Un canto a tres voces

Memoria Visual de Legua Emergencia, vida y oficio de Mario Alarcón. Paulo Álvarez Bravo.
Presentación.

Nos enfrentamos a un hermoso canto a tres voces, tres voces que se entrelazan en este trabajo serio, artístico y político sobre la memoria. Paulo mira a Mario y Mario mira la Legua Emergencia. Mientras ambos amigos y vecinos la habitan, la sufren, la sueñan. La Legua y Juegos Infantiles, pequeña calle de la población, pequeño espacio en donde transcurre un tiempo precioso para quienes se conversan sin más. Allí en ese espacio Mario y Paulo realizan el urgente ejercicio de la memoria. Repasan juntos la historia de uno que suscita las historias del otro. Paulo quiere mirar por el lente de Mario, Mario abre sus negativos y juntos redescubren la emergencia en que la Legua ha vivido y sigue viviendo.
El ejercicio de memoria visual que Paulo nos regala ha suscitado en mi algunas consideraciones sobre la memoria, su vitalidad y urgencia. Es un libro que dice mucho, que afirma la fuerza de los detalles y en como ahí se nos juega la vida, de qué manera los pobres viven y sobre viven en la inestabilidad de todo, como si el suelo familiar, habitacional, educacional, de la salud, los sueños y las verdaderas posibilidades estuviera siempre coqueteando entre el quedarse y el perderse, entre el afirmarse y el ser arrebatado. Vida y oficio de Mario Alarcón es un libro en claroscuro, como su vida misma, como las casitas de Legua Emergencia. Allí hay luz –y color diría un universitario optimista, pero la vida no se teje solo desde nuestras luces, sino mucho más desde nuestras oscuridades, sombras, contradicciones, luchas y fracasos. “Son nuestras transgresiones las que serán salvadas”, decía un teólogo brasilero. Es nuestra oscuridad la que será transfigurada, haciéndose luz, manifestación, fainos. Más que fotografías, Mario nos regala una Leguafania, una nueva muestra de eso que no se ve. De eso que ha dejado de ser, de eso que no se deja ver y, desde mi punto de vista uno de los méritos de la memoria, de aquello que nunca llego a ser.
La infancia en el libro es fundamental; son los niños los dueños de la calle y gran parte de la muestra está atravesada por la callecita Juegos Infantiles. Son los niños descalzos, los niños del vecino, los niños sin padres, los niños y niñas que no saben que la vida no es solo así y no tiene porqué serlo. Esa pregunta vendrá después y para más de alguno la dictadura cívico-militar le habrá arrebatado la respuesta. Los niños no cabían en Emergencia –dice el autor. Familias numerosas en donde los niños entraban y salían, comían en diversas mesas y dormían en camas prestadas con otros. Esos niños, pese y contra todo, mantenían viva una esperanza común, una alegría compartida que décadas después el narcotráfico y la intervención policial llegarían a opacar y ensombrecer, como para ahuyentar las dudas respecto a ese claroscuro de la cotidianidad legüina.

