Medellín, un vuelco para América Latina

Este año en toda nuestra América indo-afro-latina estamos celebrando un acontecimiento único: los 50 años de la Conferencia Episcopal de América Latina y el Caribe. Pese a ser un evento eclesial, la magnitud de lo que significó impide reducirlo solo a eso. Medellín provocó una verdadera revolución -a veces opacada y silenciosa- en otros campos: social, político y económico. Vamos viendo. El año 1968 los Obispos de América Latina y el Caribe se reunieron en la ciudad colombiana de Medellín para “acoger” las líneas, documentos y espíritu del Concilio Vaticano II que había concluido recién en 1965, después de 7 años de realización (anunciado el 59 por Juan XXIII). Más que acoger consistía en aplicar. Esta es una palabra clave para entender todo lo que se generó.
Medellín, en cuanto evento se enmarca en un proceso global en occidente: la primavera de Praga, mayo del 68 en Francia, el movimiento de rechazo a la guerra de Vietnam, nuevas búsquedas culturales y políticas… En ese marco la Iglesia de este lado del planeta se reúne para repensarlo todo, o casi todo en verdad. Eclesialmente ya había movimiento. Se gestaba la Teología de la Liberación (el libro cuyo título bautiza el movimiento es del año 71 por el peruano Gustavo Gutiérrez), el cristianismo se vinculaba al sindicalismo y los trabajadores, la Biblia se acercaba al pueblo, la acción pastoral se insertaba en la vida política y social de las comunidades, la educación popular de Freire abría los ojos, los curas obreros se iban sumando… Allí es dónde Medellín adquiere una fuerza inesperada.

Medellín fue más allá del Concilio, superando la auto-referencialidad de la Iglesia y poniendo en el centro el proyecto de Jesús: el Reino. Por eso para muchos Medellín constituye el bautizo de la Iglesia Latinoamericana y Caribeña, es un acontecimiento fundacional. Sin querer alargarme mucho quisiera contarles los ejes principales de Medellín: la liberación como lucha de libertad y autonomía socio-política y económica. Una liberación integral del ser humano. Como segundo eje está la centralidad del pobre. Se reconoce que los pobres son el centro y que deben ser sujetos de su propia liberación. Medellín reconoce que sujetos nos hacemos juntos y que juntos luchamos contra la pobreza que destruye y deshumaniza. Nace así la formulación eclesial de la opción preferencial por los pobres que ha causado tantos problemas -interesados- y riquezas. Por último, brota con fuerza la necesidad de una Iglesia de base, la iglesia pequeña y no aparatosa, la Iglesia de los pobres: las comunidades eclesiales de base, verdaderas comunidades socio políticas y espirituales repartidas por toda América. En ellas se gestaron resistencias y memorias y se formaron líderes políticos y sociales de gran envergadura. Es imposible no decir dos cosas más: No habría sido posible Medellín sin el estándar ético de los Obispos de ese entonces, verdaderas personas de bien comprometidas con el pueblo sufriente y el evangelio humilde; entre ellos el chileno Manuel Larraín. Y el costo que toda esta revolución causó. Muertos y sangre. Nuestra América está llena de mártires que dieron su propia vida (en la Iglesia y fuera de ella) por un mundo mejor, más justo y feliz; asumiendo la causa de los pobres -emblema de Medellín.

