Advienes

Busco páginas en blanco
para escribirte, para amarte
te escribo por amor y te amo escribiéndote,
Señor
Ya vienes! Y vienes denuevo
vienes a darnos vuelta
desde dentro, desde el corazón del mundo
desde la médula de los empobrecidos
Vienes!
Vienes a buscarnos y vienes a quedarte
Vienes a decirnos que dejemos de lado las páginas blancas
que nos transformemos en pesebres vivos
que nos olvidemos de ese mezquino deseo de pisotear al vecino
que no nos olvidemos del otro, de la otra, del forastero
Ven, ven a nuestros hogares
a nuestros castillos
a nuestros dicasterios y ministerios
Vuelve a destruir los recantos herodianos
Vuelve al Belén de aquí del Sur
Al Belén amante al Belén sufrido
Ven a nuestra América india América negra
América Latina tierra de gritos y ferias
de riñas y fiestas de asados y encuentros
de cantos y errores
nuestra América tan llena de sueños y utopías
tan lejana de esa ortodoxia alemana
de esos perfectivismos nórdicos                                                       Visita nuestras miserias nuestras fisuras nuestros escondites

Visita-nos
Ven y vienes Bendito extranjero, Dios escondido
Cristo otro que en tu otredad te amemos
y vayamos a buscar esa página en blanco en donde TU
antes que todos nos has escrito un beso.

Pampas de Reque, principal botadero de basura de la ciudad de Chiclayo.
Reque’s explanade. Main garbage dump in Chiclayo city.
FOTO Antonio Escalante
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Canto de Adviento

                                                                         Del profeta

Ya se acerca ya
El Inesperado de la Historia
Aquel que trae la promesa que la anuncia que la vive que la entrega
Levántense las naciones aplastadas
Y los pueblos humillados
Carguen nuevamente sonrientes sus gavillas de abrazos
Sus tertulias gloriosas de ritmos libertarios
Miren sin vergüenza a los que antaño los pisotearon sin respeto
A ud se le dirá señor Trump
A ud se le mostrará mister Kim Jong Un
Y a ud también dueño del papel
A ud tirano a ud idólatra a ud indiferente
A ud que maquinó guerras y engaños
A ud que violó las tierras del Wallmapu
Y las humanas esperanzas árabes
Miren y arrepiéntanse que ahora se puede
Que aún se espera
Porque el que Viene es amoroso
Y misericordioso
Ante todo mira con ternura y dialoga con compasión
No persistan es su egoísmo tan lleno de siglas
Así mismo señor CONAF
Señora ONU descarada
Amigo FMI y su BM
Tío SENAME tía puntoGOB
Hermana FIFA y todas las especulaciones financieras sinsentido
Sinleguaje sincorazón
Canten en gozo! Estallen de júbilo!
Bosques talados y mares contaminados
Glaciares hundidos y la Africa olvidada y manipulada.
A ustedes viene el Inesperado
Un mensaje otro les trae el Amante
El abrazador de árboles
El Antirey humillado
Cuánta alegría en el mundo!

Cuánta maravilla en las cocinas de la Amerindia y los povoados del Sur!
Ya no hay más que esperar
El final es el inicio
Y lo que se escribió al comienzo aparece en la conclusión inconclusa
Bendita incompletud que se abre
Al que nada le falta
Y ahí estamos nosotros los soñadores
Los que no nos rendimos ante la adulta sensatez del columnista
Delante de la falsa lucidez del Nuncio
Frente a la oscura intención del político exguerrillero
Es el Adviento de la Carne
El Evento de la criatura libre que pide permiso perdón y agradecido se dona a las lágrimas del trans
Del forastero
Del preso insistente
Del temeroso que huye y huye y huye
Huidizos y huidizas
A levantar cabeza que hoy nadie muere
A reencontrar la niña de los asombros
Y organizar como un cuento nuevo
Los escombros del neoliberalismo capital
Los muros de la democracia manoseada
Los barrancos del Estado militar
Las heridas del abuso

La Luz ha llegado

Los silencios cómplices empapados de sed de poder de status de vanagloria
Ya no tienen lugar
No tienen nada
Silencios vacíos que solo sirvieron para vivir vidas tristes y falsas
Vidas dañadas que dañaban
Y ahora se ha acercado el Sanador
Aquel que venda que cura que cuida
Vengan a El los confundidos
Los que no duermen
Los empesadillados
Los especuladores
Los de paraisos fiscales y cuentas truchas
Los comentaristas de redes sociales y
Francotiradores de corbata
Uds ahora tienen su chance
Abracen al Abrazador
Y bañados de nuevo humíllense ante los pobres
Y golpeados
Las raíces vuelven a crecer y no podrán cortarlas ni con sus máquinas ni tecnologías de logos frutales
Te recibimos cantando gozosos en fiesta
Oh Señor Señora de la Promesa.