¿Qué hizo distinta la vida de Mario? A sabiendas de que cada vida es única y, desde ella, hermosa; en Mario aparece algo que lo tiñe todo: su oficio, y como dice el subtítulo, inseparable de su vida. La fotografía y su lente: Iris. Su vida y su arte, su amor, la compañera de sus días y la otra compañera, esa cámara por la cual Mario fue haciéndose de la realidad, apropiándosela y transformándola en ese cuarto oscuro en donde todo desaparecía y volvía a aparecer de otro modo. Mario encontró un arte y lo hizo realización, pasión, trabajo, oficio. Quizás eso todos debiéramos encontrar, eso que llamamos vocación. Aquello por lo que la vida se llena de sentido y permite sobrepasar escollos, penurias, miserias. Aquello que detiene el tiempo. Pues la memoria y el arte se entrecruzan suscitando aquello que no llego a ser en el presente, pero que la vida nos impulsa a darle una segunda oportunidad. Si la memoria busca traer aquello arrebatado por la historia, el arte se torna una de las plataformas para que tome cuerpo, espacio y presente, voz y latido, rostro y conquista.
Paulo afirma (pag 32) que el enemigo de la memoria no es el olvido, sino la memoria despolitizada, instrumentalizada, manoseada, hipócritamente construida. Y tiene toda la razón. Valdría agregar, como dice un historiador de la memoria judía, Josef Yerushalmi, que lo contrario de la memoria es la injusticia, pues recordar es un acto de justicia. Olvidar es un acto de injusticia respecto al mal y los sufrimientos en la historia de los pueblos y en las historias personales, como la de Mario e historias colectivas, como las de Legua Emergencia. Una sociedad del olvido corresponde a una construcción injusta que no toma en cuenta, suficientemente, el mal y la negatividad del mundo ni la muerte de inocentes, ni el sufrimiento siempre terrible de las víctimas de la historia. La fotografía de Mario, en Legua Emergencia y el libro –una segunda fotografía y un trabajo de memoria, de Paulo Álvarez, constituye, en este sentido; un acto de justicia; una búsqueda por hacer justicia a un grupo humano marginalizado, empobrecido, violentado y atemorizado. Un esfuerzo por contribuir en aquella lucha llamada justicia. Y todo ello, desde la vida sencilla de un fotógrafo de población marginal.
Así, la memoria es una manera de comprender la realidad doliente, una hermenéutica que nos permite hacer visible aquello que de otra forma permanecería invisible. Sin un adecuado trabajo de la memoria de las injusticias no habrá justicia posible –afirma, también, Yerushalmi.
Nuestras sociedades numéricas y del olvido, sin narrativas, sin testimonios; pierden la riqueza de una vida vivida y sufrida en la carne concreta del narrador. Dicho de otro modo, sin la memoria, tanto la sociedad, como la política y la religión; no alcanzan a vislumbrar, percibir, dejarse tocar y transformar por lo más propio de la vida humana. Allí radica la fuerza del testimonio, en cuanto ejercicio de memoria de una vida padecida. Hacer memoria del sufrimiento, del dolor, de las injusticias es siempre un peligro para el orden establecido, la memoria es peligrosa, en el decir del teólogo alemán Metz, pues cuestiona los cimientos de instituciones, relaciones, maneras, leyes y prácticas normalizadas que continúan reproduciendo injusticias y seres humanos-desechos, arrojados a las periferias sin importarle mucho a nadie.
Metz lee la bienaventuranza felices los que lloran (Mt 5, 5) desde la perspectiva del deber de memoria: aquellos que lloran son los que hacen memoria de los desaparecidos, son los que no olvidan a los ausentes y sufrientes. Así, establece una hermosa y profunda aproximación entre el deber de memoria, la compasión y el “don de lágrimas”. Cuantas fotografías de Mario habrán provocado en él un llanto.
Vida y oficio es un testimonio visual, que a contracorriente de la pornografía y del voyerismo fotográfico actual, suscita en nosotros memorias. Todos somos un cumulo de memorias; cada individuo posee una multiplicidad de memorias (colectivas e individuales, pretéritas y recientes, adquiridas y vivenciadas), las que se superponen y oponen entre ellas. Estas memorias se constituyen en trazos inscritos en lo íntimo de la persona. Se trata de memorias que poseen una dimensión pública en la medida en que condicionan y conforman el imaginario común de la sociedad contemporánea. De alguna manera, somos lo que recordamos. Y también lo que no queremos recordar.
En una nota al pie (n3), Álvarez dice: “la pobreza nunca ha escandalizado demasiado, a no ser como fetiche”, haciendo alusión a fotografías de Sergio Larraín de niños en condición de calle que el padre Hurtado atendía. Nuestro país se ha construido de esa forma: sin escandalizarse demasiado por la pobreza; pobreza que según Herman Cohen, filósofo alemán de fines del siglo XIX, principios del XX, es el verdadero mal de la humanidad. “El verdadero problema del mal es el sufrimiento que causa el hombre… Los profetas y los salmos tienen el convencimiento social de que la pobreza representa el mayor sufrimiento del género humano… que la pobreza y no la muerte constituyen el auténtico enigma de la vida humana”. Una sociedad que ha crecido de espaldas a los pobres, silenciando su pobreza, transformándola en marketing solidario y generando pobretologos de clase alta, es una sociedad hipócrita, inconsciente de su propio mal y con muy pocas posibilidades de revertirlo. Legua Emergencia y muchos otros rincones claroscuros de nuestras tierras; urbanos y campesinos, de montaña y de costa; viven la extrema precariedad sin ninguna posibilidad de transformar su destino ni el de sus hijos.
Mientras escribo estas líneas y pienso en la suerte de Mario Alarcón, me llegan mensajes del Pipe, amigo que hace un par de meses salió de la cárcel de Rio Bueno para volver a algo como una vida en Concepción. Una vida angustiada por la imposible inserción en la sociedad, sin trabajo, sin dinero, apaliado por un golpiza, intentando rescatar a su hijo arrebatado por el Sename. Pipe solo se saca selfies junto a su hijito mayor acostado en la cama del cuarto que con su compañera arriendan y deben hace meses. Sus fotos son en colores y filtradas para resaltar los colores que no encuentra en ningún lugar de su vida. El Pipe vive esa doble o triple pobreza de hoy, esa que ni para fetiche alcanza, tal vez para programa policial tipo Chilevisión. La pobreza debe no solo escandalizarnos, sino dolernos, asquearnos. Si no brota un sentimiento encarnado de compasión ante la vida del Pipe, las fotos de Mario y el libro de Paulo habrán sido en vano.

