Carta a Francisco 2013

Querido hermano Papa Francisco,
Es, creo, la tercera carta que te escribo. La primera fue cuando la Iglesia de Jesús te escogió Obispo de Roma. Fue una carta rara. Obviamente no te la envié ni nada. Era una carta de alerta, de cómo sentía lo lejos que estaba Roma de la población desde donde te escribo; aquí en la zona sur de Santiago de Chile. Era una carta que expresaba lo impresionante del gesto del Papa Benedicto, lo profético y valiente de su decisión; pero escrita con un cierto desánimo, como sin esperar mucho de lo acontecido. La segunda carta fue a propósito de la JMJ. Te contaba lo triste que estaba siendo para los jóvenes pobres de la población no poder encontrarse contigo en Rio, por lo caro de todo. Era una carta para informarte; contándote que estos jóvenes no podrían verte y que acontecimientos eclesiales de esta envergadura estaba reservados solo para algunos. Pero, ¿sabes qué? Finalmente fuimos y te vimos. Podrás imaginarte, querido Francisco lo increíble que fue para estos jóvenes subirse a un avión y llegar a Brasil. Vivir un encuentro de fe con jóvenes del mundo entero. ¡Tantas cosas podría contarte de esta aventura! Sin embargo, esta carta tiene otro fin. Agradecerte. Sí, tan simple como eso. Me gustaría escribir un GRACIAS gigante, tamaño 72 y llenar esta página. Quiero darte las gracias no a nombre mío, que además ni te he contado quien soy; sino a nombre de la gente. De la gente común y corriente de este extremo austral del hemisferio sur, en los márgenes de la capital. Me he dedicado a preguntarle a las personas cómo se han sentido al escucharte, al conocerte y al recibir las novedades que vienen de tu persona y ministerio. Qué les pasa, qué creen que pueda ocurrir; y esas cosas. Y ¿sabes qué? ¡La gente está feliz! Tal vez aún en un estado de asombro permanente. Feliz de la sencillez y es bueno que lo sepas. Felices de la cercanía, del trato humano, del lenguaje cotidiano. La Iglesia por estos lados te lo agradece profundamente. Da tanto gusto escuchar como alguna señora, que lleva 30 años o más sirviendo y trabajando por su comunidad cristiana, dice que esperaba algo así desde hace décadas. Que se siente libre, que ahora sí tiene la confirmación de que su servicio humilde y diario, tienen un correlato en Roma. Y que, por ello, se siente bendecida. Gracias querido hermano. Gracias a Dios y su Espíritu que siguen de las maneras más diversas sorprendiendo a la humanidad. Desde aquí rezamos por ti, como tanto lo has pedido. Y le rogamos al Buen Dios de Jesús, que tu testimonio, ejemplo, gestos y palabras; que la esperanza que has suscitado, se repliquen en todo el Pueblo de Dios, en todas nuestras Iglesias, movimientos, diócesis y parroquias. Que así sea.

Pedro Pablo Achondo Moya
Parroquia San Pedro y San Pablo, La Granja. Santiago de Chile
20 de noviembre, 2013

Anuncios

Che

Alta Gracia se llama el pueblo hacia donde me dirijo. El bus pequeño de asientos apretados iba lleno. Solo quedaba un asiento atrás. Pensé que ya no podría venir, se me había acabado el tiempo por esta zona cordobesa. Pero alta fue la gracia que ahora ya voy viajando. Leí por ahí que la razón de que el Che viniera siendo un niño fue el aire. Así es. El aire limpio y puro de la región. El niño Che necesitaba respirar mejor y su familia emigró hacia Alta Gracia.

Hoy es domingo y es 10 de febrero. Mañana es la fiesta de Lourdes, la Virgen. Sí, la madre de Jesús con nombre francés. Muy elegante ella y muy celebrada esta fiesta suya.

No estoy seguro, ya lo averiguaré, pero se me hace que la fiesta patronal de Alta Gracia es la festividad de Lourdes. Esa aparición de los pirineos franceses que hizo de la Virgen una gruta, un hueco en unas piedras que indicaban la naciente de unas aguas hermosas, ganadoras.
En ese sentido Lourdes podría considerarse una aparición ecológica.

Y si todo fuera así tendría que empezar a divagar entre las posibles influencias revolucionarias de Lourdes para con el pequeño Che que respiraba estas devociones. Interesante.
En plena autopista y bajo un sol terrible de verano cordobés veo algunos grupos de jóvenes, mujeres y hasta caballos rumbo a Alta Gracia. Creo que esto corrobora lo dicho. Y más aún, sería testimonio de la popularidad de la fiesta y de que en un solo lugar se volvería a producir un vórtice de los que habla Agamben. Un vórtice subjetivo, como casi todo en el universo, en el cual confluirían el Che y todo lo que ello implica y significa, la fe, María -la mujer- y Francia. Cuatro factores fundamentales para mí. Concentrados en suelos latinoamericanos.
Amo los vórtices. No se dan muchos en la vida. Y cada uno de ellos tiene algo de bautismo, de navidad, de resurrección. Pequeñas convergencias cargadas de densidad. Concentraciones cósmicas que suceden así por pura casualidad y uno tiene que encontrarse casualmente en ella para que todo suceda.

Llego a Alta Gracia y en la plaza principal, frente a mí, unas ruinas. Sí, me encuentro con ruinas jesuitas. Piedras como memoria de un pasado esplendoroso. Hoy ruinas, un museo viviente para turistas, un recuerdo. Eso. El resto, ruinas. Ruinas de curas.
Me asombra ver como los curas hacían de todo, obras de ingeniería, hidráulicas, herrerías, albañilería, arte, investigación…… eso es a lo que me refiero cuando digo que nací en la época equivocada.
El resto es puro maravillarse del aire de Alta Gracia y venir hasta aquí a recibir la bendición en ruinas del Che.

Seminario de Formación Teológica 2019.

Aquí están las tres ponencias compartidas en el Seminario de Formación Teológica realizado en la ciudad de Cruz del Eje, Córdoba. 3-9 de febrero.

I. Habitar los territorios

El concepto de territorio es de esas palabras polisémicas que pueden servirnos para muchas cosas y enriquecer nuestra reflexión.

Nosotros somos un territorio. Como dice la segunda carta a los Corintios: “Nadie puede negar que ustedes son una carta de Cristo, que él redactó…. Escrita no con tinta sino con el Espíritu del Dios Vivo, no en tablas de piedra, sino en corazones de carne” (2Cor3, 3). Este es un hermoso texto donde Pablo sitúa el corazón del ser humano como el lugar de la revelación, el lugar de la conciencia ética y mística.
Es decir, para Dios, nosotros, el ser humano es su territorio. Allí él se mueve, él transita, él habla. En el corazón, a través de esa carta que continúa escribiendo. Otras palabras se usan para decir lo mismo: somos templo del Espíritu, somos cuerpo del Cuerpo de Cristo. Somos territorios donde Dios siembra y levanta su tienda. Y este nosotros que es cada uno y una, implica su cultura, su historia, su carácter, sus aprendizajes, sus sueños y temores. Ese nosotros real, concreto y contradictorio constituye el territorio en el que Dios descansa y dialoga.

El pobre es territorio. El otro, el prójimo, el dañado, el herido, el despojado, el marginado. El otro ser humano empobrecido es también territorio de la revelación, es carta de Cristo para uno, para el mundo. El territorio que es el pobre se visita con respeto, con las sandalias quitadas (Ex 3, 5); con empatía y compasión. La opción evangélica de la Iglesia por, con y para los pobres proviene sobretodo de la Encarnación, allí, definitiva y plenamente Dios decide habitar un territorio especial: los pobres (Mateo 25). Los sufrientes se transforman en tierra fértil a través de la cual Dios habla. En cada pobre en particular, en ese encuentro indiscutible del Tu a Tu. En esa relación interpersonal que se da en la casa, en la mesa, en la intimidad del hogar. Y también en los pueblos empobrecidos y despreciados; en las comunidades y colectivos que sufren. Ellos también son territorios de revelación y esperanza.