Un Papa del otro lado

Tal vez como hace siglos que no éramos testigos de una animadversión tan explícita y pública al Papa. Lo que sucede es que el Papa está parado en otro lado. Con sus aciertos y errores, con sus equívocos y humanas pretensiones, el Papa Francisco esta parado en el lado de los pobres y excluidos; en un lado en donde la Iglesia ha sentido mucho y pensado poco. Un lado desde el cual, en Europa y el Norte Mundial, el Obispo de Roma y cabeza de la Iglesia se vuelve incomprensible. Cuando se está al lado y del lado de los pobres y excluidos es la misma institución y sus leyes las que pasan a segundo plano, se sitúan en su lugar propio: un después epistemológico y jurídico. Un luego que tan solo por ser un luego cuestiona cimientos de poder y argumentos de tradición. Francisco, repito, con sus errores –y algunos bien tristes- representa otra forma de ser Iglesia, una manera distinta de pensarse, sentirse y desvivirse desde el Evangelio: la manera de aquel que sufre, de la persona que tiene puesta su esperanza última en Dios, pues el mundo, los otros y sus instituciones se las han negado siempre. En ese lugar la fe adquiere todo su sentido y fuerza. Es justamente allí donde se “desborda”, donde se hace “sobreabundante” y deja ser caridad, generosidad y buena voluntad. Es allí en donde el mandato de Jesús “Haz tu lo mismo” se encarna y trasforma en ética, en política, en ecclesia. El Papa, en estos tiempos globales y en donde la hegemonía eurocéntrica sigue queriendo imponerse, habla desde el Sur. El Sur es una categoría geográfica, pero también mental –espiritual-, social, política y eclesial. El Papa es del Sur, viene desde el Sur, está parado en el Sur. En el inicio se le criticaba “no ser un intelectual” –como si solo en el Norte se pensara; “no ser un gran teólogo”, como si la teología se hiciera solo en las aulas del Norte y sus reductos nortepensantes del Sur. Se decía “habla como párroco”, intentando comprender un ethos folclórico –a los ojos del Norte- que irrumpía en Roma con modismos y gestos propios de quien se para al otro lado e (im)propios para sacrosantos lugares de la Europa extraviada y en decadencia. Francisco desde allí les habla a todos; de la mano de los sencillos, de los sintecho, sintierra y sintrabajo les habla a todos. Por eso su marca ha sido la ternura y la misericordia. Pues quien habla abrazando al pobre herido solo puede acercarse al indiferente, al cómplice y al individualista desde la misericordia. Este es el Francisco que nos viene a visitar. Un Papa atacado desde dentro –con libros y públicas intervenciones de sus propios Obispos y hermanos en la fe (y ojo con caer, sin espíritu crítico, en esa estrategia maligna). Un Papa que como nunca en la historia reciente está mirando más allá que muchos: laicos, teólogos, agentes pastorales, vaticanistas, religiosos/as, curas y obispos. Un Papa que sueña, que anima, que impulsa, que mueve, que empuja y sobretodo que ama. El Papa no es Dios, no es Jesús ni un santo en vida; es solo un servidor; un hombre orante y discípulo de Jesucristo, un obrero de la Comunidad-Iglesia, un misionero de la misericordia. Un obispo. Y como tal habría que agregarle el apellido “del Sur”. Francisco del Sur eclesial, del Sur social, del Sur de la historia, del Sur cultural –con sus sabores, su chispa, su entrada y su sospecha. A ese hombre lo acogemos con cariño y alegría para que vuelva a recordar a la conciencia cristiana (y ojalá no creyente también) de los Chiles de hoy que el pobre urge, que la tierra llora y que las relaciones humanas pueden y deben ser cordiales, abiertas, tolerantes, amables, alegres, pacíficas y justas.

