas; pasaban por nuestras manos. Risas, conversación, nütram, sueños. Todo bajo un manto solemne y ceremonial. Sonó la trutruca y los cuernos para avisar que la ceremonia central comenzaría. Había que aportar con todo el Newen para la Machi que recibiría los ngen de los ancestros. Ellos nos hablarían del futuro, del ahora, del tiempo de la Mapu. Comenzó un purrun interminable, horas danzando al ritmo del Kultrun, mientras la Machi en trance cantaba y decía lo que de los ngen recibía. Un joven Mapuche interpretaba en Wingkadungun y la apoyaba con las oraciones en Mapudungun. El éxtasis –de la Machi y de la comunidad- no cesaba y el corazón sentía ese otro sentido, eso otro que venía de dentro (y de fuera). Las matracas sonaban y sonaban, gritos, palos, disparos al cielo para espantar cualquier mal espíritu. La Machi cantaba y cantaba, el purrun seguía y seguía; matracas, purrun, canto, gritos, noche y la neblina que lo cerraba todo. De pronto la Machi subió al Rehue para recibir la medicina; un remedio que todos tomaríamos para sanar nuestras enfermedades. Un corderito gritaba de vez en vez por ahí dentro del lugar ceremonial. El silencio había llegado. Había que apoyar a la Machi. Más canto, más danza, más purrun; que nadie se detenga. Horas y horas… ninguna luz salvo las pequeñas hogueras de alrededor que algo calentaban una ceremonia llena de calor, de fuerza, de tensión. Purrun Purrun y la noche que avanzaba rápidamente. Danza y danza, trutrucas, cuernos, püfillkas, kull-kull. La Machi saltaba sobre el totem, entre el canelo como dentro de la divinidad que ella recibía. Todos esperábamos el remedio que los pu longko preparaban; recibiendo la sabiduría de la Machi. Todos tomamos; todos recibimos al Antu Nuevo que nos vino a visitar. Todos agradecimos. Todos recomenzamos.

Wingka cura Pedro Pablo.

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“La celebración de la vida” (LS, 207)