Se han cumplido 50 años de esto y pareciera, así dando una pincelada por arriba, que en Chile queda poco de Medellín. Digo por arriba pues en las bases -por muy pequeñas que sean- aun respira esa Iglesia de la opción por los pobres, aun palpita esa espiritualidad ético-política. En todo nuestro continente habrá conmemoraciones, actos, reflexiones; aquí mismo en Chile en los meses que vienen. Yo vengo llegando de San Salvador, tierra empapada de sangre martirial y de esperanza, tierras de los jesuitas asesinados en la UCA y del santo obispo Oscar Romero, martirizado el año 80 y canonizado ahora el próximo 14 de octubre por el papa Francisco. Nos reunimos mas de 600 personas de todas partes a celebrar y actualizar este acontecimiento de Medellín. Los llamados padres de la teología de la liberación estaban allí: Leonardo Boff, Jon Sobrino, Pedro Trigo, y Gustavo Gutiérrez en video conferencia desde Lima. Testigos de la primera hora como Cecilio de Lora y nuevas personalidades desde la ecología, el feminismo, la espiritualidad, los movimientos sociales, los pueblos indígenas, hombres, mujeres, jóvenes, todos allí soñando llenos de utopía esa sociedad sin excluidos ni marginados, sin desechados. Leyendo el mundo desde lo decolonial, desde abajo, desde el sur. Alimentando y compartiendo esperanza en medio de la crisis ecológica, de la cultura de abusos y opresión. Desde El Salvador y Medellín nos preguntamos por Chile, ¿Qué nos ha pasado aquí? ¿Qué opciones vamos a tomar? ¿Tendremos la lucidez y valentía de poner en el centro al pobre? ¿Daremos el giro a esa Iglesia de rostro feminista que necesitamos? ¿Nos pondremos de una vez por todas en el lugar de las víctimas, que es el lugar del mismísimo Dios? Es tiempo de combatividad. De que la indignación ética se tome la palestra eclesial y social. Medellín respondió a su tiempo y de alguna forma nos sigue empujando aquí en estas tierras morenas a seguir respondiendo. Como nos interpeló Pilar Aquino (teóloga feminista mexicana): “no tenemos permiso para callar”.

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Ciclón Francisco, huracán Scicluna

Del caos viene lo nuevo, del terremoto la posibilidad de reconstruir la casa, de buscar otros terrenos y de alguna forma recomenzar. El filósofo judío (y muy cercano al cristianismo) y lúcidamente original Franz Rosenzweig decía que el cristianismo era la religión del recomienzo, del siempre volver a empezar. No circularmente, sino en un espiral de vida y muerte, de muerte y resurrección, de búsqueda y encuentros, de no-ver y ver de otras formas. Lo que se ha producido a partir de la visita de Francisco ha sido inimaginable. Inesperado. Sabemos que Francisco sólo llegó a encender una chispa que los sobrevivientes de Karadima y el grupo de laicos y laicas de Osorno estaban preparando hace años y el «caso Maristas» permitió dilusidar. No deja de ser impresionante lo que este ciclón eclesial y social ha desnudado: abusos, encubrimientos, desfachatez, delitos, pecados, torpeza, autoritarismos, manipulación, cegueras, incoherencias, negligencias, vicios, perversiones… y con seguridad falta aún. Falta que la podredumbre se muestre y/o se des-cubra. Falta. Y falta que de a poco vayamos viendo luces, percibiendo la vida que no se ha dejado abusar, los rostros y comunidades y agrupaciones y pequeños reductos que no han podido ser pisoteados por el poder, el dinero, el olvido, los moralismos castrantes y los espiritualismos alienantes. De a poco nos hará bien comenzar a mostrar luces, espacios de amor y compasión, trincheras de humanidad. Soy testigo de ellas. Los sobrevivientes y los pobres nos pueden dar clases de ello. Pero, ¿Qué sucede con esos espacios ritualistas sin corazón ni espíritu critico? ¿Cómo seguir tolerando esas dinámicas de mal trato y humillación dentro de comunidades religiosas, dentro de las iglesias? ¿Cómo no rebelarse ante el autoritarismo con rostro de varón y los horribles machismos introyectados en víctimas de todo tipo? ¿Cómo no empezar a ver aquello que nos tenía ciegos: relaciones afectivas extrañas, insanas, «chorezas» que son verdaderas manipulaciones esclavizantes? Por Chile ha pasado un huracán. Es el ¡Nunca más! eclesial. Falta hace que pase por los sistemas políticos, por ciertas concepciones educativas, por familias y relaciones laborales corrompidas y deshumanizantes. Falta hace. El ciclón sigue dando vueltas. En Chile no hay «olor a oveja», sino olor a una herida que sangra y lo seguirá haciendo mientras no nos rebelemos contra estas sombras que han ocultado los pequeños soles ofrecidos.