Dios, el sufrimiento y lo que podemos hacer.

Muchas veces, no siempre, una reflexión filosófica, teológica o de otro tipo surge de la experiencia. Allí encuentra su raíz. De lo que vivimos y vemos brota el pensamiento; de lo que sentimos o dejamos de sentir; de lo que nos rebela por dentro, de lo que nos alegra.
Este libro nace de eso, de la experiencia de impotencia y abandono ante el sufrimiento de mi papá accidentado; de la pena e indignación frente a la miseria e injusticia de tantos y tantas; y por una experiencia fundante –como me gusta decir, pues así lo es- de encuentro con los sufrientes en los campos, en la selva, en las urbes, en las cárceles y en las casas de los pobres.

Junto a ello, la certeza de que Dios no está mudo; de que la teología y los discípulos y discípulas de Jesús aún tienen algo que decir y proponer. Y mucho que acompañar y aprender.
Del cruce entre la experiencia y la reflexión a partir de la fe; nace este pequeño libro.
Pequeño libro que trata una inmensa incógnita; un enigma –como diría Paul Ricœur; un misterio: el sufrimiento. Para acercarme a este fenómeno universal y, al mismo tiempo, íntimo e intransferible; me concentré en la relación, en la urgencia y necesidad de la relación con los que sufren para desde allí, comprenderlo, asumirlo y combatirlo. Y, por otro lado en como vivenciaron su propio sufrimiento y las relaciones que podían establecer desde ahí, aquellos y aquellas que se toparon con uno de los peores y más horribles rostros del sufrimiento; lo que algunos han catalogado como la fábrica del dolor: Auschwitz.
Junto a lo anterior había en mí un malestar, uno que tenía, que tengo y que sigo percibiendo, que tiene que ver con nuestras catequesis, pastorales y reflexiones respecto del dolor. La búsqueda de un consuelo fácil, de una explicación fácil –propias de un mundo facilista, de palabras fáciles y soluciones en 10 pasos. Cuando sabemos que nada es así, ni la felicidad, ni la democracia, ni las relaciones humanas, ni la familia, ni la fe. Nada. El drama de la existencia y sus vaivenes nos plantea la pregunta por el sufrimiento del ser humano, y por el qué hacer, como acercarnos al dolor del otro: muchas veces intocable e imborrable.
Tanto la teología, como la acción pastoral no pueden ni deben caer en aquellos facilismos tan propios de nuestros tiempos. A veces viendo los panfletos políticos, con una enumeración de propuestas, pienso: qué fácil. Ya sabe qué hacer y cómo hacerlo… En la Iglesia no sabemos siempre cómo hacer las cosas, qué hacer ni como caminar por sendas de humanización. Lo hacemos “a pulso”, buscando, con otros y otras; lo hacemos o nos gustaría hacerlo “al estilo de Jesús”: simple, compartido y abierto.
Baste abrir los diarios estos días, para ver qué lejos andamos. Y baste visitar Villa Francia, Cristo Vive, la Yungay o alguna capillita del sur del mundo, para ver cuán cerca estamos.
Esta reflexión moral, quiere ayudar a seguir buscando, a continuar revisando nuestras prácticas, personales, sociales e institucionales en pos del Reino anunciado e inaugurado por Jesús. Pero por sobre todo busca otra cosa: No soltar de la mano al que sufre. No soltar de la mano al preso, al enfermo, al pobre, al marginado, al migrante, al que vive en la calle, al borracho sin remedio, al niño vulnerado… porque ellos nos tienen algo que decir, algo infinito, algo que viene de Dios y de lo más profundo del ser humano.
Quiero agradecer profundamente a varias personas, me tomaré el tiempo para ello si se me permite. Agradezco al teólogo jesuita francés Alain Thomasset, quien me ayudó a sistematizar este trabajo, agradezco a mis hermanos de congregación: Alberto Toutin, Eduardo Pérez-Cotapos y Alex Vigueras que lo leyeron, me orientaron y me animaron a compartirlo. Agradezco a Diego Irarrázaval que también se dio el tiempo y la delicadeza de compartirme sus opiniones. Agradezco a Lytta Basset, una de las teólogas que sigo en su pensamiento por su lucidez, calidez y buena acogida. Agradezco a Veronique Dufief, madre de familia y valiente testimonio cristiano desde su bipolaridad; agradezco a Editorial San Pablo, en particular a Rodrigo Morales –mi editor- por su cariño y atención con este tema tan importante y a Andrés, por las largas horas presenciales y virtuales corrigiendo hasta los más mínimos detalles, que en un texto nunca son mínimos. Gracias a mi familia religiosa sscc y a mi familia de sangre por su apoyo incondicional; gracias a los amigos y amigas que siempre apoyan y hacen creer en uno y en ese nosotros imprescindible. Doy gracias a Nilo Ribeiro Junior, teólogo jesuita de Brasil y mi profesor de ética durante algunos años, que ha hecho una excelente presentación del texto, un tanto exagerada a mi modo de ver; pero perfecta en cuanto a la antropoética-teológica se trata. Y finalmente agradezco a Alejandra López y Luis Domínguez por estar aquí, uno de bien lejos, acompañando este momento; gracias por su sí desinteresado y gratuito; y por la paciencia para haber leído el libro. Mil gracias!!