La Iglesia es un territorio. Aquí la cosa, creo, se pone más compleja. Sin duda la comunidad de discípulos y discípulas de Jesús son territorio del Espíritu. No la institución en sí misma. O, dicho de otra manera, la Institución (estructura) puede llegar a ser territorio santo en la medida en que sea manifestación del Espíritu Santo. Por eso, no se puede hablar de la Iglesia sin más. La Iglesia es una cáscara, es una forma. Hay que encontrar el contenido. En Iglesia, es decir, juntos con otros y otras, nos transformamos en territorio fértil para que Dios habite. Nada está asegurado. El territorio eclesial puede albergar todo lo que no es Dios: envidia, egoísmo, luchas de poder, celos, mafias, destrucción, abuso… Por eso la Iglesia en cuanto comunidad de creyentes solo será territorio de belleza, hermandad y alegría en la medida en que constantemente se vuelva al Dios de Jesús. Nosotros aquí reunidos, hermanos y hermanas somos ese territorio, pero no debemos caer en la ingenuidad de creer que eso es una certeza, debemos revisar, volver a mirar nuestras acciones, opciones y relaciones. El territorio debe ser revisado, cuidado, tratado y amado.

Los y las testigos son territorio. Creo que en esa Iglesia de testigos, en la Iglesia de los pobres, los y las mártires, los que entregaron su vida y dieron testimonio de Jesús se transforman en territorios hermosos para visitar. Cada testigo, y más aún los silenciosos, las mujeres que en lo cotidiano vivieron un discipulado de amor, lucha y esperanza; los jóvenes que sin miedo con cuerpo y sangre vivieron la utopía del Reino, ellos y ellas son territorio también. Territorio que no debe ser olvidado. La carta a los Hebreos habla de la nube de testigos (Hb 12, 1) que viene desde Abraham, desde Moisés, desde Sara, desde las profetizas y profetas, desde Moisés… hasta Romero y Berta Cáceres. Nuestra América indo afro latina posee una nube de testigos. Podemos alimentarnos de ellos, descansar en ellos y ellas, recurrir a ellos para no desfallecer en el camino.

El mundo es un territorio. Tanto la creación, es decir la naturaleza, los seres, los paisajes y en especial la interacción que tengamos con ella se constituyen en territorios santos de encuentro con el Santo Dios. Los bosques, los ríos, las montañas, los montes, la nieve… De ahí que los pueblos indígenas vivieran su espiritualidad tan ligada a la tierra. Nosotros en cuanto humanos mantenemos ese vínculo ancestral y en cuanto cristianos descubrimos que todo posee la marca de Dios y más aún, de Cristo! Recordemos el texto de Colosenses: “Cristo es el primogénito de la creación, por él fue creado todo, por él y para él, él es anterior a todo y todo se mantiene en él”. (Col 1, 15) Un teólogo decía que la creación posee la marca de Cristo, como una huella digital. Es una hermosa imagen para pensar que cada pequeña hoja, cada árbol, cada nube, cada lluvia posee en sí la huella digital de Dios.

Nada es territorio. Esta dimensión es más complicada, tiene que ver con lo que en teología llamamos escatología: las cosas del final. No vivimos el fin de los tiempos, sino los tiempos del final. En estos tiempos del final, los nuestros, desde la venida de Jesús de Nazaret en cuanto profeta escatológico e imagen visible del Dios invisible (1 Cor 10, 11. 15, 24: vendrá el fin; “el tiempo del fin: Daniel 12, 4) todo se ha dado vuelta. Aquí es la teología paulina sobre todo la que ha puesto el acento en un tiempo distinto, un tiempo nuevo o, en palabras de un filósofo judío, el otro del tiempo. Pero, ¿podemos decir lo mismo del territorio? Es decir, ¿del espacio? La física habla mucho del espacio y el tiempo, como una unidad en donde ambas dimensiones se afectan. La teología hace la distinción, separándolos. El mismo papa Francisco hace hincapié en que “el tiempo es superior al espacio” (LF 57, EG 222-223; LS 178 y AL 3, 261): El tiempo proyecta al futuro, permite los procesos, impulsa a caminar con esperanza. “Debemos iniciar procesos más que ocupar espacios”. Es decir, para Francisco el cristiano debe situarse más en la dimensión temporal de la vida, que en la espacial. Los territorios quedan supeditados a un futuro de esperanza. No excluyendo los espacios, el creyente no se limita a esta singularidad, sino que se abre al camino; que siempre es un transitar en el tiempo. En esta línea el Papa apunta a una dimensión fundamental del cristianismo y que corresponde a la tensión intrínseca entre el presente y el futuro. Entre el ahora y lo que está viviendo. La tensión cristiana entre la alegría del Reino presente y la espera paciente y resistente respecto de la realidad injusta y violenta. Pensemos en el trigo y la cizaña (Mt 13, 24-30) Aquí hay bastante que sacar al limpio.
Para Jesús el tiempo del fin es un tiempo de especial esperanza. Sin calamidades ni atrocidades, sin guerras o terribles cosas. Es un tiempo de alegría, de fraterna y gozosa espera, es tiempo de una libertad inusitada. Es tiempo de vigilancia y fiesta, de paciencia y resistencia. Es tiempo donde el velo ha sido rasgado. Dicho de otra manera, el fin de los tiempos es el tiempo del discipulado cristiano. Eso. Se inicia una manera de relacionarse con Dios que tiene que ver con el seguimiento. Y ese seguimiento consiste en hacer frente al mal desde la esperanza a toda prueba.
Entonces, decir que nada es territorio (o todo es territorio) es situarse en este horizonte, el de la espera gozosa y resistente. En el espíritu de esperanza que lucha en cada territorio con la mirada puesta en el futuro. Es vivir el hoy abrazados de la Promesa. Me gusta una expresión que un día se me ocurrió: “creo en el Dios sin templo que habita todos los templos”. Es una manera de entender el territorio desde el tiempo del fin; me parece.

La pregunta aquí es: ¿Cómo habitar los territorios sabiendo que el seguimiento de Jesús (y por tanto el ser Iglesia) no está delimitado a ningún territorio?
Sabemos que el mismo Jesús es un sin-propiedad, un sin-casa, un sin-territorio. Y por lo mismo, en esta dimensión profética propia de nosotros, todo territorio es de Jesús. De ahí que decir “nada es territorio” es afirmar que nuestro territorio es Dios. Habitamos en Dios y Él nos habita. Respiramos, soñamos y amamos en Dios, desde Dios y Él nos impulsa y fecunda, nos levanta y reanima, nos llena y nos libera.

Me gustaría que estos días echemos a volar la imaginación, que es una enorme herramienta de construcción humana. ¿Qué tipo de territorios para el tiempo actual? ¿Cómo habitar los territorios mencionados de manera de constituirnos en semillas de liberación? ¿Cómo vivir en nuestro territorio desde la esperanza y la promesa?
No basta con resistir, hay que construir, transformarnos a la creatividad. Comenzar en cada territorio, en lo pequeño, en lo local a construir y recibir la Promesa. La pregunta la dejaremos abierta para el debate, la conversación y la búsqueda común de estos días de Seminario.
Solo termino esta introducción aludiendo a la esperanza, a las posibilidades reales de un cambio. El sistema con todo lo que implica, con sus categorías y manifestaciones, con su globalización del poder, del lucro y la dominación nos han hecho creer que no es posible “otra cosa”, que no es posible “ese otro del tiempo”; sin embargo la fe cristiana no solo nos dice que si es posible, sino que será posible. Es una certeza anclada en la promesa de Dios. Esa tierra nueva es real. Hoy, en el ahora y el aquí. Experiencias concretas existen y debemos conocerlas, replicarlas, compartirlas. Esas experiencias brotan desde las fisuras del sistema, desde los márgenes y los sobrevivientes de todo. Desde los nadie –en palabras de Galeano. Allí se sigue sembrando esperanza, contracultura y amor. Allí no solo se resiste, sino que se crea. La transformación y por tanto, la experiencia del Reino, no se da ni se dará en lo global, como una especie de gobierno de amor (o civilización del amor como decía JP II), sino como una familia, una pequeña comunidad local, un territorio acotado (en red, conectado y consciente) que sea un verdadero laboratorio de nueva humanidad, de nuevas relaciones: justas, fraternas, preñadas de ternura y dialogo. El Seminario debe cada vez más constituirse en un espacio nutritivo para ese laboratorio. Aquí venimos a buscar los ingredientes para luego, en cada territorio familiar y comunitario, seguir construyendo el laboratorio del Reino. Cada territorio debe ser una huerta, una chacra, un mercadito, un merendero, una capilla, un consultorio, un refugio, una bodega abierta, una mesa compartida, un taller de todos, un albergue, una peña de alegría…