(publicado en The Clinic, Jueves 23 de agosto)

 

Crisis de Cordialidad

Simplificando un poco las cosas, uno podría referirse a la sociedad y sus instituciones de dos maneras: en torno a relaciones instrumentales o en torno a relaciones cordiales. Todo lo que tiene que ver con la primera está basado en el uso (y abuso), la recaudación y la producción. La segunda, más bien con la gratuidad, la mutualidad y el don. Es obvio que la mayoría es una maraña de ambas, pero también es claro que hay ejes movilizadores, motores, ideas fuerzas que muchas veces de manera implícita empujan y manejan los engranajes. La Iglesia debería, y digo debería bajo el supuesto (o premisa) del mandamiento divino, pertenecer a la segunda categoría. Ser una institución eminentemente cordial, donde las relaciones se sustentaran en el cuidado, el cariño, la entrega y el servicio. No en los resultados, la eficiencia o las ganancias. Mucho menos construirse en torno al miedo, la imagen y la defensa. La crisis puede verse de muchas maneras y agarrarse de varias aristas, una de ellas es el corazón (cordis), la cordialidad, núcleo del cuidado y la ternura, centro de la compasión. Sin corazón sólo hay esquemas, cifras y organigramas. Sin corazón hay gente y no seres humanos, una masa informe y sin rostro y no una común-unidad. El corazón del hombre puede enfriarse y morir; así mismo el cordis de las instituciones. La crisis de la Iglesia chilena corresponde a la agonía de su corazón. Y esta agonía no tiene más explicación que la falta de amor. Se dejó de amar. De amar a los pobres, de amar a los jóvenes y ancianos, de amar a la mujer, de amar la naturaleza, de amar el amanecer y las estrellas, la Ñuke Mapu; de amar a los pueblos indígenas y de amar a los niños de Chile. Se dejó de amar la misión de Jesús. Nos olvidamos del otro. La Iglesia dejó de amar. Recordemos que aquí hablamos de «la institución», aquella estructura de decretos, derecho, instrucciones, reglamentos y jerarquía, ese «mono» de flujos y permisos y censuras y obligaciones. Ese elefante de la historia. Pues es de sobra sabido que cristianos y cristianas de a pie, rebalsadas de cordis, rebosantes de amor y cariño, los hay -y entre ellos muchos curas y monjas. Y allí están, batallando por levantar un muerto o construir otro. Me recuerda una frase de Gramsci que leí hace poco: «al viejo sistema enfermo le cuesta morir y el nuevo que surge tiene dificultades para nacer». Hace tiempo que estamos ahí. En ese intertanto. Es «la estructura» y todo lo que ella conlleva la que se ha decretado en desahucio. ¿Por quién? Por el propio corazón. Hemos descuidado el cuidado y el corazón infartado ya no aguanta ningún marcapaso más.

Sin metáforas. A propósito de “Autorretrato” (Edouard Levé)

Hace tiempo que no leía un texto tan original. Hace tiempo no me encontraba con una descripción o más bien, autodescripción, tan detallada y exhaustiva de uno mismo. Porque este breve libro (93 páginas en la edición de Eterna Cadencia editora) del francés Levé es eso, un presentarse tal cual uno es. Su autorretrato dice lo que pretende ser, sin contornos ni adornos. Por eso mismo llega a ser un tanto crudo, seco y tedioso. Lo salva una pluma hermosamente definida y que el mismo va relatando en su escribir. Levé nos regala una mirada irónica, aguda y lúcida de sí mismo; que ya muchos la quisieran sobre sus propias personas. No deja de ser llamativo que al describirse, contarse y exponerse con tal transparencia nos encontremos con la desnudez del autor que a ratos se va tornando nuestra propia desnudez. De alguna forma aventuramos la hipótesis que en esa desnudez del hombre nos encontramos todos. Que al decirse desde la vulnerabilidad más cruda y tajante se nos hace imposible no empatizar e ir diciendo -en la misma lectura- que “nos pasa lo mismo”, “yo también”, “no me había dado cuenta, pero hago lo mismo”. Lleno de detalles sabrosos y de una finura implacable, el libro de Levé nos remece y, al mismo tiempo, libera. Este es el segundo aspecto que me gustaría resaltar: que la vulnerabilidad libera. Aquella que es reconocida como tal. El hecho de desnudarse frente a otro nos posiciona, probablemente, ante dos posibilidades: empatizar y desnudarnos también, o aprovecharse de la fragilidad del otro. Dos posiciones que podríamos definir como existenciales. La vida entera puede definirse ante tal opción. O empatizamos con, desde y ante la fragilidad humana o, inevitablemente, entramos al club de los abusadores, de los que muertos de miedo no son capaces de mostrarse en su verdad, de los que prefieren posicionarse sobre otro y si es necesario usarlo, utilizarlo, pisotearlo, humillarlo, despreciarlo. El lector tendrá que ver qué le sucede ante tal relato, dónde se posiciona, qué le nace desde sus entrañas y desde allí podrá verificar su compasión. Virtud tan urgente en nuestros días de abusos y vulneraciones.

