¿Se puede ser católico y millonario?

Nos enfrentamos a una pregunta incómoda y compleja de responder. Incómoda, porque de hecho hay muchos –o muchísimos- católicos millonarios (o millonarios católicos). Y compleja por dos razones, primero porque habría que entrar a definir “millonario” y desarrollar una especie de “camino a esa categoría”, en el sentido de que las riquezas se pueden haber heredado o haber sido el fruto de años o décadas de trabajo familiar u otros canales. Y, segundo, porque también de hecho, las riquezas seducen, hipnotizan, atraen. Hay algo en ellas vinculado al poder, a las posibilidades, a los sueños; a tantas cosas asociadas que sería iluso pensar que alguien no quisiera en su vida poseer una riqueza gigantesca. Dicho eso nos aventuramos a una posible respuesta, que como intuirán es más bien negativa. No se puede ser católico y millonario. Aquí no hay un juicio, mucho menos sobre la persona concreta. Alguien que posee grandes cantidades de bienes puede ser muy bondadoso, generoso, desprendido, muy amigo de sus amigos, dadivoso –incluso desde el anonimato-. Todo ello es loable y da chispazos de esperanza. Son testimonio de que no está “todo dicho”. Sin embargo, hay dos cosas que tomar en serio: la aseveración de Jesús de Nazaret (padre del cristianismo, y del catolicismo, si se quiere) y el contexto. Vamos a ello.


La afirmación de Jesús en Mateo 6, 24 (y en Lucas 16, 13; calcadas; lo que nos hace pensar que viene de una fuente anterior (Q) o de algún dicho de Jesús que habría calado hondo en sus primeros auditores) es tajante: no se puede servir a dos señores. “No se puede estar al servicio de Dios y del dinero”. Podríamos embarcarnos en la discusión si el millonario católico es realmente esclavo o sirviente de sus riquezas, pero eso es un callejón sin salida que quedará como una interrogante para el propio millonario, y serán sus actos concretos el testimonio veraz de su respuesta. Lo que es claro es que ambas cosas no andan de la mano. Quien tiene desea más y si puede lograrlo probablemente lo hará. El discipulado de Jesús tiene más que ver con lo pequeño, con lo sencillo, con el abandono, con el compartir(se), con la solidaridad (ni asistencialismos ni paternalismos ni padrinazgos). Ser católico es seguir a un hombre pobre y campesino llamado Jesús, es vivir y encontrar allí la plena felicidad en el amor de una vida compartida, entregada, donada por los demás y para los demás. La sobreabundancia de riquezas no van de la mano a una vida sencilla, evangélicamente pobre, humilde; grandes extensiones de tierras, fundos, haciendas, automóviles de última generación, lo mejor de la tecnología, yates, viajes por doquier en los mejores hoteles…. No van de la mano a una autentica vida cristiana. En algún momento el (o la) millonario católico deberá optar, hacerse cargo del mandato de su Señor, responderle al Maestro: ¿Qué has amado? ¿Qué has defendido? ¿Para qué te has desvivido? ¿Por quienes? Y con una mano en el corazón, mirando a su Dios, deberá responder.


Luego, el contexto actual. Muchas veces he pensado, mirando las riquezas del millonario católico, cómo no hacerse cargo de la miseria de nuestro país. Cómo no preocuparse –¡de verdad!- por la salud paupérrima de tantos, cómo no construir la anhelada escuela, reparar las viviendas de emergencia en la que viven miles en Chile; cómo no darse cuenta de las posibilidades de transformar tantas realidades; cómo no becar a miles de jóvenes porque sí, cómo no pensar -¡de verdad!- en mecanismos de inclusión social, en políticas (economías) de justicia social; cómo no comprarle esos remedios impagables a la joven enferma de cáncer, cómo no hacerse cargo de la miseria de tantos adultos mayores en Chile, cómo no soñar. No se trata de discutir políticas sociales o el rol de Estado; o qué beneficios a largo plazo pueden tener acciones concretas como las nombradas. No hablamos de teoría política o económica; hablamos de ojos que no ven, de corazones que no sienten; hablamos de miles de posibilidades no realizadas. Pareciera que muchos lo piensan, pero el bolsillo y las cientos de justificaciones (familiares, largoplacistas, porsiacacistas…) son más fuertes. Y la realidad sigue parcialmente igual, el contexto se impone: los vecinos siguen haciendo lo imposible por reconstruir la pequeña vivienda que el incendio se llevó, mientras Ud., hermano católico millonario descansa en las cumbres andinas. ¿Qué dejar?, ¿Qué hacer?, ¿Qué no hacer? ¿Qué priorizar? Eso lo verá cada uno. Yo me contento con que no pase por el mundo (¡y la Iglesia!) sin mirar al Chile real en el que le tocó nacer, vivir, estudiar, descansar, trabajar… ese que está a las orillas de la Costanera Norte, ese que siente en las capillitas del sur turístico, ese que Chilevisión ataca criminalizando, ese que hace años espera su hora en el hospital, a ese que aun luchando (y sacándose la cresta trabajando) le han arrebatado sus sueños. Ser católico es saber mirar, y mirando llenarse de compasión, y sintiendo ese malestar en sus entrañas: actuar. Do it.