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Sebastião Salgado

Desde la mirada del teólogo, Laudato Si’ es un éxito: un manifiesto ecoteológico y un libro de la esperanza creyente. No queremos exagerar, pues siempre hay temas que podrían ser más desarrollados o explicitaciones que podrían quedar más claras. A pesar de ello nos parece un éxito por dos razones nada de simples: Una radical condena al sistema depredador y consumista en el que vivimos y la puesta en marcha de un plan que podríamos llamar: “el otro”. El otro –según Laudato Si’, es fundamentalmente el pobre y la tierra. Dos intuiciones que Leonardo Boff afirmaba hace mucho tiempo; y, antes que él, la más rica tradición teológica (desde Francisco de Asís hasta ciertos teólogos/as de la liberación). La dimensión de la alteridad atraviesa toda la encíclica llena de relaciones y tramas que manifiestan una realidad tan evidente y olvidada como que vivimos con otros, en comunión (y/o destrucción); y que dependemos absolutamente de la tierra, el agua, el aire, los ecosistemas; para vivir y vivir bien. Hablar del otro desde una correcta eco-teología (aquí llamada Ecología Integral) es hablar también del Otro: Dios; del Otro que es comunión de relaciones y trama de Amor sobreabundante. El Dios de Jesucristo nos ha dado un jardín y nos ha nombrado jardineros, cuidadores, para que el Jardín dé fruto y ese fruto sea duradero y compartido.
No es posible hablar de justicia ecológica sin hablar de justicia social; no es posible llorar los desastres que hemos ocasionado en la naturaleza sin llorar el desastre humano de miles de seres en la miseria y el abandono. El inspirado texto eclesial nos ilumina respecto a la “deuda ecológica” de los países ricos (LS, 51) y a la necesidad de un cambio profundo, tanto económico como social. En definitiva un cambio espiritual. El ser humano es invitado a abrirse completamente al otro y a re-descubrir así la “danza del don”: la presencia de una promesa en el otro, promesa que se comparte, que pasa de unos a otros como una verdadera danza, una dinámica de donación en la que la violencia, el consumo y la dominación pueden quedar –si así lo permitimos y deseamos- relegadas frente a la entrega, la gratuidad, la sobreabundancia, el perdón, el dar y el dar-se.
El Dios que se dice en las páginas de Laudato Si’ es el Dios-Amor anunciado por Jesús, el Dios de los pobres que libera nuestra libertad. El Dios que desea cantar con nosotros ese cántico “cósmico” (236) alabando lo común (que es mucho más que el “bien común” y aquí se queda corto el documento): lo nuestro, lo compartido, lo cuidado entre todos, la trama de relaciones que nos constituyen, la pluralidad de lo real; lo amado. El Dios de la Belleza sabe que admirando la belleza nos acercamos a Él (y otras, acariciando la no-belleza sentimos su ausencia y falta). De ahí que campesinos, pescadores, hombres y mujeres de la tierra (pueblos amerindios), artistas y poetas sean muchas veces –¡sin idealizaciones!- maestros de la contemplación y se sientan más en comunión con el Hacedor de la Belleza que aquellos que han sido desplazados a las periferias de las megapolis latinoamericanas. Pienso en Sebastião Salgado y en como la fotografía (y una ¡fina sensibilidad eco-social!) lo condujo a transformarse en co-creador de vida (cf. La sal de la tierra).
sebastian salgado2Una ética y una espiritualidad ecológica nos urgen. Laudato Si’ nos invita a desarrollarlas y con ello interpela a todo cristiano. Ética cuyas aristas serán los pobres, el otro, la responsabilidad, el relacionarnos, la ternura y el cuidado. Espiritualidad cuyos ingredientes serán la Belleza, la contemplación, el Misterio y la alabanza cósmica de un Dios que todo lo ha hecho bien, según su medida, con el sello de la promesa en esa “celebración de la vida” por la que fuimos creados.
Más allá del Sol (LS, IX) vamos todos caminando; será tarea de todos los seres humanos y de los cristianos en particular: amantes del cosmos, jardineros de la casa común, profetas de la fraternidad universal y amigos de los últimos de la historia; para que aquella Fiesta prometida podamos saborearla y prepararla juntos desde ya, en el aquí y ahora de cada ser viviente. “Fiesta de fuegos artificiales/ tal vez un millón de sistemas planetarios./ Nuevas estrellas naciendo de la tenue nube de hidrógeno./ Soles con su tierra. / Un universo común…” (Ernesto Cardenal, Cantiga 4). Nada es definitivo, todo puede ser de otra manera. Que Laudato Si’ active nuestra infinita creatividad y esperanza contra todo para seguir construyendo ese mundo en el que caben muchos mundos.

Dominic Nahr
Dominic Nahr

Declaración de religiosos y sacerdotes que trabajan en Territorio Mapuche

resistencia mapucheUrgen caminos de paz como fruto de la justicia

Como hombres y mujeres de Iglesia que colaboramos en territorio mapuche deseamos expresar nuestro sentir ante una nueva escalada de violencia en el territorio. Nuestra fe en Jesús liberador y en el Reino de justicia y de paz nos mueve a decir nuestra palabra:

1. Nos sentimos profundamente afectados frente a lo que denominamos una presión creciente sobre el territorio mapuche que está produciendo violencia, falta de comunicación, desconfianza y polarización.
En muchos territorios donde prestamos nuestro servicio, vemos que esta presión proviene de un modo de vida basado en el consumo que tiene como paradigma acaparamiento de tierras y el extractivismo.
Lo vemos en los actuales conflictos territoriales por el agua (centrales hidroeléctricas), por la tierra (forestales), por el mar (pesca industrial) y gravemente por los basurales y tendidos eléctricos. Los actuales escenarios de conflictos están todos relacionados con estas actividades industriales que responden a ese modelo de intervención que amenaza la vida de las comunidades mapuche.