Explícitamente el autor se refiere poco a Dios, se declara no creyente pero con una formación y raigambre católica, como cabe esperar a gran parte de los franceses del interior. Hace alusiones a la misa y se ríe de la religión, sin desprecio, más bien con una mirada condescendiente. “Creo que ya no creo en Dios, pero cada tanto, de noche, me pregunto si realmente ya no creo” (p. 46). “Admiro las ceremonias religiosas norteamericanas donde los pastores lanzan sermones próximos al canto y al trance, la vida por fin parece entrar en ese evento mórbido y desprovisto de deseo: la misa” (p. 76). Levé es básicamente un fotógrafo y como tal lo que elabora es un sucesivo fotograma de sí mismo. Son recuerdos de emociones y sentimientos, pareceres y elaboraciones de su propia manera de estar y percibir el mundo. Desde allí no hay mucho que decir de Dios-en-sí, pero, como ya dijimos, mucho del hombre-autor que desde su cúmulo de imágenes va desarrollando una radiografía del ser humano de fines del s. XX: reflexivo, descreído, crítico, a veces superficial, a veces profundo, en alguna cosas laxo y desprendido, en otras tajante y crudo; solitario, decadente y con impulsos suicidas propios de quien ha perdido todo deseo o, al menos el deseo a desear (el autor se suicida a sus 42 años). De alguna forma, Levé es un viajero, manifestación de ese hombre que está de paso y lo sabe, que no pretende perpetuar nada y que no se desgasta en nada que pueda quitarle el sueño porque ni sus propios sueños poseen tal relevancia. No es fácil decir si el fotograma -Autorretrato- de Levé construye un relato, es decir, una narrativa sugerente que propicia un mundo, una constelación de “otras cosas” en el lector. La rigidez de la fotografía, en este caso, del cúmulo de fotografías, produce cierta desazón y no alcanza a despertar “otros mundos” en el lector. Quizás esto se deba a la falta de metáfora. Aquí la fotografía es tal. El Autorretrato es tal: una acuciosa autodescripción sin metáforas. Al menos sin esa apertura narrativa que produce -o debería producir- un relato. Por eso mismo puede constituirse en una buena radiografía del europeo de fines de siglo, del joven descreído de los ochenta, nostálgico de revoluciones que no vivió y que piensa no verá: alguien sin metáforas. O, como tal vez el autor lo intentó, hacer de su vida y muerte, su gran metáfora. 

