En la escuela de los pobres

Cuando los pobres nos dan clases de misericordia y compasión. Cuando nos muestran que el odio nunca es absoluto y que es posible cuidar, acoger, acompañar incluso al enemigo.
No es raro encontrar en el mundo de los pobres y particularmente femenino casos de extrema humanidad, de ese emocionante e incomprendido amor cristiano. Como en aquellas ocasiones en que “una ella” cuida de “un él”. Cuando una mujer, una hija o una esposa cuida abnegadamente de un hombre, padre, esposo, tío, padrastro o pariente el cual en su vida «sana» abusó, maltrató, fue violento o simplemente no amó a la mujer que hoy enfermo se hace cargo de él.
Hace pocos días una mujer sencilla me contaba como hace ya muchos años cuida de su padrastro abusador. El hombre con demencia senil ya no sabe quién es ni qué hace. Y ella, casi hipotecando su matrimonio y familia lo limpia, lo cambia, le da de comer, le compra los medicamentos y lo cuida día y noche. Por suerte la ayudan pues ella trabaja lejos de su casa en la capital chilena.
Y es que en la escuela de los pobres las cosas tienen otra lógica y la víctima es capaz de compasión por el victimario. Probablemente porque cada uno conoce bien su barro y no hay nadie a quien engañar, no hay puestos ni imágenes ni posiciones ni egos que defender. Allí no hay buenos y malos, correctos e incorrectos, exitosos y fracasados. En la escuela de los pobres esa manera de enfrentar la vida no funciona. No cabe. Allí somos todos samaritanos, es decir, marginados, despreciados, excluidos tratando con otros marginados y excluidos.
No olvidemos que el buen samaritano no se detiene ante el hombre herido (abusado) tanto por ser bueno sino por ser samaritano.
Que bien nos haría cuidar las llagas del victimario alguna vez para romper esa lógica perversa y maniquea en la que nos movemos. La misericordia se hace carne cuando liberados del odio (o cargando con él) limpiamos las heridas del enemigo.

 

(Imagen1: Sebastiao Salgado, Imagen2: El beso, Mario Irarrazaval)

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El extravío de Dios

Ayer en El Mercurio el secretario de la Conferencia Episcopal chilena, Monseñor Fernando Ramos dice, entre otras cosas que “lo que está ocurriendo en Chile (con la Iglesia y en particular, la jerarquía) se va a transformar en una realidad paradigmática”. Para que ello realmente ocurra se necesitan varios factores y me parece que el principal y al que me gustaría referirme a continuación es un factor de carácter teológico, es decir, de nuestra manera de comprender el actuar de Dios en el mundo, en la historia y en nuestras relaciones.
La teología latinoamericana de la Liberación ha tenido la genial intuición (de la mano de Gustavo Gutiérrez y tantos mas) de que Dios actúa y habla en la historia de la humanidad desde los márgenes a través de los pobres y excluidos. Nos guste o no, el Dios de Jesús ha escogido situarse allí, hablar desde allí. Esta intuición se ha constituido a lo largo de las décadas en una verdadera tradición sapiencial con su eclesiología (forma de estructurar la Iglesia, lo que llamamos “la Iglesia de los pobres”), con su liturgia (forma de celebrar la fe, al modo de los pobres: la Mesa Compartida), su espiritualidad (una espiritualidad desde abajo, fraterna, humilde, profética y abierta, de discípulos y discípulas) y su sentido crítico de la historia y sus procesos (pues la historia de los pobres y marginados es una historia de injusticias).