Lo que parece nadie darse cuenta, salvo la cuarta voz invitada al canto, el lector; es que aquel lente tiene nombre: Iris Rivas. Iris, en su significado es “aquella que viene a anunciar”. En el ojo el iris tiene la función de “controlar la cantidad de luz que penetra en él”. El iris de Mario fue su compañera, Iris Rivas Rivas, aquella que le anunció una vida de entrega, que le enseñó de cuidado y compasión, de esfuerzo y tenacidad; ella a quien amó los 49 años que estuvieron juntos y de los cuales solo 4 pudieron caminar por la calle Juegos Infantiles de su población Legua Emergencia.

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Pilmaikén y el monstruo humano

¿Quién firma esos permisos? ¿Qué institución en qué escritorio autoriza tales aberraciones? No nos engañemos con ese ambicioso y ambiguo “capitalismo verde”, un monstruo destructor disfrazado de nutrasweet. Cuesta entender cómo no duele el corazón al ver valles secos, ríos contaminados, glaciares destruidos, especies animales extintas, bosques talados, prados llenos de retroescavadoras y máquinas del desarrollo. Verdadero camino de muerte. ¿Quiénes están detrás de esto? ¿Qué es lo que realmente buscan? Intento salvarles la proposición –¡pero si estamos en democracia caballero!-, pero me resulta imposible. El caso del río Pilmaikén no es más que uno entre cientos de nuestro querido Chile que se lo van comiendo de a poco. Primero una empresa chilena, luego una noruega (reconocida por su “conciencia verde”), primero una hidroléctrica de paso (Rucatayo), luego otra (Pilmaiquén-Puyehue); en proceso de ejecución dos más. Sí señor, nada de fantasía. Entre a googlemaps y busque Pilmaiquén, Río Bueno, región de los ríos. Le aplica la visión satelital y se deleita. Se ve todo tan lindo desde allá arriba. El proyecto busca canalizar casi todo el río, y como consecuencia -triste precio a pagar- inundar predios (entre ellos tierras mapuche sagradas), modificar el ambiente, dañar la biodiversidad (esto es gritado por científicos). ¡¿Para qué?! Ah obvio, para la ecuación: más energía, más empleos, más desarrollo, más felicidad (aquí me callo). Ecuación mentirosa, errónea, tendiente a cero. Cero alegría, cero belleza, cero empleo, cero naturaleza, cero cero cero. Lamentablemente parece que Chile funciona así. Los imagino en fastuosas comidas haciendo negocios: te cedo las 1000 hectáreas para tu parque, pon dentro la hidroeléctrica, véndele los arboles a los gringos, haremos una corrida merrell, consígueme votos, aumenta la seguridad de la zona; tranquilo son puros campesinos pobres y viejos, está lleno de mapuches. Un amigo hizo una cancha de golf, ¡imagínate! Políticos y empresarios, encamados en el dinero y la seguridad para sus familias (qué virtud preciada que todo lo justifica).
¿Y el río y las orillas (¡tomadas!) y la maravilla de la creación?…todo ello cambiando, llorando, gimiendo. Nos va a pasar la cuenta. ¿Por qué no sinceran sus deseos y los votamos? ¿No funciona así la cosa? ¿Para qué se mienten y nos mienten sobre su fe? ¿Han leído la encíclica del papa Francisco sobre la Casa Común? No saben nada.
Se nos habla de ecología integral, del Buen Vivir, del Küme Mongen y parece que nada nos remece. Somos como muertos en vida, no hacemos nada. Unos se levantan y luchan, ¡bendito sean! Otros cansados de tanta compra y deuda y deuda y compra, ya no tienen ni fuerzas para gritar. Solo quieren morir en paz. Pues bien, vea ud que no habrá paz cuando no haya tierra, no habrá paz cuando no tengamos agua -¡Agua!- ya no habrá sonrisa ni niños explorando ni felicidad. Déjeme decirle que la lucha es contra una idea. Ya lo decían que no hay nada más difícil que extirpar una idea. Una idea que nos está asfixiando de a poco. Una idea que lamentablemente abarca un gran campo humano. Pues es una idea del hombre, de la vida en común, del mundo y en definitiva de dios. Esa idea tiene muchos nombres -estrategia barata del ideólogo- idea que llamamos competencia, ley del más fuerte, desarrollo, Estado estractivista, progreso, futuro, prosperidad. Disfrazando así intereses mezquinos de pocos. Decisiones de pocos. Pero claro, quien respira bajo esa idea esto no lo ve. Sólo ve sus logros, sus castillos, sus empresas vikingas y heroicas. Ven oportunidad, ven astucia, ven esperticie. Pobres ciegos que no comprenden la amplitud de su avaricia, la catástrofe de sus metas.
Si se me permite una alusión al Crucificado, pues estamos hablando de comunidades crucificadas, de una tierra herida, de pueblos sufrientes; déjeme decirle que la muerte de Jesús no fue en vano, sino para recordarnos una y mil veces “que no todo está permitido en el mundo”.