Hannah Baker y la razón que faltaba

Últimamente se ha especulado sobre esta interesante serie de Netflix (basada en el libro 13 reasons del novelista norteamericano Jay Asher). Si bien hay varios lugares comunes, que quizás son comunes en su adecuada versión de historia de adolescentes; no deja de ser una serie que da qué pensar. Son varios los temas que sería interesante discutir y profundizar, solo nombro algunos: la absoluta ignorancia de los padres respecto a lo que viven en realidad sus hijos, el acoso –en todas sus versiones- que sufren ciertos jóvenes a diario, la violencia de la educación tradicional –o aquella producto de relaciones de subordinación, el exceso contemporáneo, la reproducción de estereotipos y la exclusión de lo distinto… Todo ello y más construido de una manera persuasiva, creativa e interesante (probablemente gracias a uno de sus productores: Steve Golin [spotligth, The Revenant, Babel, Eterno resplandor de una mente sin recuerdo…]).
Solo quisiera referirme brevemente a dos temas: ¿Una incitación al suicidio? y La referencia a Dios. Sobre el primero, el más polémico por cierto, me parece que la serie no lo es en ningún caso. La construcción del relato (¡es una serie!) no pretende ser una apología del suicidio, sino la dramática historia de una joven perdida, maltratada y desamparada. Ello vivido con una intensidad desmesurada (propia de una etapa de la vida de todos) y con una personalidad auto-centrada y ensimismada (también propio de ciertos caracteres). Nada del otro mundo. Sin embargo, creo que la clave –que produce toda la confusión respecto al fin de la serie- es la construcción del relato: lúdico y misterioso. Casi como un caso juvenil de Sherlock Holmes. La serie invita más al secreto/complicidad (del mal) que a otra cosa, a ese pacto juvenil vicioso en el que los adultos quedan fuera; a esa especie de desconfianza respecto al padre incapaz de comprender el tormento adolescente y a una cierta vida de apariencias: caretas y falsas imágenes (y auto imágenes) estereotipadas que necesitan ser defendidas a toda costa para encajar en un mundo construido sobre ellas. Hannah Baker no construye su propia apología del suicidio, sino un misterio por resolver, una trama (las grabaciones que se suceden en orden) lúdica (los cassettes en un mundo wifii) en la que ella involucra a todos los que la dañaron en el camino. Hannah construye un macabro juego con su propia muerte, invitando a jugar a aquellos que –según ella- se la provocaron. De esa forma, todos somos cómplices.
Respecto a Dios, una ausencia absoluta. Salvo expresiones gringas (oh my God!), Dios no salva ni sana. Dios no aparece ni al inicio del camino de asperezas de Hannah, ni mucho menos cuando Él podría haber sido la referencia salvífica en su oscuridad; la última e única salida (aquí habría mucho que profundizar, pero eso lo dejo para otra columna). No hay Iglesias ni rezos, ni personajes religiosos. Por lo menos explícitamente. Ahora, en una lectura distinta, Dios sí aparece; pero de una manera un tanto extraña y en su versión americana: culposa, justiciera e individualista. Todo ello encarnado en Clay Jensen, el único joven que amó a Hannah, el diferente, el de buenos sentimientos, el tipo decente, el inteligente. Allí se manifiesta una cierta versión de dios: amable y comprensivo. Luego, en el dolor de la muerte, justiciero y culpabilizante. Por otro lado, en Clay solo vemos a un humano, pero en esta serie quizás lo más humano. Y como no recordar las palabras del teólogo brasilero Leonardo Boff cuando hablando de Jesús dice: “tan humano así, solo puede ser Dios”. Un mesianismo americano y adolescente se camufla en este personaje a ratos insípido y otras veces decidido llamado Clay (¡arcilla! ¡barro!), dispuesto –sin importarle nada más- a develar el misterio del suicidio de su amiga. Un trozo imperfecto de humanidad en un mundo adolescente falto de ella.
Una serie interesante, que vista acompañada y dialogada puede ser de gran provecho para adolescentes y jóvenes cansados de tanta máscara.