La praxis de liberación, como dicha teología se refiere a su incidencia concreta en la realidad, busca “transformar de manera afectiva y efectiva las relaciones de poder y dominación por medio de concreciones históricas de compasión, justicia y misericordia inspiradas en el proseguimiento de Cristo” (Carlos Mendoza-Álvarez). Volviendo al principio creemos que sin esa transformación real de las relaciones de poder dentro de la Iglesia, entre la jerarquía misma, entre la jerarquía y los laicos y sobre todo entre el Pueblo de Dios y los marginados y excluidos; no hay ninguna esperanza de transformación. En ningún caso podremos pensar que la crisis de la Iglesia chilena pueda constituirse en un verdadero paradigma de la Iglesia del mañana. No basta un cambio de obispos, no bastan protocolos ni revisiones de los pastores, ni siquiera una “profesionalización del ministerio ordenado” (cosa por lo demás necesaria), ni siquiera una mera revisión de los currículos teológico-pastorales de los seminaristas. Aquí de lo que se trata es de algo más profundo, de una estructura llena de vicios, de baches, de vacíos, de faltas. Se trata de repensar el poder (y las relaciones de poder) en la Iglesia y allí, con humildad, la teología latinoamericana (y con ella la de Moltman y la “Iglesia en reforma” de Metz con su Memoria Passionis) tiene mucho que aportar. No partimos de cero. Hay un gran y hermoso camino hecho: la Iglesia Latinoamericana con su lectura popular de la Biblia, con sus Comunidades de Base, con su liturgia popular y cercana, con sus relaciones horizontales y sus vínculos antipatriarcales y antimachistas, tiene mucho que decir (y obviamente no todo). Sería una verdadera pena no volcar la mirada y la morada a tanto camino hecho junto a las víctimas de la historia. En medio de la crisis hay una Iglesia (oculta, pequeña, sencilla) viva que ha luchado y se ha mantenido desde la fuerza de los pobres, desde el lamento de los pobres, desde los fracasos y sueños de los pobres. Desde sus esperanzas porfiadas.


Ojo que no se trata de una postura simplista según la cual haya que hacer una apología de las víctimas o de absolutizar una acción social solidaria que no toque nuestras fibras más íntimas, sino que, “por el seguimiento de Cristo vivido como experiencia histórica de bajar de la cruz a los crucificados de la historia vislumbrar, desde el clamor y la esperanza de los sufrientes, una auténtica experiencia de misericordia, aquella que Dios siempre muestra en su Hijo a todos los excluidos de la tierra, desde Abel el justo hasta nuestros días” (Carlos Mendoza-Álvarez).
No es solo la Iglesia Chilena la que se derrumba, ni siquiera la Iglesia universal; es una forma de relacionarnos entre los seres humanos, una forma de estructurar dichas relaciones y de ordenar la vida. Ello permea todo, organizaciones y relaciones interpersonales. Y por eso, la misma Iglesia de los pobres se mantiene como una utopía que rompe las barreras eclesiales, un anuncio para el mundo y sus injusticias, para los modelos económicos con sus corrupciones y la política de élite con sus mezquindades.
Reiteramos, el problema es teológico, en su sentido estricto: la forma en que la misma Iglesia (y en particular la Jerárquica en este caso) ha comprendido el actuar de Dios. Si no se ha entendido la opción del Dios de Jesús, que habla desde los márgenes de la sociedad y en la voz de las víctimas de la historia, es que no solo hemos extraviado el Evangelio (como preguntó Matías del Rio a Monseñor Infanti hace unos días atrás en El Informante, sin tener una respuesta convincente), sino que hemos extraviado a Dios.

María en toma

Hace unos días fui a misa y al entrar me llamó la atención algo inusual. Fue la imagen de María, la madre de Jesús, una escultura preciosa de madera tallada. Una pieza de más de un metro y medio de altura y claramente bien trabajada, con esmero y cariño. Lo inusual era que María no estaba ni seria ni en actitud reverencial, sino que mostraba una sonrisa triunfante; triunfante y leve; como quien sabe que nada está asegurado, pero si encaminado. Sus manos no estaban unidas ni juntas, en esa tradicional posición orante. No. María tenía una mano como ofreciéndola, su brazo doblado y su mano abierta esperando que algún osado feligrés se la tomara. El otro brazo pegado a su cuerpo con el puño cerrado.
María, la simple María no tenía ni un rosario colgando de su mano ni un ramo de flores. Nada de eso; sino un cartel que claramente alguien –o alguna para ser más exactos- habría puesto en su mano ofrecida. El cartel rezaba: “Apoyo la toma feminista. La rebelión es irreversible”.
María estaba en toma y aun así la misa ya empezaba. Un caballero murmuraba algo en voz alta, un par de señoras trataban de buscar una silla para sacarle ese sacrílego cartel a la Madre de Dios. Unos jóvenes sacaban fotos medio escondidos y el cura, sin aspavientos, como si María no estuviera ahí, como si no estuviera llena de cólera, de esa santa cólera que solo los santos son capaces de vivir y expresar; como si la Virgen no llevara años allí, en esa misma posición, con el mismo puño apretado y sudado; como si no fueran siglos y siglos de invisibilizarlas o menospreciarlas o usarlas o utilizarlas…. el cura y gran parte de la asamblea –pues varios se habían largado- solo querían que comenzara la misa y, en realidad, que terminara para volver tranquilos a sus casas dominicales y olvidar esta locura mariana.
María sigue ahí. La toma también. Nadie sacó el cartel –como los santos ciegos de Saramago- no se sabe si por miedo o por respeto a la Madre Santa. Lo que si sigue llamando la atención en esa pequeña iglesia no es el hecho de que mucha gente dejó de ir a misa después de este acontecimiento vergonzoso, sino que la mirada de María se hizo más firme, más penetrante, más tierna y dura al mismo tiempo. María no es la misma y por eso esta Iglesia en toma se ha transformado en el bastión de la silenciosa revolución feminista que hoy grita en todas partes. María es más feliz y por eso, nosotras. Y nosotros.