(Columna publicada en The Clinic, jueves 10 de agosto, 2017; Chile)

¿Se puede ser católico y millonario?

Nos enfrentamos a una pregunta incómoda y compleja de responder. Incómoda, porque de hecho hay muchos –o muchísimos- católicos millonarios (o millonarios católicos). Y compleja por dos razones, primero porque habría que entrar a definir “millonario” y desarrollar una especie de “camino a esa categoría”, en el sentido de que las riquezas se pueden haber heredado o haber sido el fruto de años o décadas de trabajo familiar u otros canales. Y, segundo, porque también de hecho, las riquezas seducen, hipnotizan, atraen. Hay algo en ellas vinculado al poder, a las posibilidades, a los sueños; a tantas cosas asociadas que sería iluso pensar que alguien no quisiera en su vida poseer una riqueza gigantesca. Dicho eso nos aventuramos a una posible respuesta, que como intuirán es más bien negativa. No se puede ser católico y millonario. Aquí no hay un juicio, mucho menos sobre la persona concreta. Alguien que posee grandes cantidades de bienes puede ser muy bondadoso, generoso, desprendido, muy amigo de sus amigos, dadivoso –incluso desde el anonimato-. Todo ello es loable y da chispazos de esperanza. Son testimonio de que no está “todo dicho”. Sin embargo, hay dos cosas que tomar en serio: la aseveración de Jesús de Nazaret (padre del cristianismo, y del catolicismo, si se quiere) y el contexto. Vamos a ello.


La afirmación de Jesús en Mateo 6, 24 (y en Lucas 16, 13; calcadas; lo que nos hace pensar que viene de una fuente anterior (Q) o de algún dicho de Jesús que habría calado hondo en sus primeros auditores) es tajante: no se puede servir a dos señores. “No se puede estar al servicio de Dios y del dinero”. Podríamos embarcarnos en la discusión si el millonario católico es realmente esclavo o sirviente de sus riquezas, pero eso es un callejón sin salida que quedará como una interrogante para el propio millonario, y serán sus actos concretos el testimonio veraz de su respuesta. Lo que es claro es que ambas cosas no andan de la mano. Quien tiene desea más y si puede lograrlo probablemente lo hará. El discipulado de Jesús tiene más que ver con lo pequeño, con lo sencillo, con el abandono, con el compartir(se), con la solidaridad (ni asistencialismos ni paternalismos ni padrinazgos). Ser católico es seguir a un hombre pobre y campesino llamado Jesús, es vivir y encontrar allí la plena felicidad en el amor de una vida compartida, entregada, donada por los demás y para los demás. La sobreabundancia de riquezas no van de la mano a una vida sencilla, evangélicamente pobre, humilde; grandes extensiones de tierras, fundos, haciendas, automóviles de última generación, lo mejor de la tecnología, yates, viajes por doquier en los mejores hoteles…. No van de la mano a una autentica vida cristiana. En algún momento el (o la) millonario católico deberá optar, hacerse cargo del mandato de su Señor, responderle al Maestro: ¿Qué has amado? ¿Qué has defendido? ¿Para qué te has desvivido? ¿Por quienes? Y con una mano en el corazón, mirando a su Dios, deberá responder.