II. Construyendo la paz. Jesús y nuestra batalla por lo local.

Realizar una reflexión sobre la paz no es cosa fácil. Todos, creo, tenemos una experiencia de la paz (personal, familiar, con los amigos, en la vida de todos los días) y una idea de la paz (social, mundial). La paz, en el sentido bíblico, tampoco es una ausencia de guerra o violencia; es un estado que tiene que ver con el descanso, el reposo y la plenitud. Es el Shalom hebreo; el Shalom del séptimo día (Gn). Shalom que sabemos está ligado a la justicia. Solo se descansa cuando las cosas están en su lugar, cuando las relaciones están bien, cuando nuestras relaciones sociales e interpersonales se encuentran en armonía. “Sin quiebre”. Esa me parece una mejor expresión. Todo se juega en las relaciones, cuando estas están quebradas no hay Shalom. Cuando hay mentira, y tenemos que andar escondidos en nuestro actuar, ya no hay Shalom. De ahí que la reconciliación (y el sacramento eclesial) sea una de las figuras más fuertes de la paz. Reconciliación y reparación. Lo roto se vuelve a unir, lo quebrado se repara, lo distanciado se reúne.
Esta reflexión sobre la paz que quisiera proponer la hago desde dos aristas: ¿Jesús y la paz? Y la paz comienza por casa.

Jesús, mensajero de paz en medio de la violencia.

Sin querer ser exhaustivo en lo que dicen los evangelios sobre Jesús y la paz me remito a algunos episodios y más bien al conjunto de su experiencia de vida.
Creo que la pregunta es pertinente: ¿Jesús vivió una vida en paz? ¿Qué paz es la que Jesús realmente experimentó y fomentó? La mayor parte de la vida pública de Jesús, pues de lo demás poco sabemos, fue convulsionada, conflictiva y complicada. Pareciera que con los suyos, en su familia y comunidad se sentía tranquilo, en paz –como solemos decir. Pero al relacionarse con la sociedad religiosa, civil y política; se enfrenta constantemente al conflicto. Es obvio, creo yo, que lo que al evangelista le interesa es mostrar eso: de qué forma Jesús lidiaba con el conflicto, cómo el amor y el amar lo situaba en un constante horizonte dramático. ¿Por qué? Porque la paz no es ese estado de no conflictividad. Al menos en la vida de Jesús. “Yo no he venido a traer la paz” (Lucas 12, 51), dice Jesús en una serie de enseñanzas y correcciones. El texto en su contexto. Nos muestra que Jesús está molesto, afectado por la hipocresía religiosa y siendo un pedagogo rudo con sus seguidores.
Lo que me gustaría mostrar es que la paz, si observamos los gestos y prácticas de Jesús, su vida con todo lo que ella fue, no aparece como una desafección de todo ni como un estado de desapego voluntario; quizás al modo budista. Jesús no se aísla del mundo para buscar paz, Jesús no se muestra desinteresado de los problemas de su tiempo, de la miseria e injusticia. La paz de Jesús no corresponde a una indiferencia al conflicto, al sufrimiento o los problemas de los demás y de la sociedad. Tampoco corresponde a una especie de buenismo exacerbado según el cual intenta conciliarlo todo. Esas son caricaturas o deformaciones. Es evidente que Jesús no apoya la violencia: “Ya basta” (Lucas 22, 51) dice a sus discípulos que intentan defenderlo en su arresto. Jesús efectivamente es un mensajero del Shalom, saludo judío que motiva y desea plenitud para el hermano y la hermana. “La paz esté con ustedes” (Lucas 24, 36). Podríamos traducir, para despejar dudas, como un “deseo que todo esté bien contigo”. Y ese “que todo esté bien” que nos resuena al “Dios vio que todo era bueno, que todo estaba bien” durante la creación (Gn), no excluye el desorden, el caos y la división. La paz de Jesús no significa un “estamos todos de acuerdo”, o “pensamos todos igual”. La paz es un deseo, un anhelo, una intención.
Aquí hay algo interesante: no temamos el conflicto, la lucha, el debate de ideas, la manifestación de lo que creemos hay que mejorar, la denuncia de la injusticia. Pues la misma vida del Mesías fue así. El hecho de que el Mesías Jesús haya vivido lo que vivió, sufrido lo que sufrió, amado de la manera en que amó nos dice algo de nosotros, de la vida de los y las discípulas. La vida cristiana es más un Shalom conflictivo que un reposo pasivo. Puedo equivocarme. Pero creo, mirando el evangelio que la Buena Nueva anunciada es una constante lucha, una conquista, un camino por recorrer. No un resultado. El Shalom final del séptimo día viene después con la resurrección, es decir, al morir. Nuestro reposo y plenitud en el Jardín de la no-violencia, como podríamos llamar al Edén o esas hermosas imágenes de Isaías, el gran profeta del Shalom, de la paz mesiánica: “Ellos convertirán sus espadas en arados y sus lanzas en hoces. Ningún pueblo volverá a tomar las armas contra otro ni a recibir instrucción para la guerra” (Is 2, 1-5). “Entonces el lobo y el cordero vivirán en paz, el tigre y el cabrito descansaran juntos, el becerro y el león crecerán uno al lado del otro, y se dejaran guiar por un niño pequeño…. El niño podrá meter la mano en el nido de la víbora” (Is 11, 6-9). “Desaparecerá el llanto y el dolor” (Is 35, 10); y “miren, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva” (Is 65, 17). Todo ello viene después.
La paz es un camino de conflictos. La vida creyente sabe eso y lo vive con coraje, acompañados, vive ese riesgo y desafío con la mirada puesta en la esperanza mesiánica. Vivimos el hoy del camino con los ojos puesto en el mañana de la paz.

La paz comienza por casa.

