Una teología impertinente

Hacer teología en el siglo XXI debe ser una tarea impertinente. Cuando nos planteamos el desafío de hacer un libro colectivo lo hicimos con una convicción pretensiosa: aportar al debate y al dialogo socio-político en Chile. Lo hicimos como se hacen las cosas del Evangelio, de manera sencilla y comunitaria. Movidos por una escuela que en América Latina es un verdadero tesoro, aun en nuestros días despreciado, marginado, vilipendiado: pensar desde los pequeños. Es decir ponernos en los pies de los pobres y sufrientes y desde allí, como dice una teóloga, “osar la palabra” creyente.

Esta escuela en la ladera sur del planeta comenzó en el siglo pasado entre catacumbas y Concilios, entre luchas armadas y revoluciones, entre Conferencias Episcopales y una fuerte toma de conciencia del pueblo pisoteado. Lo que el Espíritu de Jesús hizo acá fue impensable. Ni el mismo Espíritu sabía lo que hacía. En esta Escuela se formó un Romero, un Camilo Torres, un Ernesto Cardenal, una Rigoberta Menchu, un Helder Cámara, una Dorothy Stang, y miles de comunidades. Lo que pasó es que el pueblo creyente empezó a hablar. Hablar con los labios, con el canto, con los puños y con la danza. El pueblo empezó a leer, leer la Biblia, leer los Evangelios, leer los signos de los tiempos, leer las injusticias y miserias en las que se les tenía.

Llega a ser, sin duda, increíble que esta corriente de pensamiento (que es más amplia que la teología), primero siga viva y segundo siga siendo de minorías. Digo que siga viva porque se hizo lo imposible por silenciarla. Se movieron piezas, se expulsaron y censuraron profesores, se marginalizaron líderes, se desmembraron comunidades de base. Se borró de libros oficiales y se mantuvieron en las catacumbas a mártires y santas de a pie. Una limpieza, haciendo creer que esto no era palabra de Dios, que esto era manipulación ideológica. Qué pena ellos que no habían leído a Gamaliel.

Y que sea de minorías… cuando se ha tratado y se sigue tratando de una Buena Nueva. Esta teología, es decir este pensar y hacer, esta palabra y praxis quiere liberar a todos los hombres y al hombre todo. Pero claro, esto apenas se esboza en homilías, catequesis, primeras comuniones o matrimonios. Como un mundo paralelo. Sabiendo que persiste en su cercanía a los pobres, presente en agrupaciones de base, compartiendo con comuneros y jóvenes olvidados. En el siglo XXI todavía se puede escuchar el “hermana usted está haciendo política”, “padre dedíquese a celebrar la misa”. Esta Teología impertinente busca dejar de celebrar misas. Dejar de adorar dioses insensatos llenos de seguidores en su facebuk. En su diosbuk. En su Instadeus o Instamisa.

En esa corriente hemos querido entrar. Hace rato desde el sentir y el actuar, ahora desde el pensar. Desde el hacer teología. Uno de las frases que más me llaman la atención de los Seminarios de Formación Teológica de Argentina, es el “somos pobres y hacemos teología”. El sujeto teológico es el pobre, el laico/laica, el campesino, la mujer, el indígena, el trans, el niño. Rostros actualizados del Cristo de Mateo 25.

Hacer teología desde allí es romper con el lenguaje tradicional, consiste en atreverse a cuestionar lo que se ha mantenido incólume, no por un mero afán rebelde, sino porque el estatus quo y sus discursos políticos y religiosos, sociales y económicos nos tienen así: ahogados al borde del colapso. Nos tienen ad portas de consumirnos junto con el planeta, nos tienen migrando kilómetros y kilómetros con nuestros hijos en brazos, nos tienen en el engaño y la falsedad, en países destrozados y colonias imperialistas. Nos tienen, y esto es grave, lejos del amor. Lejos de la belleza y la compasión. Si la teología en cuanto discurso y praxis inspirada en el Nazareno no modifica en nada esto, ni siquiera cuestiona las estructuras de patriarcado eclesial, militar, familiar y cultural entonces es mejor que siga encerrada en sí misma como un saber cómodo y demasiado conforme con sus peipers. Una teología que hoy no es impertinente tiene otro nombre: charla de bautismo, curso de oración, consagración a la virgen; pero no teología.