Nicaragua y los malos tratos

Estas líneas las escribo sobre todo movido por dos amores: Nicaragua y su historia; y la “vida” carcelaria. Me explico, la revolución sandinista significó mucho para gran parte de América Latina, se transformó en un símbolo de transformación social, política y cultural. La Iglesia misma, sobre todo desde la visión mística y poética de Ernesto Cardenal, ayudó, trabajó y promovió dichas transformaciones. Por eso duele no solo ver la “revolución perdida”, como el mismo Cardenal se refiere a lo sucedido en Nicaragua con la mala gestión de Ortega y su señora (vale mucho la pena leer su libro), sino, y sobre todo, el daño, la violencia, la humillación y las muertes en el pueblo nicaragüense. Lejos de la poesía y las pinturas de Solentiname, Nicaragua está sumida en la desesperación y el caos. Los sueños de una América Latina original, comunitaria y social, siguen cayendo ante la soberbia de pocos, ante los mesianismos de algunos y los personalismos, muchas veces otorgados, de representantes del pueblo. Nicaragua se transforma –desde hace tiempo ya- en otra esperanza fallida. Al menos una esperanza que espera otra cosa, una alternativa al mercado devorador y sus perversos mecanismos bancarios. Una esperanza que busca y busca detener dinámicas extractivistas y la generación/gestación sin parar de seres humanos desechos, de personas despreciadas y marginadas de todo como sobras de un restaurante “fino” y de “buena calidad”. Sin ser el mismo sentimiento, es otra la desazón que brota al percibir como aumenta esa especie de “justicia por las propias manos”. Es impresentable ver como un grupo de ciudadanos golpea a un ladrón en la calle, como luego lo amarra sacándole la ropa. Prácticas como estas se han ido multiplicando. Bajo un disfraz de “buenos ciudadanos”, conscientes, se humilla públicamente al delincuente. Algo similar es lo que hemos visto respecto a los ciudadanos ecuatorianos maltratados y torturados en la cárcel por otros presos. Más allá de ese caso en particular, horrible, denigrante y fuera de lugar, lo que preocupa es esta especie de falso empoderamiento ciudadano. ¿Quién tiene derecho a denigrar a otro? ¿Quién puede hacer justicia a su manera? En una sociedad de derechos y deberes, nadie. En una democracia, nadie. Si los mecanismos no funcionan es urgente mejorar dichos mecanismos. Y sí que es urgente. Pero jamás caer en la cultura del odio, de la denigración. Jamás caer en linchamientos públicos camuflados de bien. Un acto de esa envergadura no puede ser un bien. Y pagar mal por mal es el camino equivocado en una sociedad adulta. Si buscamos tolerancia, diálogo, respeto y crear una cultura de paz; la “justicia por las propias manos” es el peor de los caminos. Parece que nos hemos acostumbrado a los malos tratos. Malos tratos a los presos, malos tratos al pueblo-nación Mapuche, malos tratos a las mujeres, malos tratos a los/las alumnos/as, malos tratos a los extranjeros, malos tratos a los niños, malos tratos a quienes buscan defender al pobre. Malos tratos en todas partes, que sin duda reflejan una sociedad que nos trata mal. Una manera de con-vivir que genera un mal-vivir. Un malestar permanente que nos enferma. Nicaragua está enferma, Trump y sus políticas nos enferman, la violencia política, económica y social nos enferma. La Iglesia y sus abusos nos enferman, las instituciones que deben defender y cuidar nos engañan y maltratan, corrompiéndose y enfermándose. Nuestro Chile sigue apretado, amarrado, anudado; ¿No será ya tiempo de soltar? ¿Cómo no abrir los ojos y buscar mecanismos de sanación? ¿Cómo no decir ¡ya basta! para detener la espiral sin fin de violencia que nos ha ido envenenando? No basta que comience con cada uno, no basta que multipliquemos colectividades de bondad, no basta con que cada uno aporte “su granito de arena”. No basta con autoexiliarse a universos idílicos lejos de todo. Si queremos vivir sanamente la corta vida que tenemos, ya es tiempo de tomarnos en serio el mundo. Como dice –casi atemporalmente, parece- el poeta Cardenal: “Ha venido la primavera con olor a Nicaragua:/ un olor a tierra recién llovida, y un olor a calor/…/¿O es el olor del amor? Pero ese amor no es el tuyo./ Amor a la patria era el del dictador –El dictador/ gordo, con su traje sport y su sombrero tejano,/ en el lujoso yate por el paisaje de tus sueños/ él fue quien amó la tierra y la robó y la poseyó./ Y en esa tierra está ahora el dictador embalsamado/ mientras que a ti el amor te ha llevado al destierro”.