En la aldea global, en donde se nos empuja a salir al encuentro de la globalización nos volvemos a preguntar por lo local. Uno de los lemas del Foro Social Mundial rezaba: pensar global, actuar local. Lo glocal. Sabemos que la globalización ha traído múltiples beneficios, es imposible incluso hablar de una sola globalización. Hay muchas: la que tiene que ver con la tecnología, la del mercado, la de las culturas, la de la información. Muchas de ellas muy positivas (cf. celular conectado a internet). Retomar o más bien repensar lo territorial y local no va en desmedro de lo global. De alguna forma no hay marcha atrás en esa manera de estar en el mundo. Sino que volvemos a lo local porque las transformaciones comienzan ahí. No es posible seguir esperando iniciativas nacionales, continentales, mundiales. No es posible creer que todo el mundo se va a poner de acuerdo si se crea una asamblea mundial de líderes para discutir tal o tal cosa. Eso, que podría haber sido la ONU, fracasó. Por ahí no surgen los cambios estructurales. Lo mismo en la Iglesia. Si uno vive esperando que habrá una transformación por decreto, es que no ha comprendido nada. La experiencia de Jesús es tan local, tan local, que llega a ser escandalosa. La pregunta por Nazaret: “¿Qué bueno puede salir de Nazaret?” (Jn 1, 46) tiene que ver con su insignificancia, con ser un pueblo minúsculo que jamás había aparecido en las Escrituras. Y ojo que Jesús dice de Natanael que había hecho la pregunta: “Ahí tienen un israelita de verdad, sin falsedad” (v.47). Jesús irrumpe lo local y su misión se delimita a territorios concretos: Galilea, Judea, Samaria.
Para no pocos pensadores actuales la ciudad, el barrio, el vecindario vuelve a ser los territorios principales. Es más probable y factible que la construcción de la paz y la justicia sea en esos términos, ya que al fin y al cabo son dimensiones a escala humana. Lo global nos juega una mala pasada debido a sus dimensiones inabarcables y muchas veces impensables. Necesitamos volver a lo local. A la comunidad, la familia, el barrio.
Cuando hablo de local y de la posibilidad de que los territorios se reconfiguren para la esperanza en estos tiempos estoy pensando en varias cosas. Algunas ya existen y hay ejemplos notables: alimentación, agricultura, economía, comercio, educación, energía, residuos… En todos estos aspectos hay iniciativas impresionantes. Desde mercados barriales de reciclaje de todo (ropa, artefactos, herramientas), hasta pueblos que usan una moneda alternativa a la nacional. No apartándose, sino cohabitando. Aquí hay un punto en el que valdría la pena detenerse.
Cuánta fuerza, cuánta energía y cuánta sangre hemos gastado en revertir el sistema, en transformarlo, en cambiarlo. ¿Será que ese ha sido un buen camino, al menos una estrategia acertada? Me aventuro a creer que no. A pensar que hay que sumarse a iniciativas nuevas que no buscan transformar lo caduco y deshumano; sino que van por al lado construyendo la alternativa, lo nuevo, lo más humano. Creo que son las dos cosas: apretar y construir, protestar y trabajar, alzar la voz y crear.
La paz comienza por esa nueva manera de habitar nuestros territorios. Por esa forma creativa y distinta de estar en lo local, organizándose sin permisos ni firmas. Simplemente haciéndolo. Ojo que esto no tiene nada que ver con la idea de patriotismo ni nacionalismo. No. Sino de focalizarnos en lo pequeño, lo que tenemos a la mano, las relaciones humanas que están aquí, en nuestras veredas y esquinas. En redes, por supuesto. Con todos y todas que quieran sumarse. Ampliar la comunidad pero sin perder de vista lo concreto del territorio. La paz, esa conquista de la que hemos hablado se juega aquí, en el suelo que pisamos todos los días, en ese recorrido al laburo y regreso a casa. En esos espacios en los que convergemos con los amigos y hermanos y hermanas de comunidad. No es solos, sino con otros; no es frente a la pantalla, sino con los brazos entrelazados y mirándonos a los ojos. Se trata de hacerse responsable y actuar. No es en vano que las nuevas iniciativas brotan frente a la necesidad. Para combatir la injusticia y miseria, para detener la máquina del consumo sin fin y el ritmo enfermo de las grandes ciudades.
Quisiera brevemente referirme a tres personajes –unos gigantes- que me parece construyeron paz, fueron profetas de paz desde sus territorios y realidades muy concretas. Desde su localidad hoy son artífices y testimonio de una transformación global. Hablo de Pepe Mujica, Nelson Mandela y del cardenal Van Thuan. Mujica pasó doce años desplazándose de cárcel en cárcel, sin hablar, sin estar en contacto con su familia y casi con nadie. Mandela en condiciones terribles preso durante 28 años. Ambos se transformaron después de esa condena en presidentes democráticamente electos de sus países: Uruguay y África del Sur. Mandela recibió el premio Nobel de la Paz. Pero lo que me interesa en ellos dos es su espíritu. Es decir y ojo que creo que aquí hay una semilla inmensa de transformación y de paz, en esa fuerza para vencer la venganza. Para transformar el odio, la ira y la desesperación en bondad y esperanza. Resistencia en su máximo esplendor. Uno de los discursos de Pepe Mujica en la ONU dice: “Es posible arrancar la indigencia del mundo y marchar a la estabilidad, es posible que el futuro lleve la vida a la galaxia y el hombre, animal conquistador, continúe con su inclinación antropológica, pero…. Necesitará gobernarse como especie o sucumbirá” (2013). Dos hombres que resistieron la tortura, la violencia, la soledad y el encierro; para luego hablar de paz, de solidaridad, de esperanza y de futuro. Increíble.
El tercer personaje es el cardenal Francisco Javier Van Thuan, obispo vietnamita, muerto el año 2002 en Roma. En 1975, luego de ocho años en Nhatrang, Juan Pablo II lo nombra obispo de Saigón. Los comunistas creen que tiene que ver con un complot contra el régimen y lo toman preso en su propia residencia. Desde ese mismo día empezó a escribir cartas a su pueblo. Movido por la necesidad de actuar, de seguir: “Yo no esperaré. Voy a vivir el momento presente colmándolo de amor”. Lo que lo mueve es el momento presente, su ahora y su aquí. La cárcel y el encierro. Pasó 13 años en la cárcel y 9 en completo aislamiento. Después de esos 13 años se le prohibió volver a su sede episcopal y solo se le concedió un permiso para ir a Roma pero nunca mas volver. Así que vivió exiliado en Roma los últimos 10 años de su vida.
Los libros, recopilaciones de sus cartas desde la cárcel, solo hablan de esperanza. En uno de ellos dice: “Viviendo el presente es como se pueden cumplir bien los deberes de cada día. Viviendo el presente es como las cruces se vuelven soportables; viviendo el presente se pueden comprender las inspiraciones de Dios, los impulsos de su gracia; viviendo el presente podemos construir con provecho nuestra santidad… los deberes de cada instante ocultan bajo sus oscuras apariencias la verdad de la voluntad divina. Son como el sacramento del momento presente” (El gozo de la esperanza).

Lo sorprendente es el corazón humano: capaz de transformarse, de mutar hacia el bien, de resistir lo indecible y seguir amando. Amándolo todo y amando a todos. La invitación que es también una pregunta: ¿Cómo hacer de nuestro presente cotidiano un trabajo de paz, por la paz? ¿Cómo hacer de nuestros territorios concretos, con sus tiempos y espacios, verdaderos sacramentos del presente? ¿Cuáles son nuestros pequeños sacramentos cotidianos de paz?

III. La Justicia. Una concepción feminista y ecológica de la justicia.

Me gustaría entrar en el tema de la justicia desde otra perspectiva, desde la revolución feminista, desde la visión feminista de la realidad. Si antes nos sirvió el aparato marxista para comprender la relación entre opresores y oprimidos, creo que hoy hay dos análisis pertinentes, el feminista y el ecológico. De ahí que mi intención sea leer la justicia desde la crítica eco-feminista. De todas formas es una lectura más personal, no quiero repetir lo que ya se ha dicho.

La naturaleza.

La naturaleza habla, sin duda. Nos habla, nos interpela, nos anuncia y nos protege. Podríamos definir tres dimensiones relacionales de la naturaleza. Ella con ella misma (1), la naturaleza con el SH (2) y el SH con la naturaleza.
(1)La naturaleza consigo misma, las relaciones que se tejen en ella misma van de desde la cooperación hasta la violencia, desde el cuidado de las especies y la retroalimentación hasta la voracidad animal. Sin embargo en ella hay un equilibrio permanente, un ciclo. El agua es ejemplar, cae del cielo, nutre la tierra, permite que las plantas crezcan, corre por los ríos, y vuelve a caer. Se congela, cambia, muta, se transforma y continúa su ciclo, su recorrido. Es la naturaleza con ella misma. Dinámica, exuberante, inmensa. La selva amazónica es una manifestación de la vitalidad y fuerza de la naturaleza.
(2)La naturaleza con el SH; se relaciona simplemente desde la defensa. Ella, en ese sentido es pasiva. Está ahí. Dinámica y permanente. Dando seguridad y cobijo. Quizás por eso Jesús subía al monte a orar, porque allí había algo seguro, un paisaje inamovible. La naturaleza respecto del hombre es estabilidad. Y continúa sus ciclos independiente de nosotros. En ese sentido y es impresionante percibirlo, el hombre no le aporta nada a la naturaleza. Es raro decirlo, pero no porque exista el SH la naturaleza está más feliz que con los dinosaurios, por ejemplo. Ella es. Se mantiene. La Tierra en cuanto organismo vivo y relacional, se mantiene viva, independiente de los hombres.
(3)El SH frente a la naturaleza. Aquí la cosa cambia. El SH es totalmente dependiente de ella y puede relacionarse ya sea sacralizando esta relación, dominando y usurpándola o respetándola y aprendiendo. La humanidad ha pasado por estos tres estados, hoy por hoy probablemente cohabitamos en los tres. Sacralizamos, usurpamos y respetamos. Pues si no lo hacemos no podremos sobrevivir. Todos los especialistas y teólogos/as que trabajan la eco-teología están anunciando esta urgencia. La necesidad de respetar y aprender. Quizás aún se nos invita más a respetar que a aprender. Respetar no impide continuar con el extractivismo, sino simplemente lo hace más lento, lo regula. Necesitamos aprender, re-aprender.
Cuando fue el tsunami en Chile, la gente volvió a construir sus viviendas en el mismo lugar, algunos la levantaron un par de metros por si hubiera otro terremoto en el futuro. Alguien me dijo, como no entiende la gente que el mar no quiere que vivan ahí. Es una expresión rara, sin duda. Que sin sacralizar al mar lo sitúa en otro plano relacional. El mar habla, los campos hablan, las montañas hablan, las tormentas, los atardeceres, el calor, la neblina, las flores, los insectos… la expresión me quedo dando vueltas y me hizo pensar que era cierta, que debemos relacionarnos con la naturaleza desde el aprendizaje. La gran pedagoga es la tierra.
Por otro lado, leí una vez que el hecho de que existan los arboles es casi milagroso. Una especie que logró vencer la gravedad creciendo hacia arriba, con tamaños increíbles y follajes y ramas. Perdonen que me detenga en este tema de la naturaleza, pero allí en todo este cúmulo de relaciones naturales hay una justicia. No es posible decir que el hecho de que el tigre se coma al antílope es una injusticia. Por el contrario, es tan justo todo que forma parte leyes, normas, ciclos, dinamismos y movimientos. Todo es justo. Está situado justamente donde debe estar. El SH irrumpiendo sin respeto ha quebrado esa justicia. No ha sabido observar, esperar, aprender. Sobre todo la humanidad de los últimos siglos.