Ronaldo Muñoz pertenece a esta escuela y, junto con muchas y muchos nos inspira, nos desafía, nos empuja, nos incomoda. Los problemas sociales deben –porque el Evangelio nos moviliza- ser pensados desde la fe. La teología latinoamericana y esta, hecha en Chile, nos impelen a pensar esta tierra plurinacional tan llena de heridas. Los cristianos no pueden estar tranquilos en sus capillas y sacristías diciendo amén. Mucho menos apoyando movimientos racistas, clasistas, espiritualistas, moralistas, xenófobos y violentistas. Eso no tiene nada que ver con Jesús. Nada. La teología impertinente de Jesús invita a abrir los brazos, abrir la mente, abrir la palabra y los gestos para compartir vida, para enredarse y equivocarse. Para transformar estructuras y modificar prácticas y hábitos sin sentido ni significado.

Quizás le estamos pidiendo mucho a la teología. Quizás le estamos pidiendo lo que ella nos regaló con teólogos como Agustín, Tomás, Atanasio, Gregorio, con las teólogas místicas alemanas, Hildegarda, Matilda, Gertrudis, la mexicana Juana Inés, Libanio, Víctor, Leonardo, Juan Luis, Ivonne, Madeleine, Etty, Clotario…. Y tantos y tantas impertinentes que no podían callar aquello que el Espíritu les había comunicado.

En estos tiempos secularizados y de crisis institucional, la teología también se resiente. Pero quizás se resiente aquella que ha monopolizado facultades y púlpitos, enciclopedias y mensajes navideños de whatsapp. Pero no la teología resistente que ha resistido en las calles y procesiones, la que se sigue vinculando en círculos populares y catacumbas postmodernas; esa que lleva 50 años alimentando el retiro de Pirque y celebrando Medellín; la que no necesita títulos ni cátedras y que bueno que así sea porque se alimenta del Señor de los pobres, el sin-títulos, el sin-cátedras.
De ese modo, la hermosa y desafiante tarea del quehacer liberador de la teología sigue siendo la bandera de esperanza de muchos y muchas, al menos de nosotros.

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Un canto a tres voces

Memoria Visual de Legua Emergencia, vida y oficio de Mario Alarcón. Paulo Álvarez Bravo.
Presentación.

Nos enfrentamos a un hermoso canto a tres voces, tres voces que se entrelazan en este trabajo serio, artístico y político sobre la memoria. Paulo mira a Mario y Mario mira la Legua Emergencia. Mientras ambos amigos y vecinos la habitan, la sufren, la sueñan. La Legua y Juegos Infantiles, pequeña calle de la población, pequeño espacio en donde transcurre un tiempo precioso para quienes se conversan sin más. Allí en ese espacio Mario y Paulo realizan el urgente ejercicio de la memoria. Repasan juntos la historia de uno que suscita las historias del otro. Paulo quiere mirar por el lente de Mario, Mario abre sus negativos y juntos redescubren la emergencia en que la Legua ha vivido y sigue viviendo.
El ejercicio de memoria visual que Paulo nos regala ha suscitado en mi algunas consideraciones sobre la memoria, su vitalidad y urgencia. Es un libro que dice mucho, que afirma la fuerza de los detalles y en como ahí se nos juega la vida, de qué manera los pobres viven y sobre viven en la inestabilidad de todo, como si el suelo familiar, habitacional, educacional, de la salud, los sueños y las verdaderas posibilidades estuviera siempre coqueteando entre el quedarse y el perderse, entre el afirmarse y el ser arrebatado. Vida y oficio de Mario Alarcón es un libro en claroscuro, como su vida misma, como las casitas de Legua Emergencia. Allí hay luz –y color diría un universitario optimista, pero la vida no se teje solo desde nuestras luces, sino mucho más desde nuestras oscuridades, sombras, contradicciones, luchas y fracasos. “Son nuestras transgresiones las que serán salvadas”, decía un teólogo brasilero. Es nuestra oscuridad la que será transfigurada, haciéndose luz, manifestación, fainos. Más que fotografías, Mario nos regala una Leguafania, una nueva muestra de eso que no se ve. De eso que ha dejado de ser, de eso que no se deja ver y, desde mi punto de vista uno de los méritos de la memoria, de aquello que nunca llego a ser.
La infancia en el libro es fundamental; son los niños los dueños de la calle y gran parte de la muestra está atravesada por la callecita Juegos Infantiles. Son los niños descalzos, los niños del vecino, los niños sin padres, los niños y niñas que no saben que la vida no es solo así y no tiene porqué serlo. Esa pregunta vendrá después y para más de alguno la dictadura cívico-militar le habrá arrebatado la respuesta. Los niños no cabían en Emergencia –dice el autor. Familias numerosas en donde los niños entraban y salían, comían en diversas mesas y dormían en camas prestadas con otros. Esos niños, pese y contra todo, mantenían viva una esperanza común, una alegría compartida que décadas después el narcotráfico y la intervención policial llegarían a opacar y ensombrecer, como para ahuyentar las dudas respecto a ese claroscuro de la cotidianidad legüina.