Texto leído en la presentación del libro, por Pedro Pablo Achondo Moya
FILSA (Feria Internacional del Libro de Santiago) Jueves 2 de noviembre, 2017

Desde el abismo clamo a ti, Señor“. Dios, el sufrimiento y lo que podemos hacer.                                                                  Editorial San Pablo, Santiago de Chile, octubre 2017, 126 pp.

 

 

Comentario sobre “Desde el abismo clamo a ti, Señor”

 

Desde el abismo clamo a ti Señor” parido por el corazón del teólogo y amigo Pedro Pablo Achondo Moya quiere llamar a toda la humanidad dolida sobre su propia condición. El salmo 130 no es más que la excusa para abordar uno de los frentes más intempestivos y arrolladores de la vida humana. ¿Quién puede descifrar el lenguaje de ese episodio descomunal que deja mayormente sus secuelas y que pulveriza más aún la vida ya frágil de los pobres?. El sufrimiento no forma parte hoy de la agenda de los escritos teológicos tradicionales, tal vez porque desde las cátedras dogmáticas se pontifique con dureza la “resignación” que debe acompañar ese evento desgarrador. Tampoco se esperará interpretaciones en la sociedad capitalista que lo promueve por todo el planeta con escandalosa perversidad, desparramando interminable sed de venganza hacia blancos disparatados y ufanándose de millones de víctimas inmoladas. En la obra subyace permanentemente la memoria del Holocausto que, como exergo e incitación, nos induce a la reflexión sobre el sufrimiento provocado y la desesperada búsqueda de Dios al mismo tiempo. Algunas memorias vuelven del exilio literario para darnos luz sobre muchos otros dolores que ponen en zozobra nuestra vida, sobre todo en este continente de permanente injusticia. Los testimonios de Lytta Basset y las referencias a Thevenot, Metz, Hillesum, Gustavo Gutierrez, entre otros, nos hacen viajar en una mancomunada reflexión filosófica y teológica con acento en una nueva Ética ante el siempre mutable rostro de los millones de sufrientes necesitados de consuelo. La primera, una teóloga suiza de primera línea que supo poner la piel a esta reflexión urgente y necesaria. El texto mezcla rigor intelectual con sencillez de poeta de pueblo. Su principal logro será hacernos pensar en lo posible: la osadía de la compasión, la revolucionaria manera de descubrir a Dios en los sufridos de la Historia y el descubrimiento de que aquellos actos nos reconstruyen a nosotros mismos, con la posibilidad de inclinar la balanza hacia los débiles. No es la obra de caridad que entusiasma a las clases medias maquilladas, es el acto de amor jugado que traspasa límites para llegar a la otra orilla, es la audacia colectiva de “perder” el tiempo para curar un herido del camino abandonado por todos. Esta ópera prima de la acción compasiva tiene sus ribetes emocionantes. No será ya lo mismo abordar el sufrimiento después de repensar a los filósofos de la alteridad como Buber o Lévinas, este último con marcas epidérmicas de los campos que tuvo la posibilidad de ir al ovillo de la Libertad intelectual renaciendo permanentemente para no morir. Así como Levi, Wiesel o Bauman, sobrevivieron con su memoria intacta y nos “provocan” e inquietan apasionadamente. O desde la capacidad de Benjamin de rever la Historia desde otro lugar, una aventura a la que nuestros teólogos de la Liberación nos tienen acostumbrados, con peor o mejor suerte. No será lo mismo colocarse del lado de los vencidos- acorralados de la Historia, emboscados por tantas pestes y quebrantos. O la sensibilidad de Dufief quien carga con desesperación su dolor psíquico clamando a su Salvador. Pedro Pablo eligió pensadores poseedores de enormes heridas imposibles de exorcizar con ritos protocolizados. Cada uno de ellos desnuda su originalidad y su resiliente actitud superadora. Mi primer encuentro de impacto irreversible con los sufrientes fue cuando Dom Paulo Evaristo me pidió vivir con Enfermos de SIDA a fines de los 80, una escuela que llevé con dolor y esperanza por 6 largos años y que marcó profundamente mi vida personal. Fue allí cuando me quedé sin retórica y nací a una nueva realidad. Y desde allí amanecería todos los días de mi vida con el sufrimiento golpeando a mi puerta. “Desde el abismo..” me hizo bucear en las miles de preguntas pendientes, en las centenares de horas de trabajo en la salud buscando aliviar la agonía de los que viven el dolor en soledad y la alegría que vuelca mi pueblo luchador sin dejarse vencer. Bienvenido sea este crisol que hackeará nuestro pesimismo e iluminará un poco más nuestro horizonte”.