El feminismo.

La crítica feminista al sistema es, siguiendo lo anterior, una rebelión contra la injusticia. El grito colectivo de indignación frente a la dominación y el poder. El mundo y también gran parte del mundo bíblico ha sido construido por varones y para varones. Aquí habría mucho que decir y quizás debería decirlo una mujer, así que les pido permiso para hablar de esto. Me quedo con la frase de una feminista chilena para ilustrar esta revolución: “Se trata de una rebeldía social que busca combatir el estado de injusticia y sumisión en el que las mujeres han vivido históricamente” (Julieta Kirkwood).
¿Qué es lo nuevo que el feminismo aporta en la construcción de la justicia? Esa es nuestra pregunta. Aquí distingo tres dimensiones: la rebeldía, la vitalidad y la acogida. Vamos viendo.

La rebeldía no es propiamente algo de la mujer, pero si del feminismo. La crítica sistémica proviene de la rebeldía de mujeres que se levantan contra el patriarcado, contra una construcción jerárquica y dominadora de la sociedad. La mujer convoca no dirige, orienta no manda, entiéndase lo que queremos decir. Obvio que ella dirige y manda, pero no al modo del varón, no desde la agresividad, no desde la fuerza. El feminismo dice no a esa violencia. Se rebela contra el poder sin razón, contra lo bruto, lo no-pensante de la sociedad. Interesante esto, pues el feminismo viene a mostrar una sociedad más inteligente, más dialogante, más abierta al debate de ideas.

La vitalidad está ligada a la fecundidad. A todo lo que tiene que ver con la vida, con dar vida, con cuidar la vida. La revolución feminista es la revolución de la fecundidad, del nacimiento. Lo nuevo viene de la mujer. El Mesías, como culmen de la novedad histórica, vino de mujer. Por María la paz y la justicia vinieron al mundo. No a través, gracias a. Hay que sacarse la idea de una María pasiva. Todo dependía de ella, de su libertad radical. María podía negarse. Su sí revolucionario constituye una apertura total a la justicia de Dios, a lo imposible de Dios. El sí mariano es el nacimiento del nuevo Dios, de la nueva relación de Dios con la humanidad. Pienso que aún debe explorarse más este acto feminista. Por lo tanto la vitalidad es resistencia, es sobrevivencia. La mujer resiste mucho más que el varón. Por su constitución misma, por su no-brutalidad.

Y lo tercero, la acogida. El feminismo viene a traernos tiempo. Nos habla nuevamente de espera. De paciencia, de procesos. Los nueve meses de embarazo son la manifestación más potente de la espera, de la acogida y la empatía. Nunca el varón va a comprender la empatía feminista, la compasión que habita la mujer. Simplemente porque no posee esa experiencia y su carne-cuerpo no está preparado para ello. Ya les decía el año pasado que las rajamim de Dios, su misericordia es su útero. Rajam en hebreo es la palabra para decir compasión, misericordia y también el órgano que trae la vida, que alberga la vida: el útero, las entrañas femeninas.
Saquemos las consecuencias entonces de estos dos lenguajes, el del feminismo y el de la naturaleza. Varias consecuencias serán de ustedes, yo solo quisiera en este último día intentar sintetizar un poco lo dicho en tres aspectos, que como dije al inicio solo son ingredientes que ustedes deberán coser y cocinar después:

Una experiencia mayor de observación.

Este primer aspecto proviene de la naturaleza, de esa nueva relación y aprendizaje que la naturaleza nos pueda proveer. Eso implica acercarse más a ella. Es evidente que no todos vivimos cerca de espacios naturales, bosques, huertas, campos, animales… pero necesitamos volver a sensibilizarnos. La naturaleza es una escuela. De ella y de la observación podemos aprender el ser cooperativos, la colaboración, podemos volver a experimentar la necesidad del otro, de lo otro. La naturaleza nos invita a observar, es decir a desarrollar la capacidad de asombro, de descubrimiento más que de conquista. Re-descubrirlo todo en tiempos en que parece todo estar hecho. Falso. Todo está por hacerse.
Hacernos más observadores es ser más contemplativos. No en el sentido estático o monástico. Sino en lo que los filósofos definían como un estado del alma en el cual me dejo afectar. Así, observar es dejarse afectar, tocar y conmover. El o la contemplativa es aquella que deja que lo distinto entre para modificarla, sus categorías, ideas y rigideces. Para Platón las palabras para decir asombro son dos: Pathos y Thauma, es decir: pasión y maravilla. El asombrarse tiene que ver con los afectos, aquello que nos afecta y con lo maravilloso, lo bello, lo admirable. Thauma, como decía un teólogo de Brasil, está ligada a Trauma. Lo que nos maravilla produce algo en uno, modificándonos. Un trauma positivo. Educar nuestra capacidad de observación nos ayudará a ver más, mejor, más lejos. A dejarnos afectar por las maravillas de la vida, las grandes y las pequeñas, las de otros y las de nuestro cotidiano. Resumiendo, la crítica ecológica entre muchísimas cosas nos impele al asombro y a agudizar nuestra capacidad de reacción, a ser personas y creyentes que escuchen más, que se detengan, que contemplen, que reflexionen. Y no tanto a ser francotiradores contra todo o al contrario, vivir de un buenismo ingenuo que acepta todo.

Una espiritualidad de la compasión y la empatía.

