Exceso de poder

Lo que hemos vivido en nuestra querida Iglesia y, en mayor medida, lo que ha aparecido sin cansancio, nos ha cansado y agotado a muchos.
Quizás una de las razones sea el exceso de poder. Es decir, que todas las discusiones, afirmaciones, debates y acusaciones han remitido a esta esfera. Como si lo único que hubiera en la Iglesia fuera esto: su institucionalidad. Eso es lo que aquí llamo poder, aludiendo a la vieja (y actual) dicotomía de Boff: Iglesia, carisma y poder. Lo que asfixia no es la Iglesia en sí, sino su cerrazón institucional, su discusión (dentro y fuera) autorreferencial en donde el Pueblo de Dios no se entiende y se enmudece. Lo que cansa es el exceso de jerarquía. Obvio que no hay ningún juicio moral en esta afirmación. Sino más bien una manifestación anímica, afectiva y corporal. Todos nos cansamos y más aún cuando en la Comunidad a la que se pertenece y desde dónde se vive no aparece su razón de ser, vale decir el Evangelio de Jesús. El Kerygma, la alegría profunda de ser hijos e hijas para la resurrección. Un joven me decía que hoy no se entiende el para qué de la Iglesia. Creo que tiene razón. Si lo que aparece es su dimensión “de poder” opacando, dejando de lado e incluso olvidando su dimensión “carismática”; toda ella se muestra entrampada y sin rumbo. Lo místico, lo carismático de la Iglesia debe primar, en caso contrario la comunidad comienza a ahogarse. Debemos dejar que vuelva ese hálito de vida, ese “hermanito viento” que despeina y llena los pulmones de oxígeno. Si la Iglesia-poder no permite que la Iglesia-carisma sane el cáncer, la futura metástasis puede ser muy dura y dolorosa. Los seres humanos somos “seres para lo infinito”, si ello no aparece, no se promueve, no se ora, no se anuncia y no se vivencia; es que el poder ha consumido al espíritu.

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