por Luis Domínguez

(http://luisdomin2002.blogspot.cl/2017/10/el-abismo-desde-el-abismo-clamo-ti.html)

Una Iglesia –de nuevo- escudada

Nos hemos enterado de una nueva y triste historia. En realidad de nueva poco, porque sabemos que cosas como estas se llevan repitiendo hace años, décadas, siglos; quién sabe. Abusos, que como también sabemos ocurren en todos los ambientes y sobre todo dentro de la familia (ojo con este tema que aún no aparece como debería. Si juntamos frustración social, alcohol en exceso y un machismo que lo impregna todo en una cultura patriarcal; tenemos el caldo de cultivo para todo tipo de abusos sexuales. Cabría aquí una reflexión sobre esa misma mezcla dentro de la Iglesia). Como decía, los abusos están vinculados muchas veces a una miseria cultural y/o a una miseria psico-afectiva y, por supuesto, a toda una estructura social que lo ha permitido y sigue permitiendo. El caso del hermano marista probablemente responde a estos últimos factores. Literatura hay harta. ¿Qué es lo que se va volviendo cada vez más impostergable, incomprensible e intolerable? La desidia (para permitir la justicia) y la pureza (como respuesta moral). Me explico; la desidia es la ineptitud, la torpeza, incluso dejación a la hora de tratar tan horrible situación. Cuando se sabe de un abuso no hay cabida para la ineptitud. Pues, detrás hay un ser humano que sufre el infierno. No hay cabida para largos procesos de revisión cuando las horas pasan y la noche vuelve a acechar la inocencia de un niño o niña. La desidia es, en este caso, un delito. Un error gravísimo. Poseemos protocolos, herramientas, medios, talleres, profesionales… en la Iglesia y fuera de ella; en todas las instituciones. Pareciera que la Iglesia no asume que es parte del mundo, que está en el mundo (sin ser él) y que debe aprender del mundo. Esto no es más que testimonio de una sociedad enferma, de relaciones enfermas; de estructuras enfermas que avalan, permiten, protegen o simplemente dejan pasar horrendos actos anormales que destruyen no solo el cuerpo del otro, sino sobre todo su alma. Lo profundo de su vida. Aquí no hay justificaciones.
Pero la reacción tampoco puede ser la hoguera. Hace tiempo que me da vueltas eso de la “intachabilidad” (una especie de pureza moral), queremos políticos intachables, obispos intachables, autoridades intachables, deportistas intachables. No sé lo que es eso; ignoro si he conocido a alguien intachable; sin errores, sin caídas, sin pecado. Ignoro si alguien así merece respeto y admiración. Ignoro cuál modelo de persona es esa. Creo que es una reacción destemplada. Que no haya dudas, por favor, nada justifica el horror; nada avala lo terrible que ha vuelto a ocurrir. Ni una mala educación, ni ideas sobre el otro, ni una cultura en particular, ni una religión concreta. La aberración de un abuso merece la pena justa que el tribunal dictamine. Pero me permito prolongar esta reflexión respecto a lo humano, creo que es eso lo que verdaderamente aquí nos convoca. Pues justamente es lo humano lo que parece desdibujarse. Valga ver esa nueva plaza pública tan llena de verdugos como son las redes sociales. Lo humano es lo que no discutimos, no miramos, no admiramos, no amamos. Si seguimos esperando intachables (¿blancos?, ¿varones?, ¿adultos?, ¿con recursos económicos?) es que despreciamos, entonces, lo humano. Lo humano en uno mismo y en el otro. Dejamos de reconocer el humano que es el otro, transformándolo en un objeto, en algo, en una cosa. Y cuando llegamos a ese punto, entonces, está todo permitido. Incluido el abuso: social, político, económico, sexual, ecológico e intelectual. ¿Acaso no es eso lo que sucede con nuestros hermanos/as mapuche? ¿O con los niños empobrecidos del Sename? ¿O con la naturaleza indefensa? ¿O con las mujeres migrantes que deambulan sacándose las uñas por un trabajo cercano a una neo-esclavitud? ¿Acaso no se siente abusada una sociedad en donde reina la corrupción, la miseria, el tráfico de drogas, las “leyes para algunos” y la carencia de justicia social?