Un largo viaje tras la Estrella

estrella1Era el más joven de los tres, llevaba poco tiempo en la escuela de artes y ciencias. Llegué allí motivado por dos cosas: el cielo estrellado y al Creador del cielo. La maravilla del universo me sobrecogía y significaba para mí una experiencia religiosa muy profunda. Uno de mis maestros era un sabio que venía de lejos, su acento extranjero lo dotaba de una exquisita importancia. Su manera de enseñar y su entusiasmo de anciano me animaban a aprender más y dedicarle tiempo a los libros sagrados y las profecías. Otro profesor, de mediana edad a quién llamábamos de “maestro” y tenía fama de loco se había transformado también en un referente. Era un artista, poeta, contador de historias, lleno de experiencias de todo tipo; algunas tan contradictorias como absurdas. Este maestro pertenecía a un grupo religioso muy piadoso y al mismo tiempo juvenil, alegre y libre. Un viajero.
Resulta que un día cualquiera me encontraba en la biblioteca hasta tarde, cuando en la penumbra los escuché hablar. El maestro insistía en un rumor que le había llegado; yo no entendí bien de qué se trataba, pero el anciano movía la cabeza como no pudiendo creerlo. Traté de acercarme –movido por la curiosidad y el interés; pero fui descubierto. Ambos se miraron absortos y no sé por qué decidieron contarme el asunto. El anciano susurraba solemnemente mientras abría un libro viejo y roñoso, me leyó unas letras hebreas que yo apenas entendía, pues recién comenzaba a aprender esa lengua lejana. Según el anciano el profeta Miqueas habría anunciado el lugar donde nacería un tal Mesías, el Ungido de Dios. El maestro entusiasmado me decía que ese Mesías traería paz y un mensaje universal de una manera nueva de vivir y relacionarnos. El anciano lo calló para decirme: Es el mismo Dios que vendrá. Un extraño silencio nos embargó. Esas palabras me quedaban grandes. ¡Dios mismo!-pensé con temor. ¿Cómo puede ser eso? Miré al cielo y las estrellas tintineaban. Me parecían tan lejanas, tan misteriosas, tan hermosas. El maestro vaciló y continuó diciendo: He escuchado decir que el signo que anunciaría su nacimiento ha sido visto. ¡Es una estrella nueva! Ha aparecido en el poniente. ¡Vamos! ¡No perdamos más tiempo! ¿Ir?-dije, ¿A dónde? ¿Nosotros? Mi joven corazón se aceleró, me embriagó una especie de incertidumbre, temor y algo de entusiasmo. Me gustan las aventuras, pero esto era mucho más que ello. Iríamos a tierras lejanas a ver a un hombre que en realidad es un dios. No entendía nada. No es solo un hombre –dijo el anciano, esta vez sonriendo y con los ojos lagrimosos de emoción: ¡Es un niño! ¡Un recién nacido! Mi cara de espanto y el silencio pusieron la pausa ante tanta palabrería. Sigamos mañana, hay mucho que meditar, dijo el sabio anciano.
estrella2Pasaron un par de días y yo seguí mi vida normal, un tanto choqueado y confundido. Como quien sabe una verdad que no puede contar a nadie porque no tiene la menor idea de cómo hacerlo. Durante esos días no vi a ninguno de los dos maestros; imaginé muchas cosas, pero jamás se me cruzó por la cabeza la posibilidad de que hubieran emprendido el viaje. Al tercer día tocaron la puerta de mi casa. Mi madre salió a atender, eran los dos profesores que me buscaban. Los invité a pasar, pero no quisieron. Simplemente dijeron: Esta noche partimos tras la estrella camino a Jerusalén, ¿vienes con nosotros? Nos vendría bien un apoyo juvenil y además serás testigo del acontecimiento más grande en la historia de la humanidad, ¿vienes?