2. Nos duelen y rechazamos los hechos de violencia que esta presión sobre el territorio ancestral mapuche está produciendo: militarización del territorio, persecución política judicial a muchos hombres y mujeres de comunidades, incendios a viviendas, personas heridas por “enfrentamientos”, niños y niñas afectados por este clima de conflicto, amedrentamientos y amenazas, así como lo que hemos visto últimamente la quema de templos cristianos, que lo único que hace es polarizar más a la sociedad local y tensar más las relaciones. Este tipo de hechos lo único que hace es producir más desconfianza en la convivencia local y regional, lo cual no beneficia a nadie.

3. Nos duele este quiebre profundo que en la convivencia. La sociedad nacional y local está cada vez más polarizada. Las miradas entre gobierno y comunidades está siendo cada vez más antagónicas. Las vías de comunicación son demasiado débiles, están agotadas o incluso cortadas. Esta desconfianza se ha instalado también entre personas, grupos y en muchos casos entre comunidades. Pareciera que para muchos la solución pasa por hacer imponer a cualquier costo los propios intereses, excluyendo al otro diferente, descartando la construcción de sociedad plural en la que vivimos.

4. Esta mirada antagónica, en una lógica de enemigos, no construirá la paz, ni menos el derecho. No es una lógica cristiana ni tampoco democrática. Desde una mirada verdaderamente cristiana necesitamos rescatar la confianza y la apertura al otro. Necesitamos buscar sinceramente la gracia de la reconciliación y el reconocimiento por sobre una mirada de la venganza y de exclusión.

5. Reconocemos la violencia de los innumerables atropellos a la nación mapuche. Pero estamos claros que la respuesta y la solución no es con más violencia, más incendios, más agresiones policiales. Ello solo atrae más represión y víctimas, donde todos pierden. Nos preocupa que el conflicto se continúe polarizando hacia extremos cada vez más violentos mediante incendios intencionales, disparos de armas de fuego, represión policial a comunidades, detenciones arbitrarias, daños físicos a comuneros y efectivos de carabineros, vulneración de derechos de los niños y una larga lista de eventos que destruyen la convivencia. El camino de la judicialización del conflicto por las reivindicaciones de las comunidades mapuche ha sido claramente descalificado como vía de solución, por los mismos jueces y especialistas en el tema. Criminalizar las demandas de un pueblo que busca recuperar sus derechos reconocidos por tratados internacionales no lleva a ninguna solución real. El país debe asumir el carácter político de las reivindicaciones del pueblo nación mapuche, reconociéndolo constitucionalmente y generando espacios reales que garanticen su participación en la toma de decisiones en los asuntos que le afectan y competen.

6. Lamentamos que como Iglesia Católica, tantos años comprometida con la causa de los derechos del pueblo mapuche, hoy estemos cada vez más callados y distantes, incapaces de mediar o interpelar en busca del diálogo para la construcción de la justicia que trae la verdadera paz. Parece que hemos perdido la fuerza profética del Evangelio frente a los desafíos de una sociedad plural e intercultural en la que los pueblos indígenas reclaman su lugar. Es claro que los actores de la violencia en la Araucanía son diversos, pero las responsabilidades y las consecuencias las cargamos todos y cada uno según su lugar en la sociedad. La Iglesia, por vocación propia y por su responsabilidad histórica con el pueblo mapuche, no puede omitirse del papel que le corresponde en esta tarea de contribuir al entendimiento y la búsqueda del bien común en el territorio mapuche. Basta recoger las enseñanzas de la Doctrina Social de la Iglesia para reconocer la violencia permanente sobre las comunidades mapuche en la Araucanía. Desde el despojo de sus tierras y de su autonomía política, la pobreza y la segregación social han herido gravemente a la nación mapuche. En las últimas décadas el daño creciente a la naturaleza y sus criaturas en el territorio ancestral, promovida por una elite empresarial que no se detiene en su afán de lucro, se han convertido en el campo de batalla contra un modelo económico que busca conquistar y colonizar los últimos espacios ancestrales del pueblo mapuche. El Papa francisco nos lo ha dejado claro en su Encíclica Laudato Si’.