No necesitamos hombres y mujeres intachables; sino humanos. De aquellos que saben de penas y glorias; de esos que sudan el trabajo y celebran hasta el amanecer. De esos que piden perdón de frente y prefieren mirar al asesino para reconocerlo en el más allá. Humanos que asumen responsablemente sus actos, gestos y palabras. Humanos que conocen la justicia y que en la ruta contradictoria de la vida son capaces de reconciliación. Probablemente hay más humanos entre los pobres, entre los desprotegidos, entre los marginados; de lo que muchos creen. Entre aquellos y aquellas que se codean con la frustración, el desprecio, la irreverencia y la soberbia de los deshumanizados. Como me dijo un amigo, hablando de esto: los agujeros de las mediaguas dejan que entre humanidad; no así los muros de hormigón de los grandes colegios privados. Las paredes en la población cuentan los secretos aberrantes de otros (¡que siguen sucediendo! Pero que pueden combatirse). En las murallas de concreto abunda la desidia y el silencio impune. El horror de nuestras instituciones debiera, de una vez por todas, generar la reflexión –ausente- respecto al ser humano, respecto a la comunidad de humanos que queremos construir, sobre lo más propio de lo humano. En donde, creo, anida –entre muchísimas cosas- el perdón.
En este caso, da la sensación que no vale pedir perdón, el perdón más bien debe ser implorado. Esos catorce niños y niñas son los que deben perdonar y ello después de un proceso ¡que muchas veces cuesta la vida! (y solo ellos sabrán si lo otorgan). Decir perdón sin más, no vale y no sirve sin reparación y sin una real transformación de todo aquello que permitió la atrocidad. Hay que decir algo, claro que sí. Esa palabra sagrada será dicha de frente, personalmente y desde la humildad (y humillación) más profunda posible. Quizás así, entre lágrimas, volvamos a percibir lo humano que sin quererlo estamos destruyendo. El tiempo apremia. Dios nos libre de las palabras de Jankélévitch respecto al horror de la Shoah, invirtiendo el texto de Lucas (23, 34): Padre no los perdones porque saben lo que hacen.

Publicado en The Clinic, jueves 7 de septiembre, 2017. Chile.

¿Se puede ser católico y millonario?

Nos enfrentamos a una pregunta incómoda y compleja de responder. Incómoda, porque de hecho hay muchos –o muchísimos- católicos millonarios (o millonarios católicos). Y compleja por dos razones, primero porque habría que entrar a definir “millonario” y desarrollar una especie de “camino a esa categoría”, en el sentido de que las riquezas se pueden haber heredado o haber sido el fruto de años o décadas de trabajo familiar u otros canales. Y, segundo, porque también de hecho, las riquezas seducen, hipnotizan, atraen. Hay algo en ellas vinculado al poder, a las posibilidades, a los sueños; a tantas cosas asociadas que sería iluso pensar que alguien no quisiera en su vida poseer una riqueza gigantesca. Dicho eso nos aventuramos a una posible respuesta, que como intuirán es más bien negativa. No se puede ser católico y millonario. Aquí no hay un juicio, mucho menos sobre la persona concreta. Alguien que posee grandes cantidades de bienes puede ser muy bondadoso, generoso, desprendido, muy amigo de sus amigos, dadivoso –incluso desde el anonimato-. Todo ello es loable y da chispazos de esperanza. Son testimonio de que no está “todo dicho”. Sin embargo, hay dos cosas que tomar en serio: la aseveración de Jesús de Nazaret (padre del cristianismo, y del catolicismo, si se quiere) y el contexto. Vamos a ello.