Salí de mi casa sin dar muchas explicaciones, no fue fácil; menos aun el viaje. A ratos en camello, en carros, a pie… a través de extensas praderas, montes, planicies, hasta entrar en el desierto, el árido y rocoso desierto camino a la majestuosa ciudad real de Jerusalén. Fue duro para todos, pero sobre todo para el anciano. Ignoro de donde sacaba fuerzas para seguir el camino. Su rostro estaba radiante. Jamás lo había visto así. Hablamos de todo y tuvimos largos tramos de silencio. Cada uno sumido en la densidad que nos convocaba. Fue una travesía espiritual que me iba haciendo mayor. Tuve que cocinarles, ayudarles; a ratos me cansé, pero las ansias eran más fuertes. ¿Cómo sería ese bebé? ¿Qué nos diría? ¿Sería humano o un espíritu? ¿Qué tipo de dios?… Hasta que llegamos a Jerusalén. ¡Qué ciudad magnifica! Música, mercados, olores, comidas, rostros tan diversos, lenguas diferentes, gentío por doquier. En medio de la ciudad el Templo, una gigantesca construcción de inmensas murallas de piedra. Asombroso. Una verdadera capital de este rincón del mundo. Me asusté por la presencia de soldados. Eran militares romanos que se paseaban en escuadrones asustando y humillando a la gente. El maestro nos detuvo para volver a leer los libros sagrados. Hacía más de una semana que no veíamos la famosa estrella; así que nos sugirió ir directamente a ver al rey judío de esa región, un tal Herodes.
En su arrebato entusiasta el maestro preguntó por “el rey de los judíos”, cosa que a Herodes no le cayó nada de bien. Sin embargo, nos recibieron con bastante hospitalidad; talvez notaron que veníamos de lejos por nuestra apariencia andrajosa luego de un largo viaje. Herodes nos escuchó sin mucho entusiasmo ni importancia. Sus Escribas corroboraron las profecías de Miqueas pero no sabían nada del signo de la estrella. Nos pareció todo extraño, ¿Cómo no saltaban de alegría? ¿Cómo no estarían buscando y esperando los signos? Comencé a sospechar que algo andaba mal. Sentí miedo y se lo hice notar al anciano. “Nada de lo que aquí ha sucedido y sucederá depende de nosotros. Estemos atentos a los signos de Dios”, me advirtió. Descansamos esa noche en el Palacio, comimos y de madrugada partimos rumbo a Belén, una pequeña aldea no muy lejos de Jerusalén. No llevábamos ni dos horas de caminata cuando la vimos nuevamente; ¡Cuánto gozo! ¡Cuánta alegría! La estrella estaba allí delante de nosotros guiando nuestro camino. Ni nos sorprendimos del fenómeno de ver una estrella brillar a plena luz del día. En la mitad del camino nos detuvimos a descansar; yo quería seguir la marcha pero el maestro, más sereno y prudente, notó el agotamiento del anciano sabio. Ambos me enseñaron mucho durante este camino, mucho más que años de estudio e investigación. Fui a buscar agua a un pozo cercano y le ofrecí al anciano. Una vez descansados retomamos la ruta. En algunas horas la estrella se había detenido sobre una pequeña casa de barro. Tan sencilla y tan pequeña. Tan pobre y tan anónima. Mi corazón se me salía y de seguro también el del maestro y el anciano. La puertecita estaba entre abierta. El anciano iba primero. Antes de empujarla sacó de su morral un par de frasquitos (¡que había cargado todo el camino!): incienso y mirra. Nos entregó los obsequios y deslumbrado nos dijo en voz baja: son para el Rey.
reyesmagosAl empujar la puerta con sigilo vi la escena más hermosa de mi vida. Comprendí en un segundo la ternura, la belleza y el amor. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Allí frente a nosotros se encontraba una mujer joven, radiante, sonriente, serena y sudorosa, con un niño en sus brazos. Una pequeña y frágil creatura desnuda en las faldas de su madre que se movía juguetonamente. Más atrás un hombre de barba café grisácea mojaba una toalla para secar a la joven. El anciano arrodillado se postró delante del bebé. Yo de pie inmóvil en el umbral no sabía qué hacer. Delante de mí estaba Dios. Y sí, contra todo lo que pudiera pensar, deducir, imaginar o especular lo sabía; simplemente lo supe: Allí estaba Dios…