Luego, el contexto actual. Muchas veces he pensado, mirando las riquezas del millonario católico, cómo no hacerse cargo de la miseria de nuestro país. Cómo no preocuparse –¡de verdad!- por la salud paupérrima de tantos, cómo no construir la anhelada escuela, reparar las viviendas de emergencia en la que viven miles en Chile; cómo no darse cuenta de las posibilidades de transformar tantas realidades; cómo no becar a miles de jóvenes porque sí, cómo no pensar -¡de verdad!- en mecanismos de inclusión social, en políticas (economías) de justicia social; cómo no comprarle esos remedios impagables a la joven enferma de cáncer, cómo no hacerse cargo de la miseria de tantos adultos mayores en Chile, cómo no soñar. No se trata de discutir políticas sociales o el rol de Estado; o qué beneficios a largo plazo pueden tener acciones concretas como las nombradas. No hablamos de teoría política o económica; hablamos de ojos que no ven, de corazones que no sienten; hablamos de miles de posibilidades no realizadas. Pareciera que muchos lo piensan, pero el bolsillo y las cientos de justificaciones (familiares, largoplacistas, porsiacacistas…) son más fuertes. Y la realidad sigue parcialmente igual, el contexto se impone: los vecinos siguen haciendo lo imposible por reconstruir la pequeña vivienda que el incendio se llevó, mientras Ud., hermano católico millonario descansa en las cumbres andinas. ¿Qué dejar?, ¿Qué hacer?, ¿Qué no hacer? ¿Qué priorizar? Eso lo verá cada uno. Yo me contento con que no pase por el mundo (¡y la Iglesia!) sin mirar al Chile real en el que le tocó nacer, vivir, estudiar, descansar, trabajar… ese que está a las orillas de la Costanera Norte, ese que siente en las capillitas del sur turístico, ese que Chilevisión ataca criminalizando, ese que hace años espera su hora en el hospital, a ese que aun luchando (y sacándose la cresta trabajando) le han arrebatado sus sueños. Ser católico es saber mirar, y mirando llenarse de compasión, y sintiendo ese malestar en sus entrañas: actuar. Do it.

God Bless AmeriKa

La asamblea estaba fuera de sí, nadie podía creer lo que mister president acababa de decir, de ejecutar. Ejecutador de locuras sinrazón, gritaban algunos. Energúmeno, desaforados se tiraban al suelo. Sonaba el twitter sin parar, la música estridente de fondo tipo serie gringa de Netflix contestataria. Y nada que ver. Ya estaba todo consumado. Sigan con sus máscaras de hackers; buena. Por ahí va la cosa, dijo un cura. Aunque la gente pierda la fe y el Cristo de Saramago siga de pie con los ojos tapados por misericordia, por empatía. Amerika lo hizo again y es que esa nación mesiánica se ha escogido a sus propios productos madeinusa cada uno más freak que otro y hasta Underwood se salva si la cosa es así. No puede ser verdad, gritaban los estudiantes en la plaza. Y solo el eco de sus palabras rebeldes se oía a lo lejos rebotando de edificio en edificio. Todos vacíos esos predios neoliberales. Putrefactos en la era digital. Quién necesita un edificio, quién quiere una plaza si estamos todos enchufados. Época sin salida, época sin salida. (Aparente). Reúnan al escuadrón Verde de una vez por todas, cada uno tome su flor, ármese de semillas y a tirarle, a bañarlo de lluvia y que entienda que la cebolla que acaba de pelar no creció en un pinche lab hightek; suelten a los perros de Snowden; esos que dan miedo de verdad. Lo demás parece un juego de niños, que sus guerras, que sus armas, que sus tiroteos estudiantiles y el mundo que se quema de a poco. Se apaga. Se consume. ¡Compre compre! Dos veces lo mismo, promociones de todo y vendemos seres humanos por aquí por La Polar y los negocios de multimillonarios debajo de las piedras y sobre los aviones esos que queman cuanto se les cruza por los aires. Dios se toma la cabeza, ensombrecido. Make Amérika great again, dice en mal inglés el joven mesié presidon de la Republik.

La violencia aumenta mucho más rápido que la Adimark y sus porcentajes celestiales. Ya buena, la política va súper bien y los partidos son algo importante, de verdad. Pobrecita desesperada por que alguno le crea. Si allá mi papá igual sigue sin laburo. Repitepite la profe en la sala y yo conectado a mi celu no estoy ni ahí si lo único que quiero es salir en mi bici y tirarme esa bajada en el longboard del Juanucho. Mañana es viernes y se me viene el recital de HipHop, parece que los locos son negros, son secos; de la vieja escuela. Y yo ahí me libero, ahí salto y canto y bailo y me muero. Nos morimos de a poco, pa que apurarlo. Lo de a poco es toda la gracia y Trump firma el decreto y se sale de la cancha. Sabía que en el partido no había árbitro y los 500 años de patadas iban a pasar piola. Se rajó el mandamás. Pero no. La humanidad morena también creció y el corazón se le agrandó. Nada de tres pulmones. Tres corazones, como el café brazuka. Tres abrazos, tres amores, tres vidas, tres hijos, tres volcanes, tres tierras. No, una nomas y si te metí con ella, te metí con todos.

