Hannah Baker y la razón que faltaba

Últimamente se ha especulado sobre esta interesante serie de Netflix (basada en el libro 13 reasons del novelista norteamericano Jay Asher). Si bien hay varios lugares comunes, que quizás son comunes en su adecuada versión de historia de adolescentes; no deja de ser una serie que da qué pensar. Son varios los temas que sería interesante discutir y profundizar, solo nombro algunos: la absoluta ignorancia de los padres respecto a lo que viven en realidad sus hijos, el acoso –en todas sus versiones- que sufren ciertos jóvenes a diario, la violencia de la educación tradicional –o aquella producto de relaciones de subordinación, el exceso contemporáneo, la reproducción de estereotipos y la exclusión de lo distinto… Todo ello y más construido de una manera persuasiva, creativa e interesante (probablemente gracias a uno de sus productores: Steve Golin [spotligth, The Revenant, Babel, Eterno resplandor de una mente sin recuerdo…]).
Solo quisiera referirme brevemente a dos temas: ¿Una incitación al suicidio? y La referencia a Dios. Sobre el primero, el más polémico por cierto, me parece que la serie no lo es en ningún caso. La construcción del relato (¡es una serie!) no pretende ser una apología del suicidio, sino la dramática historia de una joven perdida, maltratada y desamparada. Ello vivido con una intensidad desmesurada (propia de una etapa de la vida de todos) y con una personalidad auto-centrada y ensimismada (también propio de ciertos caracteres). Nada del otro mundo. Sin embargo, creo que la clave –que produce toda la confusión respecto al fin de la serie- es la construcción del relato: lúdico y misterioso. Casi como un caso juvenil de Sherlock Holmes. La serie invita más al secreto/complicidad (del mal) que a otra cosa, a ese pacto juvenil vicioso en el que los adultos quedan fuera; a esa especie de desconfianza respecto al padre incapaz de comprender el tormento adolescente y a una cierta vida de apariencias: caretas y falsas imágenes (y auto imágenes) estereotipadas que necesitan ser defendidas a toda costa para encajar en un mundo construido sobre ellas. Hannah Baker no construye su propia apología del suicidio, sino un misterio por resolver, una trama (las grabaciones que se suceden en orden) lúdica (los cassettes en un mundo wifii) en la que ella involucra a todos los que la dañaron en el camino. Hannah construye un macabro juego con su propia muerte, invitando a jugar a aquellos que –según ella- se la provocaron. De esa forma, todos somos cómplices.
Respecto a Dios, una ausencia absoluta. Salvo expresiones gringas (oh my God!), Dios no salva ni sana. Dios no aparece ni al inicio del camino de asperezas de Hannah, ni mucho menos cuando Él podría haber sido la referencia salvífica en su oscuridad; la última e única salida (aquí habría mucho que profundizar, pero eso lo dejo para otra columna). No hay Iglesias ni rezos, ni personajes religiosos. Por lo menos explícitamente. Ahora, en una lectura distinta, Dios sí aparece; pero de una manera un tanto extraña y en su versión americana: culposa, justiciera e individualista. Todo ello encarnado en Clay Jensen, el único joven que amó a Hannah, el diferente, el de buenos sentimientos, el tipo decente, el inteligente. Allí se manifiesta una cierta versión de dios: amable y comprensivo. Luego, en el dolor de la muerte, justiciero y culpabilizante. Por otro lado, en Clay solo vemos a un humano, pero en esta serie quizás lo más humano. Y como no recordar las palabras del teólogo brasilero Leonardo Boff cuando hablando de Jesús dice: “tan humano así, solo puede ser Dios”. Un mesianismo americano y adolescente se camufla en este personaje a ratos insípido y otras veces decidido llamado Clay (¡arcilla! ¡barro!), dispuesto –sin importarle nada más- a develar el misterio del suicidio de su amiga. Un trozo imperfecto de humanidad en un mundo adolescente falto de ella.
Una serie interesante, que vista acompañada y dialogada puede ser de gran provecho para adolescentes y jóvenes cansados de tanta máscara.

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