We XipAntu

wetripantu-960x623De lejos oía los gritos y celebraciones; de lejos sentía los instrumentos sonar. La noche era fría y hermosa, limpia y llena de estrellas. Bien abrigado me acerqué a los ranchos, varios; más de 15 comunidades reunidas para el Sol que se acercaba. Los fuegos calentaban alrededor del Rehue. La gente compartía, conversaba y recibía a los que llegábamos. La joven Machi concentrada frente al Rehue, céntrico con su tótem de madera imponente. Arriba, bien arriba flameaba la bandera kalfü. Arriba, más arriba, las estrellas y esa neblina típica que se avecinaba. La bendición de los alimentos fue solo el anticipo de lo que venía. Las Camascas traían sus alimentos y todos compartíamos Muday y harina tostada, mientras la rogativa se desarrollaba. Los que ayudaban a la Machi y la protegían corrían alrededor del Rehue y nos daban instrucciones. El silencio crecía lentamente. Mates, carne, sopa, papas, sopaipillas; pasaban por nuestras manos. Risas, conversación, nütram, sueños. Todo bajo un manto solemne y ceremonial. Sonó la trutruca y los cuernos para avisar que la ceremonia central comenzaría. Había que aportar con todo el Newen para la Machi que recibiría los ngen de los ancestros. Ellos nos hablarían del futuro, del ahora, del tiempo de la Mapu. Comenzó un purrun interminable, horas danzando al ritmo del Kultrun, mientras la Machi en trance cantaba y decía lo que de los ngen recibía. Un joven Mapuche interpretaba en Wingkadungun y la apoyaba con las oraciones en Mapudungun. El éxtasis –de la Machi y de la comunidad- no cesaba y el corazón sentía ese otro sentido, eso otro que venía de dentro (y de fuera). Las matracas sonaban y sonaban, gritos, palos, disparos al cielo para espantar cualquier mal espíritu. La Machi cantaba y cantaba, el purrun seguía y seguía; matracas, purrun, canto, gritos, noche y la neblina que lo cerraba todo. De pronto la Machi subió al Rehue para recibir la medicina; un remedio que todos tomaríamos para sanar nuestras enfermedades. Un corderito gritaba de vez en vez por ahí dentro del lugar ceremonial. El silencio había llegado. Había que apoyar a la Machi. Más canto, más danza, más purrun; que nadie se detenga. Horas y horas… ninguna luz salvo las pequeñas hogueras de alrededor que algo calentaban una ceremonia llena de calor, de fuerza, de tensión. Purrun Purrun y la noche que avanzaba rápidamente. Danza y danza, trutrucas, cuernos, püfillkas, kull-kull. La Machi saltaba sobre el totem, entre el canelo como dentro de la divinidad que ella recibía. Todos esperábamos el remedio que los pu longko preparaban; recibiendo la sabiduría de la Machi. Todos tomamos; todos recibimos al Antu Nuevo que nos vino a visitar. Todos agradecimos. Todos recomenzamos.

Wingka cura Pedro Pablo.

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“La celebración de la vida” (LS, 207)