Tanto la crítica ecológica (eco-social) como la feminista nos advierten de una de las manifestaciones más hermosas y fuertes de la revelación de Dios. Y del Dios-en-la-carne, Jesús. Es tiempo de seguir fortaleciendo una “justicia compasiva” o una “misericordia justa”. Compasión y justicia se alimentan, se necesitan. La pura justicia sin compasión puede devenir en autoritarismo dictatorial, en violencia y guerra. La sola compasión sin justicia en humillación y masoquismo. El cristianismo y su fuente judía están fundamentadas en ambos pilares. Los salmos aquí son un emblema: “Nuestro Dios es justicia, piedad; Él es compasión” (116, 5), “Él es ternura y piedad” (102, 8). Dicho de otro modo, la compasión es uno de los nombres de la justicia.
Toda la praxis de Jesús de Nazaret es compasiva y justa. Aquí los ejemplos y palabras sobran. Tanto el feminismo como la ecología nos vienen a situar en esta vertiente. Probablemente porque están vinculadas a la maternidad, no solo a la biológica. Al instinto de protección, defensa de la vida, acogida, fecundidad, nutrición. Jesús nutre a los pobres y sufrientes, los alimenta, los llena del pan de la esperanza, del banquete de la alegría. Nutrir es acto de justicia, por eso la comensalidad también es crucial en el movimiento de Jesús. Sentir con el otro/otra. Padecer juntos, com-padecernos. Todas expresiones que van esta línea, donde la fuerza y la violencia, la agresividad y el autoritarismo, el patriarcalismo y el extractivismo –rostros masculinos del sistema enfermo; deben ser contrarrestados con la ternura y la espera, la acogida y el sentir con el otro. Dos ilustraciones de estos últimos días que uno podría decir son el contraejemplo de una espiritualidad de la compasión: el desastre en Brumadinho, Brasil y el ataque continuo a la situación en Venezuela. Una espiritualidad de la compasión sobre todo busca escuchar al otro, no dar respuestas a todo, acoger y empatizar con el sentir, incluso cuando este sea contrario a mis ideas. Compatir (com-pathos) es entrar en el caos del sufrimiento del otro. Por eso no es una espiritualidad racional o que nace de la mera razón intelectual, nace de otra razón, de la inteligencia de las entrañas, del centro que es el corazón y que posee otra razón. La razón compasiva tiene dos movimientos: la afección y la acción. La injusticia nos duele, nos afecta, produce algo en ese interior humano y nos mueve a la acción, que va desde la acogida, la compañía, la escucha silenciosa, la presencia, hasta la lucha, rebelde e indignada, contra la injusticia. Y, esto es importante, la compasión como es una razón posee sus propios juicios y fundamentos. Nadie es compasivo así nomás. Debe haber una visión de mundo. De ahí que cuando la esclavitud no era una pregunta ni un problema eran pocos los que se compadecían ante la injusticia padecida por el esclavo. Hoy sería raro no empatizar. Solo corazones insensibles y egoístas. Nuestro “juicio” está centrado y concentrado en Jesús. Él es el criterio para juzgarlo todo. Resumiendo, necesitamos para batallar y resistir, cultivar una espiritualidad de la compasión, ella se forma y es nuestra tarea hacerlo. Esta espiritualidad tan propia de Jesús nos sorprenderá con actos inesperados de entrega y amor, con gestos meta-éticos de misericordia y abandono. Nos llevará a estar en un segundo lugar acompañando a las víctimas de la historia. Stella Morra, teóloga italiana dice que la “Iglesia no puede contentarse con la justicia, sino que debe mostrar la sobreabundancia simbólica de la misericordia” (DNC 167). Podríamos ampliar esto más allá de la Iglesia. Nosotros como creyentes en el corazón de las masas debemos ser agentes de esta sobreabundancia del amor perdonador. Aquí cabe mencionar que la misericordia es siempre una relación, brota en nosotros muchas veces por haber sido quienes recibimos misericordia. Quien ha experimentado esto en su vida se vuelve sensible a ello, si nuestra experiencia cristiana fundante ha sido la de sabernos amados desde nuestra fragilidad y pecado (esto es la misericordia) nos volvemos misericordiosos frente a la miseria del otro, frente a la humanidad herida, dañada e incompleta.

Una vida más creativa y libre.

Tanto la crítica ecológica como la feminista apuntan a una mayor libertad. La estructura familiar, eclesial y social está más bien organizada desde una racionalidad masculina que tiene que ver con jerarquías, estructuras pesadas, un fuerte derecho legislativo y personalismos acentuados. La naturaleza, como vimos, nos invita a la colaboración, a la corresponsabilidad, a la ayuda mutua, a la expresión de los sentimientos, al cariño, a la mezcla, hospitalidad y coexistencia mutua y plural ¿Cómo podemos conformar una resistencia más patética (y poética) y menos jurídica? Lo mismo lo pienso para la Iglesia y nuestras comunidades, ¿Cómo organizarnos más desde la fragilidad y la colaboración, que desde figuras emblemáticas y carismáticas? En esta línea diré una burrada, pero ensalzar figuras, incluso la de Romero y otros próceres responde a una racionalidad masculina. La crítica feminista debe corregir esos sesgos religiosos. Deben mostrarnos aun con más fuerza que la comunidad está antes que las individualidades que enmudecen. No es tarea fácil y en alguna medida puede asustar, dejarnos con una sensación de incertidumbre. ¿Cómo es? ¿Qué es?
Por eso debemos crecer en libertad, cultivar un cristianismo mucho más creativo. Pienso que el papa impulsa esto, pero aun torpemente. Por un lado dice que quiere una Iglesia abierta que se arriesgue y equivoque; que incluso modifique sus prácticas, sus pastorales, sus formas de misión, sus horarios… (EG es un gran llamado a la libertad pastoral) “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (n° 49). Parece que aún no nos tomamos en serio estas palabras. Pero por otro lado aparece rígido respecto del celibato, autoritario con curas y obispos, ambiguo respecto de opiniones sobre las victimas de abuso. No queda claro cuanta libertad está dispuesto a otorgar y recibir. Quiere dar protagonismo local, pero es El quien “corta él pastel”. Hace unos meses en una pequeña conversa con Marcelo Barros, teólogo brasilero, le preguntaban por qué tipo de Papa soñaba o deseaba para la Iglesia, él respondió “sueño una Iglesia sin Papas”. Descolocó a todos, pues pensábamos que diría lo feliz que estaba con Francisco. Él fue más allá. Fue libre y creativo.
Una vida así, es una vida más fecunda, sin miedos ni trancas. Jesús fue completamente libre y creativo, respecto a la religión en la que él había sido formado, frente a la institución política de su tiempo, frente a las relaciones humanas establecidas. Y no lo hizo, como algunos dice “porque era Jesús”, lo hizo para mostrarnos el Camino. Lo hizo para mostrarnos que esa vida es posible, que es la vida bienaventurada y que ese camino es el que nos otorga mayor felicidad.
No olvidemos que lo que está en cuestión es la forma de vida actual. Y la búsqueda por aquella vida acorde al Evangelio, una vida que nos situé en la órbita del Reinado de Dios. Esta forma es la que debemos, sin cansancio, buscar, cuidar, proponer. Con creatividad preguntarnos, ¿qué ministros/as? ¿Qué liturgias? ¿Qué practicas? ¿Qué formas para la toma de decisiones comunitaria? ¿Qué símbolos que hagan sentido a los/las jóvenes y nuevas generaciones? ¿Qué prioridades locales y transversales? ¿Qué formas de oración?

Stella Morra en un librito llamado “Dios no se cansa”, propone que la “nueva” forma eclesial debe ser la misericordia. Y dice que “para practicar la misericordia es necesario vestir la ropa del otro, no basta solo la intención. Es necesario estar dentro de una relación en que acción y emoción no impidan, sino que produzcan un pensamiento” (DNC 146). La lógica de la misericordia está ligada a los procesos, al tiempo, al camino. En ese sentido, el camino es ya el resultado.
El testimonio de Jesús nos dice que “permanecer fieles a la promesa es más fuerte que la propia vida” (DNC 157), entonces la pregunta para nosotros será: ¿a qué promesa debo permanecer fiel? ¿Cuál fue la promesa que Dios me hizo, a mí y nuestra comunidad, a mi familia y mi pueblo? Recordemos ese llamado a la fidelidad concreta, cotidiana, de todos los días con todas las personas de ese día, en Lucas 16, 10: “Quien es fiel en lo poco, es fiel en lo mucho; quien es injusto/deshonesto en lo poco, es injusto/deshonesto en lo mucho”.
Es muy interesante constatar que la infidelidad en las Escrituras Hebreas tiene más que ver con no llevar a cabo la verdad de la Alianza, que con una acción moral de otro carácter. Ser infiel es no transitar la historia de la salvación, traicionar la alianza con Dios (Ez 16). Es decir, vale revisar nuestra propia historia de salvación, nuestra adhesión a la Alianza con Dios. Y desde ahí verificar nuestros caminos, opciones y prácticas personales. ¿Qué historia estamos construyendo? ¿De qué narrativas de “buena nueva” somos parte? ¿Qué forma damos a la misericordia?

Una teología impertinente

Hacer teología en el siglo XXI debe ser una tarea impertinente. Cuando nos planteamos el desafío de hacer un libro colectivo lo hicimos con una convicción pretensiosa: aportar al debate y al dialogo socio-político en Chile. Lo hicimos como se hacen las cosas del Evangelio, de manera sencilla y comunitaria. Movidos por una escuela que en América Latina es un verdadero tesoro, aun en nuestros días despreciado, marginado, vilipendiado: pensar desde los pequeños. Es decir ponernos en los pies de los pobres y sufrientes y desde allí, como dice una teóloga, “osar la palabra” creyente.