La Poda

Se dice que para un escritor y en particular un poeta el gran trabajo es el de la poda. Una vez que se escribe comienza el verdadero oficio: leer, releer y podar. Se van revisando las palabras, las pausas, los silencios, las frases, las imágenes y, no pocas veces el poeta lucha contra sí mismo para eliminar, borrar o dejar una palabra, una simple palabra; que a sus ojos, puede cambiarlo todo. De alguna manera el poeta es como un jardinero. El jardinero, dicho sea de paso, una maravillosa imagen para el ser humano, no solo abona las plantas, las riega, las cuida y mantiene. Sino que también las poda, es decir, corta para que den fruto; arranca algunas partes para que en el futuro el árbol –el tronco principal o alguna de sus ramas- crezcan más fuerte. Muchas veces la poda es esencial para darle forma al árbol, para que este no crezca torcido. La poda es fundamental. Sin ella puede no haber buenos frutos ni un arbusto recto, hermoso y saludable.
San Juan en su capítulo 15 lo señala sin tapujos: “El viñador (Dios Padre) corta los sarmientos que en la vid verdadera (Dios Hijo) no dan fruto; a los que dan fruto los poda para que den aún más”. Dios es el jardinero que contemplando los sarmientos (discípulos) de la vid (Jesús) los cuida, se preocupa por ellos. A los que no dan fruto, es decir han sido infecundos y pueden destruir la vid, sencillamente los corta. Y a los que han ido dando fruto les ayuda a que se fortalezcan, podándolos. Encausándolos, enderezándolos.
El trabajo de Dios es como el del poeta (o viceversa, para ser más exactos) que desea un poema perfecto, una palabra sublime, que busca frutos de sus versos. La imagen es excelente, pues el fin son los frutos y no la poda. La poda no es más que una herramienta –fundamental- para alcanzar lo sublime, lo necesario, lo útil, lo esperado. De alguna manera estamos viviendo una poda en nuestra querida Iglesia chilena. Esta vez toca podar los sarmientos de la jerarquía eclesiástica; otras veces han sido los ministros los que han podado comunidades, parroquias y pastorales. Ha sido la jerarquía la que históricamente ha podado ideas (algunas sencillamente las han arrancado), figuras, testigos, diferencias, debates y renovaciones. Hoy la cosa apunta hacia otro lado: Francisco ha querido podar, ha mirado este jardín y ha caído en la cuenta (con dificultad y lentitud e iluminado y empujado por unos sarmientos heridos) que ya era hora; que la maleza estaba ahogando al trigo fértil, que las frutas se habían caído en tierra seca y que la podredumbre era abundante.
Francisco no es un poeta, pero si un maestro de lo simbólico y un pastor humilde capaz de hacer lo necesario. El jardín eclesial de Chile se encuentra ahogado, errante, enceguecido. Habrá mucho que cortar, no poco que podar y solo el tiempo dirá si lo hicimos bien y a buen momento. Nos baste la esperanza de que el Viñador sigue ahí: deambulando por el Jardín y que mientras permanezcamos en la Vid-Jesús, aferrados a su Amor que todo lo puede, nada estará perdido.