7. Sabemos que la inmensa mayoría de la nación mapuche, cada vez más consciente de sus derechos, no está por una solución violenta, pero tampoco acepta la dilación por décadas de sus derechos a la tierra, cultura y autodeterminación. ¿Cómo abordarlo? Los gobiernos han venido fallando sucesivamente. El documento “nuevo Trato” y sus propuestas quedaron en nada. Una vergüenza considerando que era un documento del gobierno chileno y tenía propuestas concretas. Ni hablar de las sucesivas “mesas de diálogo” que los gobiernos de turno han instalado fallidamente.

8. El camino no es fácil, pero debemos intentar reconstruir las confianzas. Es cierto que cuando uno ha sido herido se hace más difícil hablar de cercanía, confianza, reconciliación, paz. Sí, es muy difícil, pero ciertamente si caminamos desde los pasos de la reparación justa podremos hacerlo. Esto es difícil, pero no imposible. Lento, pero no imposible.

9. Creemos que debe haber gestos fundamentales para cimentar esta confianza. Dos gestos fundamentales que desde el Estado pueden allanar los caminos para que “la palabra” venza a la violencia y sea camino de paz:

a) Restitución: Urge concentrar el esfuerzo político del Estado en la restitución de las tierras despojadas y en devolverles su productividad sustentable para las comunidades que desde siempre han vivido de ellas y en ellas reivindican su identidad. Se gasta tanta energía y recursos en buscar culpables de acciones violentas, en vez de invertirlas en una vía factible y dialogada de restitución.

Habrá que presionar políticamente a las empresas a “entregar” o vender esas tierras. Esto implica mucha audacia, pues estas empresas tienen mucho poder, no solo económico, sino también político, pero no parecen ver el efecto de su codicia. Quizás volver a pensar en la expropiación, como último recurso, como se propone en “lnforme de la Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato con los Pueblos Indígenas”(pag-577) encomendado por el presidente Lagos (2003). Esto serían pasos reales para un nuevo trato. Esta restitución debe ser expresión del perdón que pedimos a los pueblos indígenas y a todos los que han sufrido las consecuencias de la ocupación del territorio mapuche. Necesitamos entender y decirnos a nosotros mismo que nos hemos equivocado; todos, Estado, empresas, sociedad civil, iglesias. Necesitamos pedir perdón por lo mal que lo hemos hecho al construir una sociedad que atropelló y continúa atropellando los derechos de los pueblos

b) Reparación: Esto significa redefinir las políticas de fomento productivo en vista a un territorio con otro paradigma, diferente al meramente económico extractivista. Necesitamos recuperar una mirada sobre “nuestra casa Común” como nos invita el Papa Francisco en su enciclica Laudato Si’, y que los pueblos originarios han estado luchando tanto tiempo por sostener. No basta con tener tierras si las condiciones de desigualdad se mantienen y hacen imposible vivir de la tierra. Para que las familias y comunidades puedan elegir verdaderamente qué tipo de economía quieren tener es necesario hacer un esfuerzo de envergadura para ofrecer alternativas productivas sustentables. La soberanía alimentaria es el derecho de los pueblos a producir sus alimentos culturalmente adecuados de forma sostenible, es decir, su derecho a decidir su propio sistema alimentario y productivo. Esto consiste por lo menos en destinar los mismos recursos que se han entregado al modelo forestal en un modelo agrícola sustentable. Reparar el daño en lo que sea posible genera nuevas posibilidades de convivencia, es un acto de justicia que trae la paz.

10. Estos pasos gigantes pueden hacer que podamos acercarnos y mirarnos con confianza. Pero implica una fortaleza interior gigante. Confiar es arriesgar. Se trata de confiar y esperar que el resultado sea satisfactorio para todos y no solo para unos pocos. Es creer que sin el otro, por muy distinto que sea, no se puede construir una sociedad fraterna.