¿Qué hizo distinta la vida de Mario? A sabiendas de que cada vida es única y, desde ella, hermosa; en Mario aparece algo que lo tiñe todo: su oficio, y como dice el subtítulo, inseparable de su vida. La fotografía y su lente: Iris. Su vida y su arte, su amor, la compañera de sus días y la otra compañera, esa cámara por la cual Mario fue haciéndose de la realidad, apropiándosela y transformándola en ese cuarto oscuro en donde todo desaparecía y volvía a aparecer de otro modo. Mario encontró un arte y lo hizo realización, pasión, trabajo, oficio. Quizás eso todos debiéramos encontrar, eso que llamamos vocación. Aquello por lo que la vida se llena de sentido y permite sobrepasar escollos, penurias, miserias. Aquello que detiene el tiempo. Pues la memoria y el arte se entrecruzan suscitando aquello que no llego a ser en el presente, pero que la vida nos impulsa a darle una segunda oportunidad. Si la memoria busca traer aquello arrebatado por la historia, el arte se torna una de las plataformas para que tome cuerpo, espacio y presente, voz y latido, rostro y conquista.
Paulo afirma (pag 32) que el enemigo de la memoria no es el olvido, sino la memoria despolitizada, instrumentalizada, manoseada, hipócritamente construida. Y tiene toda la razón. Valdría agregar, como dice un historiador de la memoria judía, Josef Yerushalmi, que lo contrario de la memoria es la injusticia, pues recordar es un acto de justicia. Olvidar es un acto de injusticia respecto al mal y los sufrimientos en la historia de los pueblos y en las historias personales, como la de Mario e historias colectivas, como las de Legua Emergencia. Una sociedad del olvido corresponde a una construcción injusta que no toma en cuenta, suficientemente, el mal y la negatividad del mundo ni la muerte de inocentes, ni el sufrimiento siempre terrible de las víctimas de la historia. La fotografía de Mario, en Legua Emergencia y el libro –una segunda fotografía y un trabajo de memoria, de Paulo Álvarez, constituye, en este sentido; un acto de justicia; una búsqueda por hacer justicia a un grupo humano marginalizado, empobrecido, violentado y atemorizado. Un esfuerzo por contribuir en aquella lucha llamada justicia. Y todo ello, desde la vida sencilla de un fotógrafo de población marginal.
Así, la memoria es una manera de comprender la realidad doliente, una hermenéutica que nos permite hacer visible aquello que de otra forma permanecería invisible. Sin un adecuado trabajo de la memoria de las injusticias no habrá justicia posible –afirma, también, Yerushalmi.
Nuestras sociedades numéricas y del olvido, sin narrativas, sin testimonios; pierden la riqueza de una vida vivida y sufrida en la carne concreta del narrador. Dicho de otro modo, sin la memoria, tanto la sociedad, como la política y la religión; no alcanzan a vislumbrar, percibir, dejarse tocar y transformar por lo más propio de la vida humana. Allí radica la fuerza del testimonio, en cuanto ejercicio de memoria de una vida padecida. Hacer memoria del sufrimiento, del dolor, de las injusticias es siempre un peligro para el orden establecido, la memoria es peligrosa, en el decir del teólogo alemán Metz, pues cuestiona los cimientos de instituciones, relaciones, maneras, leyes y prácticas normalizadas que continúan reproduciendo injusticias y seres humanos-desechos, arrojados a las periferias sin importarle mucho a nadie.
Metz lee la bienaventuranza felices los que lloran (Mt 5, 5) desde la perspectiva del deber de memoria: aquellos que lloran son los que hacen memoria de los desaparecidos, son los que no olvidan a los ausentes y sufrientes. Así, establece una hermosa y profunda aproximación entre el deber de memoria, la compasión y el “don de lágrimas”. Cuantas fotografías de Mario habrán provocado en él un llanto.