Un tal Viernes

La cruz nos sigue hablando, a creyentes y no creyentes. Es de esos símbolos que no deja a nadie impávido, ya sea para rechazarla, escupirla, adorarla o encontrar en ella un signo de contradicción, un icono asombroso de lo que el hombre es capaz cuando sobrepone su egoísmo antes que el amor. En tiempos de egoísmos y de estructuras vanidosas sigue siendo útil mirarla. Para algunos la cruz es una luz, para muchos quizás algo del pasado, algo molesto, algo que no vale la pena poseer. Habiendo vivido una vez más el Viernes de la tristeza nos detenemos a pensar en los crucificados de hoy; pues como todo signo elocuente nos invita a pensar, a mirar al mundo desde allí. Y con ello a los traspasados de hoy, a los que seguimos rechazando y despreciando. Hablar de cruces es hablar de los pobres, de los marginados, de los miles de haitianos, y tantos otros, que llegan a Chile escapando de la miseria propia. El Viernes Santo viene a constituirse en un “entre tiempo”, en una detención que interrumpe nuestras dinámicas del progreso, de carreras y ese crecimiento sin rumbo claro para mirarlos a ellos, para nombrarlos. ¿Acaso no es tiempo ya de nombrarlos? ¿De llamarlos por el nombre que nosotros mismos les hemos puesto? Inservibles, desechos, molestias, malvenidos, extraños, presos, ignorantes… En ese universo de seres humanos hay muchos que cansados siguen sacando las fuerzas de su propia sobrevivencia de Aquel otro despreciado de hace más de dos milenios. No son pocos para los cuales sus vidas son un largo viernes. Cristianos o no, el Viernes nos recuerda que no todo está bien. Que estructuras ancoradas en Iglesias y Estados, en Gobiernos y Escuelas, en familias y empresas, en Ministerios y sistemas financieros siguen y siguen perpetuando el horror de miles. Mientras unos mueven miles de millones de pesos, otros machetean por un plato de comida. Festines versus mendicantes vagabundean por nuestras megapolis. Chile no se queda atrás y si no nos damos espacios y tiempos de detención, pequeñas –pero importantísimas- interrupciones para revisarnos; para restituir relaciones malsanas, para sanar nuestros propios lenguajes y burocracias de perdición, nuestras vidas caen en el sinsentido, caen en ese espiral de una vida indigna que es empujada por acciones y acciones sin amor, sin cariño, sin tolerancia ni misericordia, sin preocupación por el otro que sufre. Un tal Viernes murió un tal Jesús en un madero. En el abandono más extraño, en una soledad inesperada. Hasta los defensores acérrimos del laicicismo no deberían pasar de largo sin preguntarse al menos ¿Cómo fue eso posible? ¿Qué nos pasa como sociedad que seguimos levantando cruces estériles en hombros ajenos? Más allá de cualquier devoción y espiritualidad, las cosas no andan bien para miles de seres humanos. De lejos y de cerca. Vale la pena, una vez más, detenernos ante el Traspasado, mirar nuestras vidas y caminar con sentido, hacia horizontes (hoy tan desdibujados) que nos unan como pueblo, como comunidad de personas que desean una vida buena, digna y feliz. La cruz se eleva en medio de nuestro país como un rehue sin hojas, como un madero desnudo que nos recuerda nuestros acomodos infecundos y la necesidad de decirnos: las cosas no tienen por qué ser así. Que podamos seguir caminando juntos en la pluralidad y diversidad inmensa que somos hacia un Chile mejor, más bello, más creativo y más humano. Sin tantos Viernes.

Womens, Mamma, Tierras

En el día de la mujer, un poco de poesía del Wallmapu

12
No alcanzo a escuchar
Tu llanto
No alcanzo a tocarte
No llego a sentir
Lo que te duele
Lo que te diluye

13
Ayer aborté
Dejé morir con esfuerzo el amor
Me despedí de sueños y conversas
El dolor resultó darme fuerzas
Para no estrangularlo
Aborté como aquellas despedidas
Desde lejos
Como cuando uno vuelve corriendo
Para decir la palabra perdida
Y el otro ya no está
Ayer aborté una vida distinta
Una caricia nocturna
Un pueblo nuevo

17
No veo seres humanos
No veo máquinas ni vehículos
Solo te veo a ti
Verde montaña
Verde lago
Verde piedra
En ti descanso
Wallmapu de silencio
Wallmapu arrullo de agua
Y caricia de viento

18
Santa María de Wallmapu
Tus ojos frente al volcán
Son la bandera de una resistencia
Tan llena de amor como de certeza
El cielo de la hora plateada
Se tiñe de rosa
Frente a una Iglesia ennegrecida.