Pedro Pablo Achondo SSCC, Rio Bueno
Javier Cardenas SSCC, La Unión
Juan Fuenzalida SJ, Tirua
Carlos Bresciani SJ, Tirua
David Soto SJ, Tirua
Oscar Gutierrez, Alto Biobio
Jaime Riquelme, Alto Biobio
Fernando Díaz svd, JUPIC Araucanía
Hernan Llancaleo, Coordinador Pastoral Mapuche Concepción
Palmira Alcamán, CC de Vedruna, Padre Las Casas

telar

Anastasia I: Hay una conexión íntima (extractos)

Pensé en esperanza
es pe ran za
palabra hermosa viva inteligente
jamás agotada
cómplice compañera
aunque
eso no se piensa
viene dado
como la piel
—las estrías del tronco sabio—
viene dado
le pertenece
sin ello no es
deja de ser
Anastasia serás
el nombre de la madre
de la hija

el nombre de la letra
del sudor del combatiente
que en punta y codo
—pluma y codo—
la recuerda
entre árboles
y la humedad húmeda de la selva
Anastasia será el planeta que dio a luz
La sociedad que buscaste en el cosmos
Arriba y abajo
AnastasiaAnastasiaAnastasiaAnastasia
Espíritu Anastasia
No detienes tu baile
sonriente disfrutante te mueves
(disfrutancia hermosa fragancia)
Lo que fue una visita
hoy es un hogar nuevo
cariño verdadero
(Joanna y oscar)
Anastasia es el nombre de la revolución.
Hay una conexión anastásica
conexión estelar
conexión violínica
conexión fusilánime

SONY DSCArriba y abajo
En las paredes oceánicas
en las esquinas amplias de la bóveda
comenzó a escucharse un grito. Arriba y abajo
Eran los hijos de Anastasia.

El Creador de la textura
ha venido a abrazar árboles
El Creador de los árboles
ha venido a sentir su textura
Las despedidas son extrañas
te hubiera abrazado más fuerte más largo
tal vez besado sin compromiso
por que eso quería desde hacía tiempo
desde que los duraznos no eran rojos
y la neblina no era de enero
Lo dejaremos para otra ocasión
En eso quedamos
para el después después

Célula Universo Movimiento
y la belleza loca de un sol bajo el mar
Mirando el cielo me sé
el nombre de la flores
Mirando el cielo estrellado
Hay una conexión íntima
entre el cielo y yo
Hay una conexión íntima
entre las flores y yo
Anastasia
Anastasia
Anastasia
Antes de conocerte
o en el momento del encuentro
definitivo
me acerqué a ti
con temorespetoansiedad
llegué a tus pies
y te toqué
tus grietas tu madera
hasta darme cuenta de aquello que siempre supe
: la cruz tiene olor a flor

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Aroma crucificado
la sangre y la savia
petrificadas en la masa
fósil de carne viva
piedra que palpita
y habla Anastasia
Por aquellos días fue

Por aquellos días fue
cuando mirando el cielo
de pie sobre la arena fría
supe que Dios habitaba el mar
y mirándolo a los ojos —te miraba a ti en ellos— dije:
Padre nuestro que estás en el mar
santo es tu nombre
venga a nosotros tu océano
hágase lo que deseas
en las orillas
del Maramor
Hay una conexión íntima
entre el mar y yo
Las luces del cielo
y las luces de la tierra
esa hora
Anastasia
Sé que no podría vivir en París Francia
estaría como enamorado todo el día
y tú escondido escondida escondiéndote
detrás de cada labio…

DSC_0359¡Que tus palabras no suenen!
y suenen como el violín
quéjate llora gime
como un violín solo
frente al mundo mar
frente al Maramor
Voy a narrarte
narrándote dibujaré
silueta narrativa
palabra historia tus ojos kallvü
como nuestro lar AZUL
Voy a narrarte
como un acto lujurioso
sudor gritos placer
no,
te narraré en el silencio
en el sin decir
Te narro sin narrar
en el tiempo
en la casa
Conexión
conexión
íntima
intimarum connection.

(Anastasia, Hay una conexión intima. Pedro Pablo Achondo Moya/ Chancacazo, 2010)

simbolo_Anastasia