(publicado en The Clinic, n700; jueves 8 de junio, 2017)

Anastasia (por Enrique Winter)

Hace nueve años, Pedro Pablo Achondo publicó Itinerantes, un libro de poemas “situados” en su contexto geográfico y político, como le gustaba a Enrique Lihn. En ellos relata su nomadismo, principalmente en el Amazonas, valiéndose del verso breve que domina Anastasia, pero en clave de crónica. Quizás por ello sus primeros poemas son también breves y se juegan en las paradojas de los versos finales. Destacan en ese conjunto textos como “Viaje” y sobre todo “Floresta”, donde anticipa una de sus principales preocupaciones: la tensión entre las formas de lo humano y lo divino. En ambos poemas nombra al dios cristiano que dominará la trilogía Anastasia. Había en ese debut imágenes ya vistas del desánimo, pero es una marca peculiar de Achondo la sensibilidad de unos ojos siempre extranjeros ante la naturaleza, Dios y el otro a raíz del viaje y la fe, más en una época en la que hasta el asombro se viste, por si acaso, de suspicacia. En Anastasia aún recurre a lugares comunes y puede tratarse de una decisión consciente de ofrecerlos literalmente como puntos de encuentro: el corazón y el alma se entienden aquí como cualquiera los entendería fuera del poema, porque estos poemas renuncian, de manera arriesgada, a la metáfora. Lo que ves es lo que es, parecieran decirnos, dejándole el misterio a esa relación amorosa con lo divino antes que a los tropos poéticos. Lo que Achondo deja atrás en Anastasia no son las imágenes ya vistas del desánimo, entonces, sino el propio desánimo. Siendo este libro una ambiciosa trilogía de denuncia, ni en sus momentos más duros pierde un optimismo que no estaba en sus poemas seculares. No es de sorprenderse cuando el autor es religioso de la Congregación de los Sagrados Corazones, pero había que darse cuenta de todas formas que tal vez las principales virtudes de Anastasia son justamente las teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Los entendidos reconocen que esa caridad es más bien una manifestación del amor. Y “el Amor que mueve el Sol y las demás estrellas” en el final de La divina comedia mueve también a Anastasia.

Como en la poesía de Teresa de Ávila, Achondo propone un amor divino que es corpóreo, “situando” la experiencia en un cotidiano reconocible que le da su fuerza. Anastasia, la protagonista y destinataria de estos versos, dice “Mi mamá nunca/ nos aliñó la ensalada”. Como quien siembra detalles relevantes para un desarrollo narrativo que se descubre con la lentitud que requiere el suspenso, Achondo nos cuenta veintiocho páginas después de sus ojos azules y largas pestañas. Es el poema final del primero de los libros reunidos aquí, Anastasia. Hay una conexión íntima el que muestra ese rostro solo para esconder el propio: “Nos amamos/ mirando las golondrinas/ la bóveda de siempre/ que nunca es la de siempre/ tu nariz escurridiza bajo tu ser/ pelirrojo// y mi rostro/ invisible”. Esa bóveda que nunca es la de siempre, el río de Heráclito, es lo que hace de este un libro de poesía donde “solamente lo fugitivo permanece y dura”, en la dicotomía quevediana, y no un texto sagrado de “lo que era firme”, en el cual ya estaría todo dicho incluso para los mundos que entonces no existían. Porque es dable preguntarse acerca de la facticidad y validez, en términos de Habermas, del discurso religioso hoy, sobre todo desde las artes o más específicamente, la posibilidad de un poema católico. Achondo repite como una letanía su “déjame dudar (…) que solo así/ soy humano” y yo agregaría que sólo así puede producirse un arte que interpele a otros, cuando esa mirada puesta en ellos es una de las características rescatables del cristianismo. Quien habla en los largos poemas de Anastasia titubea hasta en las certezas y allí reside su legibilidad. También en su cuestionamiento de esa misma legibilidad cuando une varias palabras sin espacios entre ellas, como los poetas provenzales, o inventa neologismos juguetones a la manera de Vicente Huidobro. Volviendo al cuerpo del amor de ese poema final, Achondo lleva el discurso cósmico a la sensualidad de la experiencia veraniega en apenas un par de versos: “luna y estrellas iluminaban/ tus huellas diáfanas en la tierra negra/ un trozo de sandía en mis manos/ en mil manos/ de mano en mano/ de mano a/ mano”.