La afirmación de Jesús en Mateo 6, 24 (y en Lucas 16, 13; calcadas; lo que nos hace pensar que viene de una fuente anterior (Q) o de algún dicho de Jesús que habría calado hondo en sus primeros auditores) es tajante: no se puede servir a dos señores. “No se puede estar al servicio de Dios y del dinero”. Podríamos embarcarnos en la discusión si el millonario católico es realmente esclavo o sirviente de sus riquezas, pero eso es un callejón sin salida que quedará como una interrogante para el propio millonario, y serán sus actos concretos el testimonio veraz de su respuesta. Lo que es claro es que ambas cosas no andan de la mano. Quien tiene desea más y si puede lograrlo probablemente lo hará. El discipulado de Jesús tiene más que ver con lo pequeño, con lo sencillo, con el abandono, con el compartir(se), con la solidaridad (ni asistencialismos ni paternalismos ni padrinazgos). Ser católico es seguir a un hombre pobre y campesino llamado Jesús, es vivir y encontrar allí la plena felicidad en el amor de una vida compartida, entregada, donada por los demás y para los demás. La sobreabundancia de riquezas no van de la mano a una vida sencilla, evangélicamente pobre, humilde; grandes extensiones de tierras, fundos, haciendas, automóviles de última generación, lo mejor de la tecnología, yates, viajes por doquier en los mejores hoteles…. No van de la mano a una autentica vida cristiana. En algún momento el (o la) millonario católico deberá optar, hacerse cargo del mandato de su Señor, responderle al Maestro: ¿Qué has amado? ¿Qué has defendido? ¿Para qué te has desvivido? ¿Por quienes? Y con una mano en el corazón, mirando a su Dios, deberá responder.


Luego, el contexto actual. Muchas veces he pensado, mirando las riquezas del millonario católico, cómo no hacerse cargo de la miseria de nuestro país. Cómo no preocuparse –¡de verdad!- por la salud paupérrima de tantos, cómo no construir la anhelada escuela, reparar las viviendas de emergencia en la que viven miles en Chile; cómo no darse cuenta de las posibilidades de transformar tantas realidades; cómo no becar a miles de jóvenes porque sí, cómo no pensar -¡de verdad!- en mecanismos de inclusión social, en políticas (economías) de justicia social; cómo no comprarle esos remedios impagables a la joven enferma de cáncer, cómo no hacerse cargo de la miseria de tantos adultos mayores en Chile, cómo no soñar. No se trata de discutir políticas sociales o el rol de Estado; o qué beneficios a largo plazo pueden tener acciones concretas como las nombradas. No hablamos de teoría política o económica; hablamos de ojos que no ven, de corazones que no sienten; hablamos de miles de posibilidades no realizadas. Pareciera que muchos lo piensan, pero el bolsillo y las cientos de justificaciones (familiares, largoplacistas, porsiacacistas…) son más fuertes. Y la realidad sigue parcialmente igual, el contexto se impone: los vecinos siguen haciendo lo imposible por reconstruir la pequeña vivienda que el incendio se llevó, mientras Ud., hermano católico millonario descansa en las cumbres andinas. ¿Qué dejar?, ¿Qué hacer?, ¿Qué no hacer? ¿Qué priorizar? Eso lo verá cada uno. Yo me contento con que no pase por el mundo (¡y la Iglesia!) sin mirar al Chile real en el que le tocó nacer, vivir, estudiar, descansar, trabajar… ese que está a las orillas de la Costanera Norte, ese que siente en las capillitas del sur turístico, ese que Chilevisión ataca criminalizando, ese que hace años espera su hora en el hospital, a ese que aun luchando (y sacándose la cresta trabajando) le han arrebatado sus sueños. Ser católico es saber mirar, y mirando llenarse de compasión, y sintiendo ese malestar en sus entrañas: actuar. Do it.