Esta escuela en la ladera sur del planeta comenzó en el siglo pasado entre catacumbas y Concilios, entre luchas armadas y revoluciones, entre Conferencias Episcopales y una fuerte toma de conciencia del pueblo pisoteado. Lo que el Espíritu de Jesús hizo acá fue impensable. Ni el mismo Espíritu sabía lo que hacía. En esta Escuela se formó un Romero, un Camilo Torres, un Ernesto Cardenal, una Rigoberta Menchu, un Helder Cámara, una Dorothy Stang, y miles de comunidades. Lo que pasó es que el pueblo creyente empezó a hablar. Hablar con los labios, con el canto, con los puños y con la danza. El pueblo empezó a leer, leer la Biblia, leer los Evangelios, leer los signos de los tiempos, leer las injusticias y miserias en las que se les tenía.

Llega a ser, sin duda, increíble que esta corriente de pensamiento (que es más amplia que la teología), primero siga viva y segundo siga siendo de minorías. Digo que siga viva porque se hizo lo imposible por silenciarla. Se movieron piezas, se expulsaron y censuraron profesores, se marginalizaron líderes, se desmembraron comunidades de base. Se borró de libros oficiales y se mantuvieron en las catacumbas a mártires y santas de a pie. Una limpieza, haciendo creer que esto no era palabra de Dios, que esto era manipulación ideológica. Qué pena ellos que no habían leído a Gamaliel.

Y que sea de minorías… cuando se ha tratado y se sigue tratando de una Buena Nueva. Esta teología, es decir este pensar y hacer, esta palabra y praxis quiere liberar a todos los hombres y al hombre todo. Pero claro, esto apenas se esboza en homilías, catequesis, primeras comuniones o matrimonios. Como un mundo paralelo. Sabiendo que persiste en su cercanía a los pobres, presente en agrupaciones de base, compartiendo con comuneros y jóvenes olvidados. En el siglo XXI todavía se puede escuchar el “hermana usted está haciendo política”, “padre dedíquese a celebrar la misa”. Esta Teología impertinente busca dejar de celebrar misas. Dejar de adorar dioses insensatos llenos de seguidores en su facebuk. En su diosbuk. En su Instadeus o Instamisa.

En esa corriente hemos querido entrar. Hace rato desde el sentir y el actuar, ahora desde el pensar. Desde el hacer teología. Uno de las frases que más me llaman la atención de los Seminarios de Formación Teológica de Argentina, es el “somos pobres y hacemos teología”. El sujeto teológico es el pobre, el laico/laica, el campesino, la mujer, el indígena, el trans, el niño. Rostros actualizados del Cristo de Mateo 25.

Hacer teología desde allí es romper con el lenguaje tradicional, consiste en atreverse a cuestionar lo que se ha mantenido incólume, no por un mero afán rebelde, sino porque el estatus quo y sus discursos políticos y religiosos, sociales y económicos nos tienen así: ahogados al borde del colapso. Nos tienen ad portas de consumirnos junto con el planeta, nos tienen migrando kilómetros y kilómetros con nuestros hijos en brazos, nos tienen en el engaño y la falsedad, en países destrozados y colonias imperialistas. Nos tienen, y esto es grave, lejos del amor. Lejos de la belleza y la compasión. Si la teología en cuanto discurso y praxis inspirada en el Nazareno no modifica en nada esto, ni siquiera cuestiona las estructuras de patriarcado eclesial, militar, familiar y cultural entonces es mejor que siga encerrada en sí misma como un saber cómodo y demasiado conforme con sus peipers. Una teología que hoy no es impertinente tiene otro nombre: charla de bautismo, curso de oración, consagración a la virgen; pero no teología.

Ronaldo Muñoz pertenece a esta escuela y, junto con muchas y muchos nos inspira, nos desafía, nos empuja, nos incomoda. Los problemas sociales deben –porque el Evangelio nos moviliza- ser pensados desde la fe. La teología latinoamericana y esta, hecha en Chile, nos impelen a pensar esta tierra plurinacional tan llena de heridas. Los cristianos no pueden estar tranquilos en sus capillas y sacristías diciendo amén. Mucho menos apoyando movimientos racistas, clasistas, espiritualistas, moralistas, xenófobos y violentistas. Eso no tiene nada que ver con Jesús. Nada. La teología impertinente de Jesús invita a abrir los brazos, abrir la mente, abrir la palabra y los gestos para compartir vida, para enredarse y equivocarse. Para transformar estructuras y modificar prácticas y hábitos sin sentido ni significado.

Quizás le estamos pidiendo mucho a la teología. Quizás le estamos pidiendo lo que ella nos regaló con teólogos como Agustín, Tomás, Atanasio, Gregorio, con las teólogas místicas alemanas, Hildegarda, Matilda, Gertrudis, la mexicana Juana Inés, Libanio, Víctor, Leonardo, Juan Luis, Ivonne, Madeleine, Etty, Clotario…. Y tantos y tantas impertinentes que no podían callar aquello que el Espíritu les había comunicado.

En estos tiempos secularizados y de crisis institucional, la teología también se resiente. Pero quizás se resiente aquella que ha monopolizado facultades y púlpitos, enciclopedias y mensajes navideños de whatsapp. Pero no la teología resistente que ha resistido en las calles y procesiones, la que se sigue vinculando en círculos populares y catacumbas postmodernas; esa que lleva 50 años alimentando el retiro de Pirque y celebrando Medellín; la que no necesita títulos ni cátedras y que bueno que así sea porque se alimenta del Señor de los pobres, el sin-títulos, el sin-cátedras.
De ese modo, la hermosa y desafiante tarea del quehacer liberador de la teología sigue siendo la bandera de esperanza de muchos y muchas, al menos de nosotros.

Medellín, un vuelco para América Latina

Este año en toda nuestra América indo-afro-latina estamos celebrando un acontecimiento único: los 50 años de la Conferencia Episcopal de América Latina y el Caribe. Pese a ser un evento eclesial, la magnitud de lo que significó impide reducirlo solo a eso. Medellín provocó una verdadera revolución -a veces opacada y silenciosa- en otros campos: social, político y económico. Vamos viendo. El año 1968 los Obispos de América Latina y el Caribe se reunieron en la ciudad colombiana de Medellín para “acoger” las líneas, documentos y espíritu del Concilio Vaticano II que había concluido recién en 1965, después de 7 años de realización (anunciado el 59 por Juan XXIII). Más que acoger consistía en aplicar. Esta es una palabra clave para entender todo lo que se generó.
Medellín, en cuanto evento se enmarca en un proceso global en occidente: la primavera de Praga, mayo del 68 en Francia, el movimiento de rechazo a la guerra de Vietnam, nuevas búsquedas culturales y políticas… En ese marco la Iglesia de este lado del planeta se reúne para repensarlo todo, o casi todo en verdad. Eclesialmente ya había movimiento. Se gestaba la Teología de la Liberación (el libro cuyo título bautiza el movimiento es del año 71 por el peruano Gustavo Gutiérrez), el cristianismo se vinculaba al sindicalismo y los trabajadores, la Biblia se acercaba al pueblo, la acción pastoral se insertaba en la vida política y social de las comunidades, la educación popular de Freire abría los ojos, los curas obreros se iban sumando… Allí es dónde Medellín adquiere una fuerza inesperada.

Medellín fue más allá del Concilio, superando la auto-referencialidad de la Iglesia y poniendo en el centro el proyecto de Jesús: el Reino. Por eso para muchos Medellín constituye el bautizo de la Iglesia Latinoamericana y Caribeña, es un acontecimiento fundacional. Sin querer alargarme mucho quisiera contarles los ejes principales de Medellín: la liberación como lucha de libertad y autonomía socio-política y económica. Una liberación integral del ser humano. Como segundo eje está la centralidad del pobre. Se reconoce que los pobres son el centro y que deben ser sujetos de su propia liberación. Medellín reconoce que sujetos nos hacemos juntos y que juntos luchamos contra la pobreza que destruye y deshumaniza. Nace así la formulación eclesial de la opción preferencial por los pobres que ha causado tantos problemas -interesados- y riquezas. Por último, brota con fuerza la necesidad de una Iglesia de base, la iglesia pequeña y no aparatosa, la Iglesia de los pobres: las comunidades eclesiales de base, verdaderas comunidades socio políticas y espirituales repartidas por toda América. En ellas se gestaron resistencias y memorias y se formaron líderes políticos y sociales de gran envergadura. Es imposible no decir dos cosas más: No habría sido posible Medellín sin el estándar ético de los Obispos de ese entonces, verdaderas personas de bien comprometidas con el pueblo sufriente y el evangelio humilde; entre ellos el chileno Manuel Larraín. Y el costo que toda esta revolución causó. Muertos y sangre. Nuestra América está llena de mártires que dieron su propia vida (en la Iglesia y fuera de ella) por un mundo mejor, más justo y feliz; asumiendo la causa de los pobres -emblema de Medellín.