Un epígrafe de Leonel Lienlaf abre Anastasia. Desde la vereda del otro y opera como bisagra entre la épica atemporal de la primera parte, propia de la poesía de Lienlaf o Elicura Chihuailaf, por ejemplo, y el ajuste de cuentas con la contingencia que ofrece esta segunda parte, dialogando más con la poesía mapuche de Jaime Huenún y otros que reconocen el sincretismo. Achondo vuelve a situarse en el suelo de Itinerantes, pero con el ritmo a verso encabalgado que desarrolló en la primera Anastasia. “Anastasia me pide que siga, que continúe”, Achondo responde “No tengo nada más que decir” y, sin embargo, lo dice. El lenguaje va llenando el espacio vacío de la teología negativa, donde Dios es eso que se escapa y que no podemos nombrar: “Intento detenerme muchas veces/ pero tu pluma sigue/ animada por algo que desconozco/ por algo que deseo”. Insiste también con resabios románticos: “Ay de mí si no dijera esto/ Anastasia”, para los cuales la revolución es “una palabra demasiado importante/ como para ser escrita en la calle”. Detenerse en estas citas es ponerle piedras a ríos que se leen rápidamente, pendiente abajo como los de Thiago de Mello por su sencillez y por su pulso, con “la libertad que hiere cuando se ama” hasta que “desaparecemos/ y nada podemos hacer”. En el tránsito de la primera a la tercera parte, los poemas van ensanchando su cauce, como si otros ríos los llenaran, y las corrientes opuestas entre cada una de las partes aumenta el caudal sugestivo que tenían publicadas por sí solas.

En La pasión según Anastasia, Achondo establece la escala humana que antes solo insinuó. Se pone en el lugar del otro, el de la compasión, a través del testimonio directo. Desarrolla esta exposición concreta de injusticias sociales a través de un discurso histriónico que recuerda a Los sermones y prédicas del Cristo de Elqui de Nicanor Parra. La denuncia y el lamento cumplen aquí el sueño del contenido de la poesía, donde, a diferencia de la religión, se expresan experiencias específicas. Le pasaron a una persona o las imaginó una persona y la compasión con la que escribe Achondo se convierte en empatía. Aquí es con Cristo, celebrado en la primera parte, “qué hermoso verte acariciar a la prostituta/ como acaricias a tu madre// Hossana al anti rey” y crucificado en la tercera, con esta trilogía confesándose como instrumento de lo divino. Desde otro lugar no tan lejano, pienso en El telescopio en la noche oscura de Ernesto Cardenal, en el “erotismo sin los sentidos” que él define. Los diferencia del otro erotismo, el de esta tierra, con un verso decidor: “No es lo mismo estar juntos que ser el mismo” con ese Dios inasible. En Anastasia el amor se vuelve performativo desde una esquina opuesta a la de Cardenal, pese a su indudable influencia, y más cercana a Badiou, quien en su Elogio del amor lo define como la posibilidad de ver el mundo desde la diferencia, desde el otro. “A ti te digo lo que ni conmigo hablo”, le dice Achondo a Anastasia, pero por la ambigüedad del lenguaje también se lo dice al lector, colaborando con la simbiosis de las palabras, las pinturas y el diseño de este libro que no lo hace a él uno con Dios si no otro de él, al mirar a través de la diferencia del amor con nosotros.

(Publicado en http://www.eldesconcierto.cl/2017/06/01/resistencia-de-materiales-13-anastasia/)