Vida y oficio es un testimonio visual, que a contracorriente de la pornografía y del voyerismo fotográfico actual, suscita en nosotros memorias. Todos somos un cumulo de memorias; cada individuo posee una multiplicidad de memorias (colectivas e individuales, pretéritas y recientes, adquiridas y vivenciadas), las que se superponen y oponen entre ellas. Estas memorias se constituyen en trazos inscritos en lo íntimo de la persona. Se trata de memorias que poseen una dimensión pública en la medida en que condicionan y conforman el imaginario común de la sociedad contemporánea. De alguna manera, somos lo que recordamos. Y también lo que no queremos recordar.
En una nota al pie (n3), Álvarez dice: “la pobreza nunca ha escandalizado demasiado, a no ser como fetiche”, haciendo alusión a fotografías de Sergio Larraín de niños en condición de calle que el padre Hurtado atendía. Nuestro país se ha construido de esa forma: sin escandalizarse demasiado por la pobreza; pobreza que según Herman Cohen, filósofo alemán de fines del siglo XIX, principios del XX, es el verdadero mal de la humanidad. “El verdadero problema del mal es el sufrimiento que causa el hombre… Los profetas y los salmos tienen el convencimiento social de que la pobreza representa el mayor sufrimiento del género humano… que la pobreza y no la muerte constituyen el auténtico enigma de la vida humana”. Una sociedad que ha crecido de espaldas a los pobres, silenciando su pobreza, transformándola en marketing solidario y generando pobretologos de clase alta, es una sociedad hipócrita, inconsciente de su propio mal y con muy pocas posibilidades de revertirlo. Legua Emergencia y muchos otros rincones claroscuros de nuestras tierras; urbanos y campesinos, de montaña y de costa; viven la extrema precariedad sin ninguna posibilidad de transformar su destino ni el de sus hijos.
Mientras escribo estas líneas y pienso en la suerte de Mario Alarcón, me llegan mensajes del Pipe, amigo que hace un par de meses salió de la cárcel de Rio Bueno para volver a algo como una vida en Concepción. Una vida angustiada por la imposible inserción en la sociedad, sin trabajo, sin dinero, apaliado por un golpiza, intentando rescatar a su hijo arrebatado por el Sename. Pipe solo se saca selfies junto a su hijito mayor acostado en la cama del cuarto que con su compañera arriendan y deben hace meses. Sus fotos son en colores y filtradas para resaltar los colores que no encuentra en ningún lugar de su vida. El Pipe vive esa doble o triple pobreza de hoy, esa que ni para fetiche alcanza, tal vez para programa policial tipo Chilevisión. La pobreza debe no solo escandalizarnos, sino dolernos, asquearnos. Si no brota un sentimiento encarnado de compasión ante la vida del Pipe, las fotos de Mario y el libro de Paulo habrán sido en vano.

Lo que parece nadie darse cuenta, salvo la cuarta voz invitada al canto, el lector; es que aquel lente tiene nombre: Iris Rivas. Iris, en su significado es “aquella que viene a anunciar”. En el ojo el iris tiene la función de “controlar la cantidad de luz que penetra en él”. El iris de Mario fue su compañera, Iris Rivas Rivas, aquella que le anunció una vida de entrega, que le enseñó de cuidado y compasión, de esfuerzo y tenacidad; ella a quien amó los 49 años que estuvieron juntos y de los cuales solo 4 pudieron caminar por la calle Juegos Infantiles de su población Legua Emergencia.