Se han cumplido 50 años de esto y pareciera, así dando una pincelada por arriba, que en Chile queda poco de Medellín. Digo por arriba pues en las bases -por muy pequeñas que sean- aun respira esa Iglesia de la opción por los pobres, aun palpita esa espiritualidad ético-política. En todo nuestro continente habrá conmemoraciones, actos, reflexiones; aquí mismo en Chile en los meses que vienen. Yo vengo llegando de San Salvador, tierra empapada de sangre martirial y de esperanza, tierras de los jesuitas asesinados en la UCA y del santo obispo Oscar Romero, martirizado el año 80 y canonizado ahora el próximo 14 de octubre por el papa Francisco. Nos reunimos mas de 600 personas de todas partes a celebrar y actualizar este acontecimiento de Medellín. Los llamados padres de la teología de la liberación estaban allí: Leonardo Boff, Jon Sobrino, Pedro Trigo, y Gustavo Gutiérrez en video conferencia desde Lima. Testigos de la primera hora como Cecilio de Lora y nuevas personalidades desde la ecología, el feminismo, la espiritualidad, los movimientos sociales, los pueblos indígenas, hombres, mujeres, jóvenes, todos allí soñando llenos de utopía esa sociedad sin excluidos ni marginados, sin desechados. Leyendo el mundo desde lo decolonial, desde abajo, desde el sur. Alimentando y compartiendo esperanza en medio de la crisis ecológica, de la cultura de abusos y opresión. Desde El Salvador y Medellín nos preguntamos por Chile, ¿Qué nos ha pasado aquí? ¿Qué opciones vamos a tomar? ¿Tendremos la lucidez y valentía de poner en el centro al pobre? ¿Daremos el giro a esa Iglesia de rostro feminista que necesitamos? ¿Nos pondremos de una vez por todas en el lugar de las víctimas, que es el lugar del mismísimo Dios? Es tiempo de combatividad. De que la indignación ética se tome la palestra eclesial y social. Medellín respondió a su tiempo y de alguna forma nos sigue empujando aquí en estas tierras morenas a seguir respondiendo. Como nos interpeló Pilar Aquino (teóloga feminista mexicana): “no tenemos permiso para callar”.

Ciclón Francisco, huracán Scicluna

Del caos viene lo nuevo, del terremoto la posibilidad de reconstruir la casa, de buscar otros terrenos y de alguna forma recomenzar. El filósofo judío (y muy cercano al cristianismo) y lúcidamente original Franz Rosenzweig decía que el cristianismo era la religión del recomienzo, del siempre volver a empezar. No circularmente, sino en un espiral de vida y muerte, de muerte y resurrección, de búsqueda y encuentros, de no-ver y ver de otras formas. Lo que se ha producido a partir de la visita de Francisco ha sido inimaginable. Inesperado. Sabemos que Francisco sólo llegó a encender una chispa que los sobrevivientes de Karadima y el grupo de laicos y laicas de Osorno estaban preparando hace años y el «caso Maristas» permitió dilusidar. No deja de ser impresionante lo que este ciclón eclesial y social ha desnudado: abusos, encubrimientos, desfachatez, delitos, pecados, torpeza, autoritarismos, manipulación, cegueras, incoherencias, negligencias, vicios, perversiones… y con seguridad falta aún. Falta que la podredumbre se muestre y/o se des-cubra. Falta. Y falta que de a poco vayamos viendo luces, percibiendo la vida que no se ha dejado abusar, los rostros y comunidades y agrupaciones y pequeños reductos que no han podido ser pisoteados por el poder, el dinero, el olvido, los moralismos castrantes y los espiritualismos alienantes. De a poco nos hará bien comenzar a mostrar luces, espacios de amor y compasión, trincheras de humanidad. Soy testigo de ellas. Los sobrevivientes y los pobres nos pueden dar clases de ello. Pero, ¿Qué sucede con esos espacios ritualistas sin corazón ni espíritu critico? ¿Cómo seguir tolerando esas dinámicas de mal trato y humillación dentro de comunidades religiosas, dentro de las iglesias? ¿Cómo no rebelarse ante el autoritarismo con rostro de varón y los horribles machismos introyectados en víctimas de todo tipo? ¿Cómo no empezar a ver aquello que nos tenía ciegos: relaciones afectivas extrañas, insanas, «chorezas» que son verdaderas manipulaciones esclavizantes? Por Chile ha pasado un huracán. Es el ¡Nunca más! eclesial. Falta hace que pase por los sistemas políticos, por ciertas concepciones educativas, por familias y relaciones laborales corrompidas y deshumanizantes. Falta hace. El ciclón sigue dando vueltas. En Chile no hay «olor a oveja», sino olor a una herida que sangra y lo seguirá haciendo mientras no nos rebelemos contra estas sombras que han ocultado los pequeños soles ofrecidos.

(publicado en The Clinic, Jueves 23 de agosto)

 

Crisis de Cordialidad

Simplificando un poco las cosas, uno podría referirse a la sociedad y sus instituciones de dos maneras: en torno a relaciones instrumentales o en torno a relaciones cordiales. Todo lo que tiene que ver con la primera está basado en el uso (y abuso), la recaudación y la producción. La segunda, más bien con la gratuidad, la mutualidad y el don. Es obvio que la mayoría es una maraña de ambas, pero también es claro que hay ejes movilizadores, motores, ideas fuerzas que muchas veces de manera implícita empujan y manejan los engranajes. La Iglesia debería, y digo debería bajo el supuesto (o premisa) del mandamiento divino, pertenecer a la segunda categoría. Ser una institución eminentemente cordial, donde las relaciones se sustentaran en el cuidado, el cariño, la entrega y el servicio. No en los resultados, la eficiencia o las ganancias. Mucho menos construirse en torno al miedo, la imagen y la defensa. La crisis puede verse de muchas maneras y agarrarse de varias aristas, una de ellas es el corazón (cordis), la cordialidad, núcleo del cuidado y la ternura, centro de la compasión. Sin corazón sólo hay esquemas, cifras y organigramas. Sin corazón hay gente y no seres humanos, una masa informe y sin rostro y no una común-unidad. El corazón del hombre puede enfriarse y morir; así mismo el cordis de las instituciones. La crisis de la Iglesia chilena corresponde a la agonía de su corazón. Y esta agonía no tiene más explicación que la falta de amor. Se dejó de amar. De amar a los pobres, de amar a los jóvenes y ancianos, de amar a la mujer, de amar la naturaleza, de amar el amanecer y las estrellas, la Ñuke Mapu; de amar a los pueblos indígenas y de amar a los niños de Chile. Se dejó de amar la misión de Jesús. Nos olvidamos del otro. La Iglesia dejó de amar. Recordemos que aquí hablamos de «la institución», aquella estructura de decretos, derecho, instrucciones, reglamentos y jerarquía, ese «mono» de flujos y permisos y censuras y obligaciones. Ese elefante de la historia. Pues es de sobra sabido que cristianos y cristianas de a pie, rebalsadas de cordis, rebosantes de amor y cariño, los hay -y entre ellos muchos curas y monjas. Y allí están, batallando por levantar un muerto o construir otro. Me recuerda una frase de Gramsci que leí hace poco: «al viejo sistema enfermo le cuesta morir y el nuevo que surge tiene dificultades para nacer». Hace tiempo que estamos ahí. En ese intertanto. Es «la estructura» y todo lo que ella conlleva la que se ha decretado en desahucio. ¿Por quién? Por el propio corazón. Hemos descuidado el cuidado y el corazón infartado ya no aguanta ningún marcapaso más.