25
La madre está ahí mirándonos
Escondida detrás de un árbol
De pie sobre las olas
Recogiendo flores coloridas
La madre vigilante nos cuida
Nos alerta
Hermosa Ñuke

28
Hermosa concentración de la realidad
La vida misma que fija la mirada
Allí donde todo nace
Allí donde todo comienza.
Origen frágil e indefenso
Ternura divina al candor de la pobreza
De una historia
De una vida
De un nombre:
Jesús.
Y ese pesebre
Útero terrestre del Dios que habla
Del Dios que grita ama acompaña
Del Dios eterno que entró en el tiempo
Del Dios infinito que se hizo historia.
Tu útero nos dio la vida de nuevo.

57
Cuando no te escribo Wallmapu
Se me seca la garganta
Y los labios se me ponen morados.
Cuando no te canto
Mis raíces se secan
Y me olvido de ti
Wallmapu mew
Lo que Dios ha unido que no lo separe el wingka.

66
Tierra tierra tierra
Tus olas intempestivas
Destronan las ideas erróneas.
Tu posees en ti
Una extraña sapiencia inculcada
En tus capas
En tu corteza
En el oxígeno que navega libre
Por los surcos de mi Mapu.

71
Tu mirada de madre
Marta
Tu pena de viuda
Marta
Tu impotencia tu pena tu dolor
Y tus tres hijos presos
Sin comer hace más de un siglo.

79
Cuerpo frágil
Me doy cuenta en mi agonía
Que no soy de carne
Soy de tierra, no! De agua
Y me estoy deshaciendo entre mis manos
Me diluyo
Me voy yendo de a poco
Dejando la tierra y volviendo a ella.

 

(Todas poesías inéditas y en revisión. Foto: Volcán Osorno desde Rupanco/ PPAM)

Exceso de poder

Lo que hemos vivido en nuestra querida Iglesia y, en mayor medida, lo que ha aparecido sin cansancio, nos ha cansado y agotado a muchos.
Quizás una de las razones sea el exceso de poder. Es decir, que todas las discusiones, afirmaciones, debates y acusaciones han remitido a esta esfera. Como si lo único que hubiera en la Iglesia fuera esto: su institucionalidad. Eso es lo que aquí llamo poder, aludiendo a la vieja (y actual) dicotomía de Boff: Iglesia, carisma y poder. Lo que asfixia no es la Iglesia en sí, sino su cerrazón institucional, su discusión (dentro y fuera) autorreferencial en donde el Pueblo de Dios no se entiende y se enmudece. Lo que cansa es el exceso de jerarquía. Obvio que no hay ningún juicio moral en esta afirmación. Sino más bien una manifestación anímica, afectiva y corporal. Todos nos cansamos y más aún cuando en la Comunidad a la que se pertenece y desde dónde se vive no aparece su razón de ser, vale decir el Evangelio de Jesús. El Kerygma, la alegría profunda de ser hijos e hijas para la resurrección. Un joven me decía que hoy no se entiende el para qué de la Iglesia. Creo que tiene razón. Si lo que aparece es su dimensión “de poder” opacando, dejando de lado e incluso olvidando su dimensión “carismática”; toda ella se muestra entrampada y sin rumbo. Lo místico, lo carismático de la Iglesia debe primar, en caso contrario la comunidad comienza a ahogarse. Debemos dejar que vuelva ese hálito de vida, ese “hermanito viento” que despeina y llena los pulmones de oxígeno. Si la Iglesia-poder no permite que la Iglesia-carisma sane el cáncer, la futura metástasis puede ser muy dura y dolorosa. Los seres humanos somos “seres para lo infinito”, si ello no aparece, no se promueve, no se ora, no se anuncia y no se vivencia; es que el poder ha consumido al espíritu.