Hannah Baker y la razón que faltaba

Últimamente se ha especulado sobre esta interesante serie de Netflix (basada en el libro 13 reasons del novelista norteamericano Jay Asher). Si bien hay varios lugares comunes, que quizás son comunes en su adecuada versión de historia de adolescentes; no deja de ser una serie que da qué pensar. Son varios los temas que sería interesante discutir y profundizar, solo nombro algunos: la absoluta ignorancia de los padres respecto a lo que viven en realidad sus hijos, el acoso –en todas sus versiones- que sufren ciertos jóvenes a diario, la violencia de la educación tradicional –o aquella producto de relaciones de subordinación, el exceso contemporáneo, la reproducción de estereotipos y la exclusión de lo distinto… Todo ello y más construido de una manera persuasiva, creativa e interesante (probablemente gracias a uno de sus productores: Steve Golin [spotligth, The Revenant, Babel, Eterno resplandor de una mente sin recuerdo…]).
Solo quisiera referirme brevemente a dos temas: ¿Una incitación al suicidio? y La referencia a Dios. Sobre el primero, el más polémico por cierto, me parece que la serie no lo es en ningún caso. La construcción del relato (¡es una serie!) no pretende ser una apología del suicidio, sino la dramática historia de una joven perdida, maltratada y desamparada. Ello vivido con una intensidad desmesurada (propia de una etapa de la vida de todos) y con una personalidad auto-centrada y ensimismada (también propio de ciertos caracteres). Nada del otro mundo. Sin embargo, creo que la clave –que produce toda la confusión respecto al fin de la serie- es la construcción del relato: lúdico y misterioso. Casi como un caso juvenil de Sherlock Holmes. La serie invita más al secreto/complicidad (del mal) que a otra cosa, a ese pacto juvenil vicioso en el que los adultos quedan fuera; a esa especie de desconfianza respecto al padre incapaz de comprender el tormento adolescente y a una cierta vida de apariencias: caretas y falsas imágenes (y auto imágenes) estereotipadas que necesitan ser defendidas a toda costa para encajar en un mundo construido sobre ellas. Hannah Baker no construye su propia apología del suicidio, sino un misterio por resolver, una trama (las grabaciones que se suceden en orden) lúdica (los cassettes en un mundo wifii) en la que ella involucra a todos los que la dañaron en el camino. Hannah construye un macabro juego con su propia muerte, invitando a jugar a aquellos que –según ella- se la provocaron. De esa forma, todos somos cómplices.
Respecto a Dios, una ausencia absoluta. Salvo expresiones gringas (oh my God!), Dios no salva ni sana. Dios no aparece ni al inicio del camino de asperezas de Hannah, ni mucho menos cuando Él podría haber sido la referencia salvífica en su oscuridad; la última e única salida (aquí habría mucho que profundizar, pero eso lo dejo para otra columna). No hay Iglesias ni rezos, ni personajes religiosos. Por lo menos explícitamente. Ahora, en una lectura distinta, Dios sí aparece; pero de una manera un tanto extraña y en su versión americana: culposa, justiciera e individualista. Todo ello encarnado en Clay Jensen, el único joven que amó a Hannah, el diferente, el de buenos sentimientos, el tipo decente, el inteligente. Allí se manifiesta una cierta versión de dios: amable y comprensivo. Luego, en el dolor de la muerte, justiciero y culpabilizante. Por otro lado, en Clay solo vemos a un humano, pero en esta serie quizás lo más humano. Y como no recordar las palabras del teólogo brasilero Leonardo Boff cuando hablando de Jesús dice: “tan humano así, solo puede ser Dios”. Un mesianismo americano y adolescente se camufla en este personaje a ratos insípido y otras veces decidido llamado Clay (¡arcilla! ¡barro!), dispuesto –sin importarle nada más- a develar el misterio del suicidio de su amiga. Un trozo imperfecto de humanidad en un mundo adolescente falto de ella.
Una serie interesante, que vista acompañada y dialogada puede ser de gran provecho para adolescentes y jóvenes cansados de tanta máscara.

¿Un Frente sin fe?

 

Desde hace un tiempo me ha hecho pensar la distinguida vocación política de muchos y muchas jóvenes hoy en nuestro país. Como los fenómenos pendulares pasamos de un rotundo “no estar ni ahí” a una “sed de militancia”, cosa por lo demás interesante y loable, si hay una auténtica vocación de servicio. Lo que en general no dudo. Al mismo tiempo percibo como muchos de esos jóvenes fueron (y son) “militantes de la Iglesia”. Jóvenes comprometidos en sus pastorales, entregando su tiempo y luchando, desde el Evangelio, por un Chile más justo y fraterno. Jóvenes voluntarios y misioneros, full time con niños y ancianos; jóvenes que desde el silencio transformaban el mundo en lo cotidiano. De eso he sido testigo tantas veces. Me atrevo a afirmar que varios pudiendo haber escogido una vocación religiosa, acogieron el llamado de Dios desde la ciudadanía y el servicio público, desde la militancia política y nuevas fuerzas que nacen y se hacen desde las bases jóvenes de Chile. Mi pregunta es qué ocurre con la fe de esos jóvenes cuando se encuentran dentro de las lides partidistas de tal o cual movimiento. ¿Doy testimonio ahí? ¿Me callo y lo vivo como algo personal, como un móvil interior que no moleste o incomode? ¿Me lo guardo para no ser criticado o albo de risas y burlas? ¿Saldría a la marcha con mi pancarta evangélica junto a la bandera verde que elevo con tanta vehemencia? ¿Hablo de Jesús, en cuanto modelo de humanidad y testimonio de entrega; entre teorías de izquierda y socialismos 2.0? ¿Acaso las Bienaventuranzas y la magnífica identificación teológica de Mateo 25 son puro verso para ser nombradas en asambleas ideológicas y congresos de futuro? ¿Acaso no es el alma lo que mueve la praxis? Me cuesta pensar que sea posible callar la fe (o erradicarla) de nuestros jóvenes cristianos insertos y moviendo las nuevas políticas chilenas. Creo que no se puede, como no se puede callar el amor frente al dolor. Un Frente, una Alianza, una Nueva Democracia sin fe, o sin acoger la fe de tantos y tantas que están hoy allí –en esa res publica– entregando sus fuerzas, tiempo y conocimiento, será semilla de una nación sin alma, más preocupada de la censura de Dios que del hambre de los pobres. Y repetiremos la historia.