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Sebastião Salgado

Desde la mirada del teólogo, Laudato Si’ es un éxito: un manifiesto ecoteológico y un libro de la esperanza creyente. No queremos exagerar, pues siempre hay temas que podrían ser más desarrollados o explicitaciones que podrían quedar más claras. A pesar de ello nos parece un éxito por dos razones nada de simples: Una radical condena al sistema depredador y consumista en el que vivimos y la puesta en marcha de un plan que podríamos llamar: “el otro”. El otro –según Laudato Si’, es fundamentalmente el pobre y la tierra. Dos intuiciones que Leonardo Boff afirmaba hace mucho tiempo; y, antes que él, la más rica tradición teológica (desde Francisco de Asís hasta ciertos teólogos/as de la liberación). La dimensión de la alteridad atraviesa toda la encíclica llena de relaciones y tramas que manifiestan una realidad tan evidente y olvidada como que vivimos con otros, en comunión (y/o destrucción); y que dependemos absolutamente de la tierra, el agua, el aire, los ecosistemas; para vivir y vivir bien. Hablar del otro desde una correcta eco-teología (aquí llamada Ecología Integral) es hablar también del Otro: Dios; del Otro que es comunión de relaciones y trama de Amor sobreabundante. El Dios de Jesucristo nos ha dado un jardín y nos ha nombrado jardineros, cuidadores, para que el Jardín dé fruto y ese fruto sea duradero y compartido.
No es posible hablar de justicia ecológica sin hablar de justicia social; no es posible llorar los desastres que hemos ocasionado en la naturaleza sin llorar el desastre humano de miles de seres en la miseria y el abandono. El inspirado texto eclesial nos ilumina respecto a la “deuda ecológica” de los países ricos (LS, 51) y a la necesidad de un cambio profundo, tanto económico como social. En definitiva un cambio espiritual. El ser humano es invitado a abrirse completamente al otro y a re-descubrir así la “danza del don”: la presencia de una promesa en el otro, promesa que se comparte, que pasa de unos a otros como una verdadera danza, una dinámica de donación en la que la violencia, el consumo y la dominación pueden quedar –si así lo permitimos y deseamos- relegadas frente a la entrega, la gratuidad, la sobreabundancia, el perdón, el dar y el dar-se.
El Dios que se dice en las páginas de Laudato Si’ es el Dios-Amor anunciado por Jesús, el Dios de los pobres que libera nuestra libertad. El Dios que desea cantar con nosotros ese cántico “cósmico” (236) alabando lo común (que es mucho más que el “bien común” y aquí se queda corto el documento): lo nuestro, lo compartido, lo cuidado entre todos, la trama de relaciones que nos constituyen, la pluralidad de lo real; lo amado. El Dios de la Belleza sabe que admirando la belleza nos acercamos a Él (y otras, acariciando la no-belleza sentimos su ausencia y falta). De ahí que campesinos, pescadores, hombres y mujeres de la tierra (pueblos amerindios), artistas y poetas sean muchas veces –¡sin idealizaciones!- maestros de la contemplación y se sientan más en comunión con el Hacedor de la Belleza que aquellos que han sido desplazados a las periferias de las megapolis latinoamericanas. Pienso en Sebastião Salgado y en como la fotografía (y una ¡fina sensibilidad eco-social!) lo condujo a transformarse en co-creador de vida (cf. La sal de la tierra).
sebastian salgado2Una ética y una espiritualidad ecológica nos urgen. Laudato Si’ nos invita a desarrollarlas y con ello interpela a todo cristiano. Ética cuyas aristas serán los pobres, el otro, la responsabilidad, el relacionarnos, la ternura y el cuidado. Espiritualidad cuyos ingredientes serán la Belleza, la contemplación, el Misterio y la alabanza cósmica de un Dios que todo lo ha hecho bien, según su medida, con el sello de la promesa en esa “celebración de la vida” por la que fuimos creados.
Más allá del Sol (LS, IX) vamos todos caminando; será tarea de todos los seres humanos y de los cristianos en particular: amantes del cosmos, jardineros de la casa común, profetas de la fraternidad universal y amigos de los últimos de la historia; para que aquella Fiesta prometida podamos saborearla y prepararla juntos desde ya, en el aquí y ahora de cada ser viviente. “Fiesta de fuegos artificiales/ tal vez un millón de sistemas planetarios./ Nuevas estrellas naciendo de la tenue nube de hidrógeno./ Soles con su tierra. / Un universo común…” (Ernesto Cardenal, Cantiga 4). Nada es definitivo, todo puede ser de otra manera. Que Laudato Si’ active nuestra infinita creatividad y esperanza contra todo para seguir construyendo ese mundo en el que caben muchos mundos.

Dominic Nahr
Dominic Nahr

Nican Mopohua

guadalupe_grafitiSin saberlo fuiste significativo
o tal vez lo supiste. Poco Importa.
Lo que sí, es que los latinos en las tierras del Tio Sam
te deben una.
Los latinos de la indo afro América, también.
El esfuerzo y el logro.
El pensamiento y la entrega.
Pocos te llegaron a conocer, como mereciste. Poco importa.
Nos enseñaste, a los que te leímos, bastante.
Nos enseñaste a leer lo tercero; el reverso de la página,
a dejar atrás el pensamiento binario y mirar aquello otro,
que es la Guadalupe.
Nos enseñaste a leer el Nican Mopohua
y las maravillas del Indio Juan Diego.
Nos abriste los ojos a la inter y multi culturalidad;
y las posibilidades inimaginables del dialogo de a tres.
Nos entusiasmaste al pensar
al crear
al buscar
al atreverse.                                                                                                                                                                  Nos mostraste a un Dios de color.

Quizás nadie te conoció. Poco importa.
Tuviste una muerte horrible; sangrienta y solitaria. Y eso me duele.
Igual nada me impide pensar que Dios te abrazó al recibirte
y la Guadalupe llorando te dio las gracias por mostrarnos que no hay unos y otros,             sino un nosotros plural y diferente,
una voz nueva que la Mujer Maria sigue susurrando en cada pobre y silenciado.
Que el pobre Lázaro te abra las puertas hermano Elizondo.
Amén.

nican