Abrir

¿Qué nos falta por abrir? Abrir las puertas de las capillas, abrir las Iglesias, abrir nuestras casas para que entren los hermanos y hermanas en situación de calle. ¿Qué más abrir? Abrir los espacios, abrir las miradas, abrir la mente. Qué falta nos hace abrir los ojos para ver al que sufre, para acoger al despreciado. Abrir los oídos para escuchar bien las demandas del pueblo pobre, para oír el clamor de refugiados, de migrantes, de enfermos, de pueblos indígenas menospreciados y no reconocidos. Qué falta nos hace abrir. Abrir las manos para abrazar, para dar, para recibir, para tocar. Abrir la boca para gritar contra la injusticia, para rechazar los privilegios de pocos, para denunciar los abusos eclesiales, políticos, policiales, militares y económicos. Cuanta falta nos hace abrir. Abrir el corazón, abrir el alma, abrir las murallas y nuestras propias mascaras tan llenas de egos. Abrir nuestras caretas ante el otro que nos desviste. Abrir y abrir. ¿Qué más podemos abrir? Abrir falsas seguridades, abrir soberanías de decretos, abrir las fronteras para generar el libre acceso de quien lo desee. Abrir nuestras mentes. Abrirnos completamente en esta era tecnologizada. Abrir nuestras formas añejas de hacer política, abrir nuestras instituciones, abrir el arte para que deje de ser monopolio de ricos y accesible a una elite. Abrir las fiestas, los bares y celebraciones. Abrir el debate, de todos los colores y pareceres. Abrir las calles, las alamedas y los pequeños pasajes de poblaciones tomadas por la policía y el tráfico. Abrirnos. Abrirnos al otro, al distinto, al que nos intimida por miedos proyectados. Abrir y abrir. Abrir escuelas y colegios ABC1 que después de las seis son inmuebles vacíos y sin sueños. Abrir los parques y jardines, los bosques y fundos llenos de alambradas. Abrir la mente y abrir el cuerpo. Abrir los brazos y los besos. Abrir la mesa, esa donde nadie queda afuera como quisiera Jesús. Abrir las Iglesias y los conventos y los claustros envejecidos. Abrir el amor y el pensamiento, abrir las religiones para que cohabiten hermosamente en uno mismo. Abrir el tiempo. Abrir los tiempos, esos que duran pocos y los que parecen eternos. Abrir las opiniones y las ideas dogmáticas enseñadas con violencia. Abrirlas, abrirnos. Abrirlo todo. ¿Qué más podemos abrir? Abrir los archivos y las ideas, abrir los egoísmos. Abrir los colores y las fotografías, abrir los recuerdos. Abrir todas las memorias y compartirlas sin más. Porque sí, como el amor. Y abrir nuestro ser al Misterio inabordable y accesible. Abrir nuestro todo al Todo; y nuestra nada al que puede transformarla en mucho. Abrir nuestra humanidad al cosmos, a las estrellas, a los espacios aun no descubiertos, a las américas de arriba y de abajo. Abrir la naturaleza para caminar descalzos y pisar la tierra. Abrir el espíritu al espíritu del otro. Abrirnos, abrirse. ¿Qué puedes abrir?

En la escuela de los pobres

Cuando los pobres nos dan clases de misericordia y compasión. Cuando nos muestran que el odio nunca es absoluto y que es posible cuidar, acoger, acompañar incluso al enemigo.
No es raro encontrar en el mundo de los pobres y particularmente femenino casos de extrema humanidad, de ese emocionante e incomprendido amor cristiano. Como en aquellas ocasiones en que “una ella” cuida de “un él”. Cuando una mujer, una hija o una esposa cuida abnegadamente de un hombre, padre, esposo, tío, padrastro o pariente el cual en su vida «sana» abusó, maltrató, fue violento o simplemente no amó a la mujer que hoy enfermo se hace cargo de él.
Hace pocos días una mujer sencilla me contaba como hace ya muchos años cuida de su padrastro abusador. El hombre con demencia senil ya no sabe quién es ni qué hace. Y ella, casi hipotecando su matrimonio y familia lo limpia, lo cambia, le da de comer, le compra los medicamentos y lo cuida día y noche. Por suerte la ayudan pues ella trabaja lejos de su casa en la capital chilena.
Y es que en la escuela de los pobres las cosas tienen otra lógica y la víctima es capaz de compasión por el victimario. Probablemente porque cada uno conoce bien su barro y no hay nadie a quien engañar, no hay puestos ni imágenes ni posiciones ni egos que defender. Allí no hay buenos y malos, correctos e incorrectos, exitosos y fracasados. En la escuela de los pobres esa manera de enfrentar la vida no funciona. No cabe. Allí somos todos samaritanos, es decir, marginados, despreciados, excluidos tratando con otros marginados y excluidos.
No olvidemos que el buen samaritano no se detiene ante el hombre herido (abusado) tanto por ser bueno sino por ser samaritano.
Que bien nos haría cuidar las llagas del victimario alguna vez para romper esa lógica perversa y maniquea en la que nos movemos. La misericordia se hace carne cuando liberados del odio (o cargando con él) limpiamos las heridas del enemigo.

 

(Imagen1: Sebastiao Salgado, Imagen2: El beso, Mario Irarrazaval)